3 Paul se pasó la mano por la cara y se miró en el espejo del baño, agotado. No había llegado a casa hasta las dos de la mañana y, aunque había cancelado todos sus entrenamientos de supervivencia hasta próximo aviso, seguía teniendo por delante un día lleno de trabajo. No necesitaba el dinero; sus padres habían tomado buenas decisiones en sus inversiones financieras y él había hecho otro tanto. Contaba con varios millones a su disposición, pero el dinero nunca le había importado más que para proveer todo lo necesario para Trisha y para sí mismo. A sus cuarenta y siete años, el gris justo empezaba a dejarse ver en su cabello oscuro, la mayoría fruto de los últimos seis meses tras la desaparición de su pequeña. Se inclinó hacia delante y se aferró al borde del lavabo con las dos manos, luc

