Adriana despachaba pan y dulces tras el mostrador, mientras Isabel se ocupaba de la barra y servir en las mesas. Era una hora tranquila, ya pasados los desayunos, así que podía pensar mientras atendía. En los momentos de mayor estrés era imposible. Se le vino enseguida a la cabeza la confesión de su compañera de cómo había sido su primera vez, y eso le hizo pensar en la suya. El otro día, Isabel no insistió, pero la conocía bien para hacerse ilusiones al respecto: no cejaría hasta que ella no le contara también como fue la pérdida de su virginidad. Era demasiado cotilla para para dar por cerrado el asunto. Para ella, la confianza entre amigas consistía precisamente en cosas como esa, un toma y daca de confesiones mutuas a las que ambas estaban obligadas. Si yo te cuento, tú me cuentas…por

