Momentos después, Melisa insistió: "Bien, vamos ahora a nuestra hora de descanso", tomando la mano de Cristina, quien tuvo que soltar el palo de la escoba. Las dos amigas se dirigieron por el largo y estrecho pasillo hasta llegar al comedor. Allí, Cristina se sentó pensativa, mirando hacia su amiga, quien también la observaba con curiosidad. Las manecillas del reloj resonaban una y otra vez mientras ella buscaba las palabras adecuadas para compartir sus preocupaciones, algo que nunca había hecho.
Finalmente, Cristina habló, ¡Yo…”
"Ahora me dirás qué te ocurre". Melisa notó su pesar y respondió, "Es complicado", con pena, sintiendo el deseo inmenso de llorar, pero conteniéndose con valentía, consciente de que tenía que salir adelante y no sentirse así.
Su mejor amiga la miró con intriga y dijo, "Es Eduardo, siento que algo me está ocultando", mientras se tocaba la cabeza.
"¿Es otra mujer?", preguntó Melisa, y Cristina la interrumpió, "No, solo que no sabe controlar el dinero". Melisa suspiró y cuestionó, "¿Y dónde va a parar ese dinero que él gasta?", con curiosidad. Cristina se encogió de hombros, "No lo sé, esa es la cuestión", respondió mientras buscaba alguna respuesta que nunca encontraba.
Su amiga la miró con intriga, ya que nunca la había visto tan preocupada. Ambas se observaron durante algunos segundos hasta que finalmente una de ellas habló, "Entonces, ¿qué es lo que está ocurriendo?".
"Ya no lo sé", admitió Cristina.
"No lo sé. En primer lugar, no logró conseguir ese trabajo importante en la empresa, y a pesar de ganar más que yo, siempre me está pidiendo dinero que no le alcanza. Él gana casi el doble que yo, Melisa, no lo entiendo".
Melisa asintió, pensativa, y dijo, "Es raro..."
"Te ayudaré con las finanzas, así tú puedes...", comenzó a decir Melisa, pero Cristina la interrumpió rápidamente.
"No, cariño, yo podré, tranquila. Me ajustaré más. Sí, tendré un cuaderno". Las dudas sobre ella volvieron a florecer, pero no dijo nada. Se quedó en silencio.
Se subieron al vehículo. Cristina se abrochó el cinturón de seguridad y miró por la ventana durante todo el trayecto en silencio. Estaba sumida en sus propios pensamientos, pensando en que habían ascendido a Víctor y estaba muy feliz.
Cuando llegaron, Cristina quiso ir a la habitación y dormir, pero él la detuvo. "Cariño, tenemos que celebrar. Vamos a comer algo, yo invito", dijo. Ella respondió, "No tengo hambre", y desapareció por el pasillo, dejándolo solo.
Los días pasaron más tranquilos, pero Cristina se sentía un poco triste. En primer lugar, porque los días habían sido bastante monótonos. No sabía si aceptar, si en algún momento vería más seguido a Víctor. A pesar de que pasaba el tiempo, él apenas llegaba a casa. Había días en los que no aparecía, y eso la entristecía. Después de aquel ascenso, había perdido más contacto con él y además, las cuentas seguían desfavoreciendo la casa.
Un día llegó después de haber estado tres días bastante ausente de casa. "Por fin llegas", comentó ella con el ceño fruncido, cruzada de brazos, mientras estaba apoyada en la barra. "Cariño..."