Cuentos de grandeza

3605 Palabras
— No olvides que las antorchas sirven como armas — Murmuró el chico antes de entrar, Ady levantó la mirada pero este ya estaba unos pasos adelante suyo. Recordó la tarde en que lo había golpeado con una de las antorchas, la risa surgió en su pecho pero fue aplacada en sus labios. No era momento de bromas. Siguió al chico a una distancia prudente, sabía que si tenían que huir, él con sus largas piernas, rápidamente le sacaría ventaja. El pasillo los guio en espiral adentrándolos en la tierra, ninguno recordaba que el camino fuera tan largo. Cerca ya del final Ady se percató de la antorcha apagada, esta tenía una especie de cúpula de vidrio la cual estaba rota, con esa antorcha había golpeado la primera vez al chico que ahora iba armado delante de ella. El lugar no había cambiado mucho, salvo porque ahora en un rincón se veía tirada una mochila, cerca de las paredes del lado oeste había algunas rocas con restos de pelo y manchas negruzcas, Ady esperaba que eso no fuera lo que imaginaba, aunque dentro de ella lamentaba la mala suerte del animal que había sido la comida del oso. Otro cambio que era más resaltante, era el de las paredes. La primera vez que entró estas estaban vacías, en cambio ahora, finas líneas de un marrón más oscuro, cruzaban la pared en trazos desiguales y sin sentido. Ambos se preguntaron cómo había sido posible que no se fijaran en ello. Baldwyn los miraba moverse, quería hallar en ellos algún rastro de sus amigos, pero no lo lograba. Parado en medio de todo dejó que ellos se conectaran con el lugar. Cuando se fijó que ambos lo miraban supo que era momento de llevarlos al pasado. Sintió la garganta seca, aquellos ojos que lo miraban hacían trizas sus nervios. Dejó a sus ojos vagar por el lugar tratando de encontrar las palabras para iniciar con la historia. —Mi nombre es Baldwyn Stolen — aquello era duro de hacer — soy el guardián de este mellom verdens, este es el número cincuenta cuatro, hay muchos otros repartidos por el mundo. Las palabras se entendieron a pesar de que eran dichas por las fauces de un oso. Ambos no sabían a donde mirar mientras oían la presentación. —¿Qué es un mesón verdens? Los labios de Ady se torcieron en una mueca mientras intentaba pronunciar las últimas palabras. Sabía que lo había dicho mal, sintió el calor subir por su cuello y posiblemente sus mejillas estuvieran teñidas en dorado —Mellom verdens — corrigió Baldwyn con gran paciencia. La pregunta lo había cogido con sorpresa, se había olvidado que ellos habían nacido humanos a pesar que sus almas fueran de quimeras. Era obvio que no entendían términos que no fueran en su idioma — Pues es esto — Continuó mientras extendía los brazos señalando alrededor — es amm como una puerta que te permite viajar a otros lugares…si eso, una puerta Estaba orgulloso de su explicación, seguramente entenderían aquello, de otro modo no sabría que más decir. —Es como un portal entonces — interrumpió Raff. Este tenía una mano en la espalda y la otra que sujetaba su barbilla. Ady recordó a la estatua del pensador que hace muchos años había visto en un libro. Raff levantó la mirada encontrándose con el rostro confuso de Baldwyn — O sea, digo, si dices que esto es una puerta que te lleva a otros lugares, quiere decir que es un portal. Con esto puedes viajar a cualquier parte del mundo en solo segundos. —Pues…es más complicado que eso pero por ahora me sirve que lo entiendas, así que te diré que sí. Este es un portal — sus ojos pasaron por las líneas de las paredes — y bueno creo que el hecho de que los conozco ya es más que obvio ¿no? Había quedado muy claro, desde la primera vez, que aquella criatura los conocía. De solo analizar la idea, Ady se sentía terriblemente acosada, toda la vida había pensado que estaba sola en ese bosque, sin saber que unos ojos la observaban todo el tiempo.—Eso es lo que no entiendo — agregó la joven — ¿cómo es posible que nos conozcas pero nosotros a ti no? —En realidad no los conozco, o sea si pero no — Las cejas arqueadas no se hicieron esperar —¿Cómo es eso que si pero no? O es si o es no — exigió Raff. Un suspiro pesado precedió las palabras de Baldwyn — Ya, esto es difícil de explicar entiendan, cuando me dijeron que sería el guardián del mellom verdens no pensé que me chocaría con esta situación. Yo los conocí, pero no a esta versión de ustedes, mejor dicho, conocí a la vieja versión de ustedes ¿eso tiene sentido? —Claro que no, hablas de una versión vieja de nosotros pero en mi caso estoy segura de que no eh vivido más de veinte años con este cuerpo, y en los recuerdos de mi infancia estoy muy segura que no apareces. Raff intentaba recordar algún encuentro pasado con Baldwyn, repasó a detalle cada recuerdo del bosque que tenía, a pesar de su esfuerzo estaba seguro que nunca antes lo había visto. Incluso, nunca antes había encontrado ese claro. Baldwyn negó mientras caminaba hacia una de las paredes, sus pasos eran extrañamente silenciosos para alguien de su tamaño, incluso el arrastre de su cola no producía ningún sonido. Sus manos se dirigieron a su pecho, donde su gema emitió un resplandor un poco más fuerte, ante su sorpresa vieron como alejaba sus manos y enredado entre sus dedos iba una hebra violácea, delgada como un hilo. Posó su mano en la pared, la hebra se deslizó de sus dedos y pareció desaparecer dentro de la roca, por unos segundos nada sucedió; de pronto, las líneas irregulares de las paredes comenzaron a moverse como si tuvieran vida propia. —Ustedes son más antiguos de lo que imaginan…nuestro linaje lleva existiendo millones de años — volteó a verlos con lo que parecía una triste sonrisa — supongo que debo iniciar por el principio, ya que son relativamente nuevos. Pónganse cómodos. Ady se mantuvo de pie apoyando todo su peso en la pierna izquierda, sabía que si se sentaba le sería difícil correr de ser necesario. Raff no hizo ademán de moverse y con la mano le indicó continuar. La voz del guardián se volvió clara y profunda, las líneas y curvas dibujadas en las paredes seguían el sonido de su voz, giraban y se unían formando figuras y ciudades que se erguían al borde de acantilados. Tal y como él había dicho, tomó la historia desde el principio. Cuando las galaxias apenas emitían su brillo y las estrellas llevaban solo un día de vida, todo el universo era un caos. Dioses se enfrentaban en una cruenta batalla por el dominio del infinito, muchas galaxias nacieron de la muerte y la sangre de Dioses menores vencidos. De estos heredaron su fuerza y sus ansias de destrucción. Lejos de toda esa guerra, aún había dioses que deseaban crear y no destruir, de a poco fueron renunciando a la guerra y cada uno disponiendo de un lugar del infinito. En medio de todo ese desorden, dos dioses se enamoraron, estos se llamaban Tifón y Equidna. Juntos abrieron una fisura en el universo por donde emprendieron su viaje en busca de un lugar más pacífico. Los dioses encontraron una estrella solitaria que llenaba el gran vacío que aún existía en aquel manto oscuro, alrededor de esta estrella encontraron un lugar propicio para existir. Descubrieron sus secretos y peligros, pero además de ello, encontraron vida. Se acercaron para observar mejor aquella masa rocosa donde algún Dios o Diosa, había decidido verter parte de su alma para llenarlo de vida. El mundo aún era inestable y constantemente se destruía para volver a construirse cada mañana. El cielo lloraba y la tierra sangraba fuego. Tifón y Equidna recorrieron aquel mundo de extremo a extremo, y solo encontraron desolación. Cada uno soñó en secreto con un mundo menos destructivo, uno donde ellos pudieran vivir. Sabían que no podían huir de la guerra por siempre, así fue como dieron vida a su hija a la cual llamaron Allatani. Le encomendaron crear un mundo propicio para almacenar vida, donde sus habitantes y el universo estuvieran en constante contacto. Así fue como Allatani, una diosa menor, rompió el manto del tiempo y creó su propio mundo. Ahí en aquel nuevo lugar, dejó que la vida siga su curso, que el cielo llorara a su antojo y que la tierra tenga sus hijos, miró todo desde el aire y una vez feliz con lo que tenía, se estableció en el acantilado más alto al cual llamó Tidna. La diosa había cumplido con su mandato, pero ella no era feliz, se sentía sola. Fue así como una noche invadida por la melancolía, la diosa cortó su mano, la sangre comenzó a emerger a borbotones hasta derramarse entre sus dedos. Las gotas rojas que cayeron a la tierra se juntaron con el polvo dando vida a más quimeras, algunas otras gotas dieron vida a quimeras, incluso antes de tocar la tierra. Cada uno de sus hijos, fue dotado de una gema en el pecho la cual estaba unida al universo, esta gema le daba la vida y el alma. Después de aquel episodio, las quimeras se extendieron a lo largo y ancho de ese mundo, levantando ciudades y reinos, llevando su vida tal y como Allatani les había enseñado. Ella se convirtió en reina de una de las ciudades más grandes que surgió a los pies de Tidna, y ahí en el acantilado, sus súbditos le construyeron un palacio digno de una gran diosa. Etrabur, como fue nombrado aquel lugar, creció con el pasar de los años y como todo reino emergente, se llenó de problemas y guerras. Nuevos reinos quiméricos con ansias de tierras, declararon la guerra al reino, el cual salió airoso en cada ocasión, y así fue por miles de años. Nadie se imaginó que el mayor enemigo, estaba siendo educado dentro del reino y pronto se convertiría en la mano derecha de la reina. Era una quimera poderosa, uno de los guerreros más grandes que haya existido, su fuerza era comparada con la de un tornado y su furia dejaba pequeño al mar. Este guerrero trabajó de mano de la reina, ella confiaba en él, nadie sabía de las verdaderas intenciones que tenía. Selwyn, era el nombre de aquel guerrero, ansiaba poder, se encerraba horas de horas en la biblioteca para estudiar los antiguos escritos de las primeras quimeras. Se volvió más distante y cruel, se sentía superior a todos por el rango que ostentaba. Trató en más de una ocasión de convencer a la reina para usar su poder y someter a los otros reinos, en cada oportunidad ella se negaba a su propuesta. Selwyn tenía un grupo de amigos que apoyaban sus ideas, todos en su grupo conocían bien las historias y los mapas de los primeros aventureros que se abrieron paso en aquel nuevo mundo. Cada uno albergó dentro de su pecho, las ansias de riquezas y el sueño del poder. Fue así que cegados por el poder de la gema y las riquezas que esta les podía otorgar, trazaron su plan. Selwyn iba a la cabeza de todo ese grupo y siendo alguien de confianza de la reina, no sería problemas deshacerse de ella. Aquella noche nadie fue alertado, Selwyn paseó por el castillo como el mismo rey, silencioso como un fantasma se deslizó en la alcoba de la reina donde la gema descansaba en su corona. Selwyn estuvo a punto de lograr su cometido, salvo porque no se fijó en los ojos brillantes de la reina que lo observaban en la oscuridad. Selwyn fue expulsado del castillo esa misma noche, había traicionado a su reina y a su pueblo, aquello solo se pagaba con la muerte, pero Allatani le perdonó la vida, confiando en que su alma volvería a ser buena. Aquel error lo pagaría el pueblo. Selwyn huyó junto a sus seguidores, robaron una nave del muelle y emprendieron su viaje con rumbo desconocido. La paz volvió al reino al menos por un tiempo. Años más tarde, nos llegaron noticias acerca de un nuevo pueblo que se había estado formando y creciendo. El verdadero pueblo se presentó años más tarde ante la reina, fue grande la sorpresa al descubrir que el rey del lugar era Selwyn, orgulloso portaba el estandarte de su reino, Coresis. Con halagos y sonrisas se presentó a la reina, diciendo tener una propuesta para unir los reinos, él propuso matrimonio a nuestra reina a lo cual ella se negó sospechando ya de las intenciones de su ex guardia. Selwyn no estaba dispuesto a otra derrota y menos ahora que era rey, no permitiría que lo humillen, atacó el castillo en la madrugada, todos sus movimientos fueron medidos. Su ejército se enfrentó al nuestro con una clara ventaja, no de número, pero sí de armas. Los de Coresis habían desarrollado algún tipo de poder que permitía petrificar a quien se atravesara en su camino. Esa noche perdimos mucha gente, la sangre corrió por las calles y los escalones blancos del castillo. El rey buscaba a la reina y la gema, pero ella era protegida por dos leales guerreros que ya la sacaban del castillo. Nadie sabía lo que en realidad había pasado, pero cuando llegaron los guardias al salón de seguridad de la reina, ya no encontraron a sus guerreros y Allatani era solo una fría estatua. El rey Selwyn se hizo con el reino, pero no con la gema, los guardias fuimos puestos a disposición del rey, en caso de oponernos, nuestras cabezas colgarían de los muelles. Tiempo más tarde un grupo de guerreros fieles a la reina, llevaron a escondidas a un Jefro al castillo, este recuperó los últimos recuerdos de la habitación donde la reina había caído. En los últimos minutos, la reina había arrancado la gema de sus guerreros junto a la de ella, tiró las gemas hacia el mundo humano al igual que a sus dos guerreros, no sabíamos con exactitud los planes de la reina, pero sabíamos una cosa. Debíamos esperar su regreso. Muchos de nosotros fuimos enviados a vigilar los mellom verdens que se repartían en este mundo, debíamos esperar que ustedes regresen con la gema para volver a levantar la gloria de Etrabur. El pueblo lo necesita. La voz de Baldwyn dio paso a un silencio profundo. Las paredes estaban llenas de dibujos que relataban la historia del nacimiento y caída del pueblo, de un reino. La imagen de la reina era la más grande, la tenue luz creaba la ilusión de movimiento en el cabello del dibujo. Debajo de ella, dos figuras, un varón y una mujer, levantaban orgullosos sus armas. Ady reconoció sus cuernos, la silueta era imponente. Raff se acercó a la imagen del otro guerrero, sus fuertes patas lobunas erguían una figura de hombros anchos, de solo ver la postura del guerrero, podía sentir como su piel se erizaba. Ambos observaron las figuras por largos segundos que parecieron eternos, era como encontrarse con un pasado no anhelado y chocarse con un futuro nada prometedor. Esas pinturas los condenaban a ser lo que fueron, soldados. El silencio fue roto por Baldwyn, ambos jóvenes voltearon a verlo. En sus manos cargaba dos gemas violáceas similares a la suya, salvo que estas no parecían rotas. —Estas son suyas, es momento de cumplir la misión. Hay que buscar la gema, debemos traer de regreso a nuestra reina Vieron sus rostros reflejados en la superficie liza de las piedras, las manos extendidas de Bald les invitaba a tomarlas. Raff extendió la mano sujetando la frágil piedra, este se percató que a pesar de ser pequeña tenía un gran peso. La gema calentó su piel al tocarla, parecía viva. Ady solo la observó, sus manos se rehusaron a tomarla, sabía que de hacerlo era admitir que aceptaba aquella misión que tenían encomendado. Misión que ella no quería ni planeaba aceptar. —Esos…esos dos guerreros, somos nosotros ¿cierto? — La mirada de Raff retornó a la imagen del soldado que orgulloso portaba su armadura. —Si…Atius y Eikya, nobles guerreros defensores de la reina, capitanes del escuadrón más especializado. Cada palabra estaba teñida de admiración y tristeza, Ady lo notó mientras se alejaba de la gema y se acercaba más a la imagen de la guerrera. Los ojos del dibujo estaban perdidos en la nada, en esa mirada no parecía haber miedo o emociones, solo eran dos círculos que buscaban una víctima. Se preguntó a cuantos enemigos había matado en aquella vida, si tenía familia, amigos. Luego estaba el guerrero, su mirada fría y fija se perdía en búsqueda de un enemigo invisible. Se percató de la dos fuertes patas lobunas que lo mantenían en pie, al instante desvió la mirada al muchacho, claramente esas no eran patas de lobo, él se veía demasiado normal al contrario de ella. Bald la miró, pudo sentir el dolor en su pecho, tan distante y tan arrebatadora como siempre, cuanto la había extrañado, cuanta falta le había hecho. Se acercó en silencio hasta poder mirar sus ojos, volvió a ofrecerle la gema. —Es hora de cumplir la misión, necesitaras tu gema para ello, serás más fuerte Los ojos amarillos se posaron de nuevo en la gema, observando su reflejo distorsionado en esta, con sus brazos aun rodeándola dio un paso atrás negando con la cabeza. Cada paso pareció hundir más al oso, que no encontraba fuerza para replicar. —Yo no tengo una misión, yo no soy una guerra, no me llamo Eikya. Culminó mirando a los dos acompañantes, suspiró dando un último vistazo al lugar y se dirigió a la salida. Nadie la detuvo y no dudó en su decisión, sus pasos se alejaron en dirección a su casa, dónde su madre la esperaba seguramente ya con la comida, y dónde su mejor amiga estaría lista para hacerle olvidar todo ello. —Ella no va a volver ¿cierto?- preguntó el chico Raff vio a la joven salir, pudo sentir como incluso la energía se hacía más triste en el lugar. Miró al oso que negaba mientras con cuidado volvía a guardar la gema. Raff se sentía incómodo, tenía muchas cosas en su mente. El oso parecía ya no prestarle atención, así que tomó su mochila olvidada, pensó en despedirse pero la criatura le daba la espalda mirando fijamente el tanque. Está llorando, pensó Raff mientras abandonaba el lugar. A pesar del aspecto medieval que tenía aquella caverna, al joven le había gustado, tenía cierto encanto que le hacía desear vivir en un lugar así. Su casa, en comparación con el mellom verdens, lucia insoportablemente normal. Su madre preparaba el almuerzo seguramente, podía oír sus pasos que se movían al ritmo de alguna vieja música disco. No estaba de humor para interrogatorios, en silencio se escabulló por la casa hasta refugiarse en su habitación. Sin quitarse los zapatos, tiró las dos mochilas a un rincón y se dejó caer en la cama. El cuerpo le dolía como si hubiese escalado una montaña, producto de toda la tensión sus músculos estaban agarrotados. Cargaba aún la gema en el bolsillo de sus vaqueros, podía percibirla latiendo como alguna especie de macabro corazón, un reloj silencioso que golpeaba su mente un una decisión inminente. Debes cumplir tu misión. *** Ady miraba su pálido reflejo en el espejo del baño, sus escamas se notaban más al igual que sus venas. Lucia enferma, lucia muerta. Ahora entendía las miradas desconcertadas de su madre y su amiga mientras la envolvían con una manta. Se aisló en su habitación negándose a recibir algo de comer, sabía que su estómago no lo soportaría, las náuseas la obligaban a mantener los ojos cerrados. Su mente era un desastre, todo lo sucedido se repetía una y otra vez, solía superar rápido las cosas, pero aquello no era simple. —Te traje algo de té por si gustas, te hará mal no comer Ya con la tarde pintando el cielo Cher finalmente había interrumpido su soledad, tenía el frondoso cabello atado en dos moños a los costados. Dejó la taza en el despintado buró y se acomodó frente a su amiga. Ady no la miraba, tenía los ojos cerrados y la manta echada encima hasta cubrir la mitad de su rostro. Ella sabía que no estaba dormida. —Me gustaría saber que sucedió para que estés así. Dijiste que irías a la librería y vuelves como si… no lo sé, hubieras visto el infierno. Abrió los ojos analizando un momento la situación y se levantó despacio tomando la pequeña taza. —No pasó nada, solo estaba cansada o quizá me vaya a enfermar — dio un sorbo para dar mayor credibilidad a su mentira — descuida estoy bien. Los ojos verdosos la examinaron, ella contuvo la respiración como si pudiera delatarla, fueron breves segundos que parecieron eternos. Cher se levantó de pronto y colocó una mano sobre su frente. —Sí, puede que estés por enfermar, iré a buscar una pastilla y vuelvo. Ady la vio salir y la culpa llegó. ¿Desde cuándo mentía tanto a su amiga? Miró la ventana, el sol era ya un fantasma y el cielo lucía un violeta similar a la gema que había visto. Nunca había visto al cielo de ese color.
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