Siempre había conocido el hombre rudo, con falta de tacto para decir las cosas, pero por primera vez conocí su lado dulce; esa voz tan hipnótica y tierna que emitió en ese fulminante momento para pronunciar esas palabras. Fue tan agradable y placentero para mis oídos, el poder escucharlo decir tales palabras que, aunque no las esperaba, me hicieron sentir satisfecha. Una calidez sucumbió a mi corazón. A pesar de la debilidad de mi cuerpo y la pesadez que me arropó, pude verlo de vuelta a los ojos; esa mirada que antes me estremecía el alma por su frialdad y maldad, no sé desde cuándo dejé de verla así, pero ahora solo podía perderme en el azulejo de sus ojos, que parecían tener luz propia y brillar. Nuestros labios se juntaron como un imán, apaciguando el cansancio y elevando nuevamente l

