A medida que Ella crecía, su amor por el patinaje artístico floreció como una llama que se negaba a apagarse. Desde que aprendió a caminar, se sintió atraída por la reluciente pista que sus padres habían construido. A los nueve años, su curiosidad se había convertido en pasión, y anhelaba explorar el hielo con el mismo talento y gracia que veía en su madre. Una noche, después de cenar, miró a Amara con sus ojos abiertos y sinceros y le preguntó: «Mamá, ¿puedes enseñarme algunos movimientos de verdad? ¿Como los giros y saltos que haces?». El corazón de Amara se derritió, lleno de orgullo y emoción ante la petición de su hija. Siempre había soñado con compartir su pasión por el patinaje con sus hijos, pero nunca quiso presionarlos. Que Ella se lo pidiera con tanta sinceridad hizo que el mom
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