Tenía miedo, pero no del común. Miedo de que no me aceptara en su familia y otra vez fuera la «desastrosa sin futuro». Marcos me quiso calmar. Pero esto no era cualquier cosa. Yo venía de una familia rota, de rodar por la vida casi sin rumbo por solo querer hacer música. Pero ya estaba grande para andar llorando sobre leche derramada, sobre el pasado. Sin embargo, sentía que algo me faltaba para abrirme por completo. No sabía qué, ni por qué si todo era… lindo. Él era tan bueno, maravilloso, un caballero que no solo me cogía como si se fuera a morir mañana, sino que me miraba distinto. Y cuando una no sabe qué hacer, lo primero es llamar a esa amiga. A esa loca mística con la panza enorme y el corazón también. —De verdad, discúlpame por llamarte a esta hora, Andrea. —No seas estúpida,

