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1142 Palabras
CAPÍTULO 15 —Lo siento tanto, señorita Jones...—el doctor hace una pausa, veo la cara de mi madre llena de dolor, el médico está titubeando para decirme lo que tiene por decirme. —¡Hable por favor! —le grito desesperada, él se acerca a mí y me coloca una de sus manos sobre mi hombro. Estoy esperando lo peor. —El auto en donde estabas escapando aquel día, dio muchas vueltas al caer al barranco, nada podía detenerlo para que dejara de caer... pero, por milagros de Dios, una gran roca lo detuvo, cuando los paramédicos te encontraron tenías la mitad del cuerpo fuera del auto, la puerta de este hizo presión en tu estómago haciéndote una herida tan profunda que destruyó tus ovarios. —¡Vaya al grano, de una vez! —Nunca podrás tener hijos... Me levanto con el corazón agitado, veo de nuevo el reloj, son las tres de la mañana. Como siempre la las pesadillas de todos los días me levantan a la misma hora de siempre. Trato de cerrar los ojos para poder dormir de nuevo, pero, como es de esperarse fracaso en el intento, he hecho todo lo que me dice Amanda, ella es mi psicóloga desde hace siete años desde que él dañó mi vida, mamá dice que esas cosas se sobrellevan, sin embargo, creo que nunca podré superar algo como lo que me sucedió con ese bastardo. Bajo las escaleras del pequeño apartamento que mamá y yo tenemos arrendado, desde lo sucedido con él, mi madre siempre ha estado para mí, a diferencia de papá. Abro la nevera desesperadamente en busca de leche para calentarla un poco y así estando tibia me ayude a relajarme, prefiero ese método a que tener que tomar pastillas para dormir, las luces de la cocina se encienden haciendo que me sobresalte por la impresión. —¿Victoria? ¿de nuevo no puedes dormir? —mi madre pregunta frunciendo el ceño, asiento y ella se abalanza sobre mí para abrazarme, en sus brazos me siento tan bien, tan segura. —Las pesadillas no cesan mamá, ¡estoy desesperada mañana debo de ir a trabajar e iré con unas enormes ojeras horribles! —Isabel, comienza a reírse llevando sus manos a su estómago, al parecer lo que le dije le causó gracia—¿De qué te ríes mamá? —Farfullo frunciendo el ceño. —¡Que siempre te he dicho panda y ahora pareces de verdad uno! —ruedo los ojos, mi madre a veces podía ser demasiado infantil. Horas después me levanto a las seis y treinta de la mañana, mi horario laboral empieza a las ocho, trabajo en unas de las mejores compañías de tecnología de España, Go Spaces Company, Teresa James es mi mejor amiga desde la Universidad, estudiamos juntas Diseño y Publicidad y somos cercanas desde entonces; un día Teresa comenzó a salir con un tipo que conoció en unas de las tantas fiestas que va y según ella, su nuevo novio era jefe del equipo de publicidad de dicha compañía prestigiosa, me dijo que le había mostrado mi portafolio de diseños y este le gusto tanto, que no dudó en hablar con sus superiores para que yo hiciera parte de su equipo de trabajo. Me visto con unos pantalones negros, con una camiseta holgada blanca y una chamarra de cuero rojo y mis stilettos favoritos de Versace, tomo mi cartera y bajo corriendo para al menos medio desayunar, al bajar mi madre estaba preparando omelette de huevos. —Ya me voy mamá—le digo tomando cucharadas rápidas de huevo revuelto. —¡Espera, Victoria! esto no puede seguir así, tienes que dejar de ir con prisa a todos lados, el mundo no se va a acabar— claro que si mamá, mi mundo quedó debajo de él ese día, pensé para mí misma. —Está bien, ¿Mamá? La llamé deteniéndome en la entrada del apartamento. —¿Qué sucede, Vicky? Titubeé al hablar. —¿Le dijiste a administración que quitaran el enorme espejo de living? —Isabel guardó silencio y sonreí. Desde mi secuestro, no soporto tener espejos cerca de mí, es por eso que en casa no hay, y si entro a un baño público, aparto la mirada para no ver mi propio reflejo. —¡Una madre haría cualquier cosa por sus hijos!—antes que terminara de decir algo le di un beso en la mejilla y salí corriendo tomando mis cosas, el taxi que había contactado desde casa, ya me estaba esperando en la entrada de mi edificio, apenas me subí al coche, comencé a revisar los correos corporativos, mi trabajo a fin de cada mes era estresante, ya que debía de terminar todos los diseños para alguna campaña nueva, la empresa estaba pasando por su mejor momento, posicionándose como la mejor compañía de tecnología de Europa, y me emocionaba porque yo hacía parte de ella. —¡Hola! —me saluda David mi compañero de oficina apenas me ve llegar, desde hace tres años que trabajo para esta corporación, él siempre ha sido muy atento conmigo, me ha invitado a salir en muchas ocasiones, pero, siempre le digo que no estoy pensando en tener una relación por ahora. —¿Hola David, que tal tu día de hoy? —Ahora mucho mejor, porque te veo—, confiesa con una seguridad que me hace estremecer, no es que David no sea apuesto y claro que lo es, es un chico con un cuerpo atlético, alto, muy inteligente, de cabello n***o ojos claros y una sonrisa que te producirían orgasmos visuales, pero, las relaciones no se me dan desde que él paso por mi vida—¿Estás bien?—me pregunta sacándome de mis recuerdos, yo solo asiento—Es que te veías distraída—, vuelve a pregunta, como es costumbre subimos juntos a la oficina, este lugar es como una jungla, todos tenemos que sobrevivir para no ser asesinados en teoría por mi jefe Alexander Russo. Él es un hombre autoritario. A pesar de sus escasos treinta y dos años, se ha destacado por ser uno de los hombres jóvenes más poderosos de todo el país, orgullo para él, pero, tortura para sus subordinados ya que tiene un genio de mil demonios. —Victoria, el señor Russo necesita hablar contigo—me dice Sara la asistente y amante de Alexander, cabe notar que media oficina hablaba de esa «relación» escondida, nada disimulada de los dos. —Claro Sara, ya pasó por la oficina de Alexander—al escuchar que lo llame por su nombre, Sara se voltea con la cara roja de la ira. Una sonrisa sale a medio lado de mis labios. La rubia, odiaba que alguna mujer llamara a su hombre no tan suyo por su nombre de pila.
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