Para cuando el día acabó, me sentí complacida, avergonzada, decepcionada y timada en partes iguales. Avergonzada porque, pese a toda mi diatriba interna, al final sí utilicé el laxante. No pude evitarlo, ¡nadie puede juzgarme! Cuando creí que mi lado bueno ganaría… Rachel hizo un chiste frente a todo el personal de la oficina que comenzó con un “¿Qué tienen en común las zarigüeyas y la gente de Rhode Island?”, que fue más de lo que pude soportar. Así que cuando llegó el momento de servir un poco de ponche de huevo, Mónica y yo nos aseguramos de que el vaso de nuestra amada Rachel llegara a su destino. Al principio estuve nerviosa, pero tan pronto esa perra me arrancó el vaso como si mis manos estuviesen llenas de llagas, empecé a sentirme decepcionada de mí misma, porque, incluso luego de

