2. Muerte

1604 Palabras
D A N T E No hay mayor dolor que la muerte excepto ver morir antes a quienes más amas. La rata de mi padre ni siquiera se había dignado en dar señales de vida, sabe perfectamente que es hombre muerto. Aunque… ¿A quién engaño? Soy incapaz de hacer daño a esa rata vieja, yonki y borracha. No me habían educado así. Eso no quitaba que en estos instantes, rodeado por los seres queridos de Susan no me sintiera como el mayor miserable de la tierra. Para ellos su vecina, maestra, hija, hermana, sobrina, prima murió por un accidente, para mi, el amor de mi vida murió por culpa de que mi padre los hubiese usado como fianza a su camello de confianza sino pagaba sus malditas deudas. Mi ira fue en aumento cuando me dijeron que en su vientre cargaba un hijo. ¡Un jodido hijo! ¡Nuestro hijo! Su nieto… Había rozado el límite incluso para alguien tan miserable como él. Estaba casi o completamente seguro que la vida no me volvería a regalar una mujer como ella. Maldita sea… Soy incapaz de procesar algo más que este nudo en la garganta. Por si fuera poco los Nerón han roto el gimnasio de la rata de mi padre. Sin reputación no hay carrera y digamos que se habían encargado de que no pudiese encontrar un sitio ni siquiera en lo que había sido mi inicio, el boxeo clandestino. Maldita sea… Justo cuando creí progresar. Justo cuando ya habíamos reformado el gimnasio, abierto clases para aficionados, torneos para los chicos del barrio, recibido ofertas de millones de competiciones, locales, nacionales e internacionales. Todo eso se desvaneció de la noche a la mañana con el bateo alas de los Nerón. Y todo por la culpa de la rata de mi padre. Solo espero que no se meta en más líos. Lo último que necesito es cargar su muerte en mis hombros. Miro a Olivia, ella me sonríe posando una mano encima de mi hombro, le devuelvo la sonrisa. Va vestida de n***o aún así hace que las pecas de su ovalado rostro rosado resalten. Ella había sido el único sustento que nos quedaba, a mi, su hermano viudo con tres hijos, un universitario y dos niños mellizos muy traviesos, y sus padres, mis suegros. Pronto ellos se acercan a mi cuando poco a poco el cementerio se va deshaciendo de vecinos, amigos, y otros parientes para dejarnos solos. —¿Cómo lo llevas?—pregunta Parker, el hijo mayor de James, interrumpiéndonos poco después, en sus piernas iban los dos niños más traviesos, los mellizos Jack y Sara, ellos me miran sin esconder, más bien no sabían, su tristeza. —Digamos que vamos haciendo. Chicos, precisamente tú, tú dile a tu padre, que porque Susan ya no este eso no significa que mi casa no sea vuestra casa, podéis continuar viviendo tal como los últimos años, creía que James y yo éramos mejores amigos—intenté sonreír, a pesar de que sabía que no se me daba bien, la gente siempre me decía que no lo hiciera, que daba mucho más miedo mi sonrisa que mi expresión neutral, lo cual era decir. Pronto James, su padre, y el hermano de Susan, sonríe a través del cristal de sus gafas. —Pues claro que somos amigos, siempre lo fuimos incluso después de que decidieras follarte a mi hermana pequeña—ese comentario hace que mis suegros lo miren desaprobando su actitud—Pero eso no quita que ahora seamos una carga más, he estado hablando con mis padres, y estamos buscando otr- —Ni hablarlo, James, somos familia, creo que esto en este sentido no cambia nada—le interrumpo inmediatamente. —Pero son muchos gastos y tú estás sin ingresos—responde esta vez Parker serio. Ese chico siempre había sido muy inteligente, de los pocos chicos del barrio que había conseguido pisar la Universidad y todo gracias a Susan y su propio esfuerzo. —No por mucho tiempo, le he encontrado curro en uno de los clubes de campo, dará clases de zumba. Escucha, se que no es tu trabajo de en sueño pero- Ni siquiera la dejo terminar, Olivia me mira con los ojos como platos temiendo mi reacción, en cualquier otra circunstancia le habría dicho que no, que eso era impensable pero como ha dicho James no estoy para escoger. Mi carrera estaba acabada. Tomo aire con fuerza y con el corazón en las manos asiento cabizbajo para luego mirar a mis suegros, a mi cuñado, mis sobrinos y a la mejor amiga de mi difunta esposa. —Acepto. Solo volved a casa—afirmo mirando a James. —Si queréis puedo quedarme con la habitación libre, y así os ayudo con el alquiler—respondió Olivia con una sonrisa—Me pagan bien, mañana es mi primer día en una tienda de pijos, que conocí gracias a que una de las señoras de la limpieza del club donde harás clases de zumba me recomendó, una gran señora…—finalizó. —¡Sí que venga!—gritó Jack saltando a darle un abrazo a Olivia que los recibió más que gustosa. Pronto Sara imitó a su hermano, los tres me miraron con la misma expresión de cachorro abandonado. —Está bien. Eso es lo único que soy capaz de pronunciar. No quería que Olivia cargara con el peso de todo una familia, no me habían criado para vivir de mantenido. Aunque me jodiera no volver a boxear, mi gente era todo para mi, tanto como lo fueron para ella. Estoy seguro que eso es lo que habría querido Susan, tan seguro como nunca sentiré el amor de otra mujer con la misma intensidad que la suya. B E L L E —He dicho que te quiero fuera—mi voz sonó contundente como siempre, o incluso más. Si habitualmente carecía de algo llamado paciencia, en momentos como ese, post-funeral, lo último que me apetecía era lidiar con niñitas malcriadas que hacen de todo excepto trabajar. Observé sin pena alguna al matojo de nervios pelirrojo que había delante de mi temblar prácticamente del miedo. —Pero señorita Carter…—habló ella intentando calmarme. Encima… Que sin vergüenza es esta pobretona. Miro asqueada como intenta buscar con la mirada a alguna de sus compañeras, para su mala suerte todas ellas se habían desvanecido en medio de la tienda, al parecer incluso a unas pocas horas de cerrar había trabajo o al menos eso intentaban simular mostrándose ocupadas. Fuera como fuera esa mocosa no duraría ni unos minutos más aquí. No señor. No quería a ninguna mosquita muerta trabajando en la gran tienda de la firma de moda de Belle Carter. —No soy ninguna señorita, soy señora, y mucho más para ti. Deberías estar agradecida así te dará un poco de sol en esa piel de lagarta pelirroja que gastas…—le respondo sin siquiera mirarla mientras poso mis ojos en mis uñas, valían mucho más que ella eso estaba claro. —¡No he hecho nada malo!—intentó limpiar en vano su error, veo como la pelirroja se desespera, creo que de aquí nada va a soltar alguna lágrima. Genial, lo último que necesito es una cria. Dejo mis uñas de lado y la miro fría. —Por favor—hice una pausa buscando su nombre en el bordado de la camiseta del uniforme que llevaban todas—Olivia, no seas cobarde, me has llamado bruja millonaria tiránica con demasiado poder, solo te estoy demostrando que tan poderosa y cabrona puede a llegar a ser, o simplemente es, esta bruja tiránica millonaria de aquí—añadí torciendo mi sonrisa en una mueca llena de amargura, en sus ojos veo el horror, el miedo, y luego pronto la rabia. —P-Pe-…—titubea ella incrédula. —Quedas despedida. Eso es lo último que pronuncio antes de ir directa al ascensor, a parte de ser de una de mis tiendas más emblemáticas es mi oficina principal. La había rediseñado en los Ángeles por el estado de salud de mi padre, aunque no habría adivinado ni en mil años que eso me expondría a Einar Nerón. Entro al ascensor mientras observo finalmente como todas las dependientas de la tienda recorren mi trayectoria por el rabillo del ojo mientras susurran entre ellas cosas inaudibles y miran con pena y dolor a la tal Olivia. Ya me encargaría de que Stella, me presentara los perfiles de todas esas ratas, todas las que se han atrevido a confabular en mi contra. Finalmente las puertas metálicas se cierran y me permito apoyar el peso de mi cuerpo contra el elevador, de repente las luces del ascensor parpadean, llevo mis manos al centro de mando con horror, casi por instinto pulso botones sin criterio. Finalmente me detengo intentando tomar aire. Busco el botón de emergencia pero es en vano, ninguno funciona. Intento golpear el ascensor en un intento de llamar la atención del resto de mujeres de la tienda pero a alguien se le ocurre subir el sonido de la musiquita. ¿Música en mi tienda? Ni que esto fuera una tienda fast-fashion. Ya me encargaría de eso luego, ahora mi prioridad era mantener el control, me digo mientras me llevo las manos a la cabeza. De repente las cuerdas del ascensor parecen pararse en seco, tambaleándome, mi corazón deja de latir, las luces vuelven a funcionar de forma correcta, o eso parecía, poco después a una velocidad vertiginosa el elevador empieza a descender hasta el fondo, cierro los ojos asustada esperando lo peor en cualquier segundo.
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