Se hacen las cinco de la tarde y decido irme. Gracias a Dios Thomas no ha aparecido, porque la rabia sigue viva dentro de mí y aún podría cantarle sus tres verdades sin titubear… y sin sentir remordimiento. Empaco los libretos. No logré concentrarme en ninguno. Pasé horas imaginando distintas formas de asesinar a mi jefe y, sobre todo, fantaseando con cómo sería renunciar. Mi teléfono vibra en el bolsillo derecho. Cierro los ojos y le ruego al Señor que no sea Thomas. Respiro aliviada cuando veo que es un mensaje de mi mejor amiga, Diana, sobre su novio Andy. Ahora que lo pienso, es bastante gracioso cómo esos dos terminaron juntos. Diana acababa de terminar su internado de dos años en el Hospital Mercy y estaba más que lista para celebrarlo. Iba a pasar por mí cuando un auto la chocó

