“Eduardo…”, intento explicar, elevando el tono de voz e interrumpiendo mis palabras. Doy un paso hacia atrás y mis ojos se llenan de lágrimas. Me doy la vuelta, convencida de que él se los llevó para su hermana. No hay otra explicación. Estoy molesta; he gastado dinero en esos productos y él me los robó. Ahora no tengo con qué demonios lavar los platos. Doy una patada a una silla y lloro de frustración. Luego, vuelvo a encender el agua y comienzo a lavar con el poco detergente que me queda. Por ambos tendré que comprar de a poco, aunque siempre me había gustado comprar de más para prever los aumentos. Pero ahora, aparentemente, ni siquiera puedo estar segura en mi propia casa. No sé cuánto tiempo podré soportar esto, pero espero que sea poco. El resto de la tarde, paso llamando a Melisa,

