Lena se despertó al amanecer con el corazón oprimido por el remordimiento. A su lado, Adrian dormía plácidamente. Lena lo observó en silencio por unos instantes; la luz tenue del nuevo día entraba por la ventana. Recordaba con dolor lo ocurrido la noche anterior. Con cuidado trató de incorporarse. —¡Adrian! —susurró con urgencia—. Mira la hora… ¡Ya llegamos tarde! Adrian parpadeó, medio aturdido. En la mesita, el reloj digital reflejaba las horas pasadas de lo habitual. Se levantó en un salto, dejando caer la sábana. Ambos se miraron en un instante de pánico, conscientes de que no había tiempo para nada más. —Maldita sea —murmuró él—. Tenemos que irnos ya. Sin perder un segundo, más que para ducharse y vestirse, Lena y Adrian salieron de la casa apresurados. No había tiempo ni para tom

