Mia fue la primera en cruzar el portal.
La luz azul la envolvió como un remolino antes de expulsarla al otro lado, donde el aire tenía un sabor metálico y frío. Aiden, Neahm y Yali aparecieron tras ella, tambaleándose mientras trataban de recuperar el aliento.
Por un instante, nadie habló. La quietud del lugar era tan espesa que se sentía en los huesos. Ya no había aullidos, ni ramas quebrándose, ni olor a sangre. Solo silencio.
Una profunda sensación de alivio los invadió a todos… excepto a Mia.
Ella respiró hondo, intentando ocultar la punzada extraña que sentía en el pecho. No era miedo ni agotamiento. Era un vacío. Como si hubiera dejado algo atrás al cruzar el portal… o a alguien. No dijo nada. Lo último que deseaba era preocupar a sus compañeros; todos habían soportado demasiado por seguirla.
Yali rompió el silencio con una exclamación temblorosa:
—No puedo creerlo… De verdad estamos en el Gremio del Espiral. —Sus ojos recorrieron el horizonte oscuro—. Siempre escuché que solo se podía entrar con una invitación de la mismísima Fairud Bolek. Dicen que odia a los forasteros… y más aún a los que llegan sin permiso.
Mia siguió su mirada. El paisaje ante ellos parecía sacado de una pesadilla. El cielo era de un gris perpetuo, sin luna ni estrellas, iluminado apenas por los destellos de rayos que caían a lo lejos. El suelo estaba seco y agrietado, como si la vida hubiera huido hacía siglos. Y en el borde de un acantilado, rodeado de nubes oscuras y columnas de humo, se alzaba un castillo n***o como la obsidiana.
Era imponente. Frío. Vivo en su propia oscuridad.
Aiden soltó un bufido incrédulo.
—Por todos los dioses… qué lugar tan horrendo.
Neahm, sin embargo, sonrió con nostalgia.
Mia lo fulminó con la mirada, y Aiden se apresuró a murmurar una disculpa.
—Lo siento, no quise…
—Está bien —interrumpió la banshee, observando su reino con los ojos brillantes—. Lo sé. Pero nada en el mundo se compara con volver a casa.
La princesa elfa, en cambio, no compartía ese entusiasmo. Exhausta, con el cabello enredado y la túnica cubierta de polvo, se dejó caer sobre una roca.
—¿Hasta allá tenemos que caminar? —preguntó, mirando la distancia interminable hasta el castillo.
Aiden soltó una breve risa y agitó sus alas con un toque de orgullo.
—Tranquila, princesa. Esto lo resolvemos Mia y yo.
Yali lo observó con sospecha.
—¿Y qué piensas hacer, exactamente?
El guerrero extendió una mano hacia ella.
—Llevarlas volando. Tú con Mia, y Neahm conmigo. Será más rápido.
La elfa palideció.
—¿Volar? No, no… prefiero caminar.
Pero Mia se acercó, colocó una mano en su hombro y sonrió con dulzura.
—Confía en mí. No te dejaré caer.
La serenidad en sus ojos bastó. Yali asintió con un suspiro resignado. Neahm, por su parte, aceptó la propuesta sin dudar; estaba demasiado ansiosa por volver a su hogar.
En cuestión de minutos, Aiden desplegó sus alas doradas, y Mia hizo lo mismo, extendiendo las suyas, que brillaban con un matiz entre n***o y plateado bajo el cielo gris. El viento del Gremio del Espiral era pesado y olía a tormenta, pero ambos se elevaron sin dificultad, llevando a sus compañeras en brazos.
Volaron sobre el terreno agrietado, y a lo lejos, los rayos iluminaban el castillo, revelando sus torres afiladas y puentes colgantes cubiertos de niebla. Era una fortaleza suspendida entre la roca y las nubes, un trono de sombras donde la noche parecía eterna.
En menos de diez minutos, descendieron frente al puente principal: una estructura inmensa de madera oscura y cuerdas trenzadas, que se balanceaba suavemente sobre un abismo sin fondo.
Aiden dejó a Neahm en tierra con una sonrisa cansada.
—Llegamos. Y sin que nadie muriera en el intento.
—Apenas empezamos, ángel —replicó ella, alzando una ceja con media sonrisa.
Mia, aún con el corazón inquieto, miró el castillo. Sentía que algo la observaba desde las torres, una presencia antigua, como si el propio reino reconociera su llegada.
Habían cruzado la Montaña del Lobo.
Pero en el Gremio del Espiral, era el verdadero enigma para ellos.
El puente colgante se extendía ante ellos como una cicatriz suspendida sobre el abismo. Las tablas de madera, ennegrecidas por la humedad y el tiempo, crujían al ser acariciadas por el viento helado. Desde las profundidades del acantilado se alzaban lamentos… voces rotas, apenas audibles, que parecían suplicar desde otro mundo.
El aire olía a azufre.
Era un aroma áspero, denso, que se adhería a la garganta. Aiden frunció el ceño.
—Este sitio huele como si el infierno hubiera abierto una grieta aquí.
Mia no respondió, pero no podía evitar sentir lo mismo.
Neahm, en cambio, sonrió con tranquilidad.
—Vamos. —dijo con una confianza casi desafiante—. No es tan terrible como parece.
Ella fue la primera en poner un pie sobre el puente, moviéndose con la soltura de quien conoce el peligro y ha aprendido a convivir con él. Los demás la siguieron con cautela, sosteniéndose del viejo pasamanos. Cada paso hacía que la estructura se balanceara, y los lamentos del abismo se volvían más intensos, como si las almas atrapadas bajo el puente los observaran pasar.
Pero lograron cruzar. Vivos. Intactos.
Al otro lado los aguardaba una escalinata imponente de piedra negra, que ascendía en espiral hacia un par de puertas monumentales. Las bisagras estaban cubiertas de óxido, pero aun así, cuando Mia posó un pie en el primer peldaño, ambas puertas se abrieron con un estruendo grave, como si el propio castillo hubiera sentido su presencia.
El aire allí era más pesado, casi tangible. Nadie habló. Subieron los últimos escalones en silencio, hasta quedar frente a dos gárgolas gigantes que flanqueaban la entrada. Sus ojos vacíos los seguían con atención, y por un instante, Mia juró haber visto a una de ellas mover ligeramente las alas.
Neahm avanzó sin dudar.
—Bienvenidos a mi hogar —dijo con una sonrisa serena, mientras empujaba las puertas.
El interior del castillo era una mezcla de penumbra y elegancia lúgubre. Las paredes estaban cubiertas de tapices oscuros, y los candelabros goteaban una cera negra que caía lentamente sobre el suelo de mármol.
Un sonido de pasos cortos y metálicos resonó en el pasillo. De la sombra emergió una figura singular: una criatura de cuerpo rechoncho y piernas cortas, vestida con un traje tan impecable como extraño en aquel entorno. Tenía cabeza de cerdo, orejas puntiagudas, y una argolla de plata que brillaba en su oreja izquierda.
—¡Silvestre! —exclamó Neahm con una sonrisa que iluminó su rostro.
El ser levantó la mirada y abrió los brazos.
—¡Mi pequeña Neahm! —respondió con una voz ronca y profunda, cargada de emoción—. Dieciocho años, mi niña… ¡dieciocho años sin verte!
Ella corrió hacia él y se agachó para abrazarlo con fuerza. La ternura en su gesto contrastaba con el entorno lúgubre que los rodeaba.
Cuando se separaron, Neahm se giró hacia sus compañeros.
—Les presento a Silvestre, el mayordomo del castillo.
El ser hizo una reverencia exagerada, con una sonrisa orgullosa.
—Un placer conocerles, forasteros. La Gran Fairud Bolek los espera. Síganme, por favor.
Avanzaron por un pasillo interminable, flanqueado por estatuas que parecían observarlos. Al llegar a una puerta doble custodiada por dos armaduras negras, Silvestre chasqueó los dedos. Las armaduras se movieron solas, como si tuvieran vida, y empujaron las hojas de la puerta hacia adentro.
El gran salón se reveló en toda su majestuosidad.
Oscuro. Inmenso. Y en el centro, sobre una plataforma de huesos tallados y cubiertos por un velo de sombras, se alzaba un trono.
Allí estaba Fairud Bolek.
Su figura irradiaba poder y misterio. Llevaba un vestido largo de terciopelo n***o, y su piel, tan pálida como la luna, resaltaba bajo el resplandor de los relámpagos que cruzaban el cielo tras los ventanales. Su cabello, blanco como la ceniza, caía en ondas sobre sus hombros. Y sus ojos —profundos, casi traslúcidos— parecían contener secretos que ningún mortal debería conocer.
Un murmullo sutil recorrió la sala cuando posó su mirada en Mia.
—Así que tú eres la heredera del trono —dijo, con una voz que parecía surgir desde las entrañas del castillo—. La hija de la reina Marissa.
Mia tragó saliva, inclinando la cabeza con respeto.
—Sí, mi señora. Hemos venido en busca de su ayuda.
Fairud sonrió. Fue una sonrisa lenta, enigmática… como la de alguien que ya conocía la historia antes de escucharla.
—Entonces, princesa regium… —susurró, entrelazando los dedos sobre el trono—. Ha llegado el momento de que sepas lo que debes hacer para reclamar tu corona.