Santiago llegó a casa se encerró en su biblioteca, sirvió una copa de buen vino, bebió con rapidez. Pensaba en ella, cerraba los ojos y la veía, su voz aturdía sus oídos, ella, siempre ella. «¡Sofía!», pensó, y lanzó el vaso de cristal hasta hacerlo añicos contra una pared. —¿Por qué tenías que volver? ¿Por qué no dejaste a nuestros demonios en paz, tonta? Ahora vienes por una guerra, ¿una venganza? ¿no te das cuenta de que no tienes forma de ganarme? Ya no quería hacerte daño, ya no quería herirte más, aunque no lo creas, incluso si es ilógico, amé la forma en que me amaste, aunque fuese una sola vez —las lágrimas estaban en los ojos de ese hombre. «Cerró los ojos, recordó su infancia; a su madre, cuando él solo era un niño de cinco años, ella huyó con su amante, luchaba por alcanzarl

