El teléfono de la habitación sonó, sacándonos de nuestro momento. De mala gana contesté y cuando corté, la miré con frustración. ―Los periodistas nos esperan. ―Será ―respondió ella encogiéndose de hombros. Luego que mi mujer se arregló un poco, la tomé de la mano para salir del cuarto y no alcanzamos a dar dos pasos cuando ella me detuvo. La miré sorprendido. ―¿Qué vamos a decir? ―me preguntó. ―Vamos a decir que tú y yo estamos vivos, que no hemos tenido ningún accidente, que algún ocioso se divierte esparciendo este tipo de rumores, pero que nosotros estamos tan bien que estamos comprometidos para casarnos ―contesté regalándole una sonrisa para que se calmara―. Porque ahora sí tengo todo el derecho del mundo a gritarlo a los cuatro vientos, ¿o no? ―Sí, pero ¿tu familia no se mo

