EVELINE
Tiemblo mientras miro mis manos, la sangre roja oscura pinta mi piel clara.
Yo no lo hice
Yo no lo hice
Abro los ojos de golpe y dejo escapar un suspiro tembloroso, acostumbrándome cada vez más a despertarme con imágenes tan horribles.
—Estás despierta—, me dice la voz sensual de Dante. —Justo a tiempo. Hemos llegado a la casa de la manada.
—Oh—, respondo, y sin querer, suelto una risa seca. Me aclaro la garganta y me recompongo.
Él se detiene y me mira.
—¿Si?— le pregunto.
—¿Pasa algo malo?— me pregunta dubitativamente, con preocupación en su voz.
—No. Solo un sueño sin sentido—, divago.
—No es eso—, murmura. Sin embargo, en menos de una fracción de segundo, vuelve a su estado impasible. Exhalo un suspiro que no sabía que había estado conteniendo.
Ambos salimos del coche y seguí a Dante. Al parecer, los demás habían llegado mucho antes. Dante tuvo que llevarme aparte porque se negaban a estar en el mismo espacio que yo. Como ya he dicho, se notaba que les caía bien.
Me di una palmadita en la cabeza para asegurarme de que todavía tenía la capucha puesta.
Mis ojos se abren de par en par y trato de contener la respiración al contemplar la majestuosa estructura. Ante mí se alzaba una impresionante mansión de estilo mediterráneo. Mansión era una palabra pequeña para describir lo que veía con mis propios ojos. Era un castillo al estilo de La Bella y la Bestia.
La oscuridad lo hacía aún más hermoso ya que las brillantes luces amarillas del interior de la casa brillaban a través de las ventanas.
Frente a la mansión había un gran jardín y en medio una preciosa fuente de mármol. No pude evitar pensar en empujar a Samantha hacia ella. Había algo en ella que me disgustaba más que los cuatro. Su aspecto de niña buena me molestaba. Parecía demasiado angelical y me inspiraba demasiada desconfianza.
La voz de Dante me distrae de mis pensamientos mientras dice lentamente y riendo:
—Alguien está disfrutando esto.
Mi corazón se calienta cuando mis ojos se posan en su rostro, su pecho erguido y su expresión llena de orgullo.
Sonrío y digo:
—Sólo estoy pensando en cuánto dinero ganaré después de robar todos los bienes y escapar.
Sus labios se curvan en una sonrisa burlona, con una mirada de suficiencia en su rostro.
—Qué bien me lo voy a pasar persiguiéndote y atrapándote, cariño.
—Pruébame.
—No creo que esto acabe muy bien—, añade antes de mirarme fijamente. —Entremos, ¿vale?
Como respuesta, simplemente asiento. Él abre las puertas gigantes y me lleva adentro.
Oh.
¿Cuánto dinero ganaría? ¡Caramba!
—Estoy dudando si debería preocuparme por tu expresión o no—, comenta Dante. —Te aseguro que vi signos de dólar en tus ojos.
—Me alegro de que ya me conozcas tan bien, Dante.
Me guía por los pasillos y me da un pequeño recorrido de media hora. Candelabros, lámparas y adornos brillaban. Resistí el impulso de alcanzarlos.
Los pisos estaban tan limpios que brillaban y podía verme reflejada en ellos. Me di cuenta de que el interior de la mansión era un clásico dorado y blanco. Nada mal.
Me quedé boquiabierta, sin vergüenza. Me fijé en el jarrón dorado de una de las mesas, que me llamaba y me atraía. Tomé nota mentalmente.
Entonces, de repente, Dante se detiene. Reacciono con demasiada lentitud y me estrello contra su espalda. Una oleada de placer me recorre al mismo tiempo que siento un hormigueo en la piel.
—Lo siento —murmuro. Me sube el calor a las mejillas.
Se ríe, al darse cuenta de mi dilema.
—Veo que eres un poco torpe.
Levanto una ceja y resoplé:
—No es mi culpa que te detuvieras tan abruptamente. ¿Por qué te detuviste de todos modos?
—Todos se han ido a descansar, pensé que nosotros también deberíamos hacerlo.
—¿Nosotros?—, pregunto, ruborizándome de nuevo mientras mi mente va en la dirección equivocada. Por suerte, sonrojarme no era mi fuerte, a diferencia de otras personas.
La misma sonrisa característica se dibuja en sus labios. Agarra el pomo de una puerta y la abre.
—Vamos, vamos. No te preocupes, no te meteré presión. Tienes tu habitación —asiente con la cabeza hacia la derecha, donde había otra puerta—. Y yo tengo la mía.
—Oh—, respondo brevemente y me froto la nuca.
—Estoy abierto a todo—, añade guiñándome un ojo.
—No, gracias—, miento mientras entro rápidamente en el dormitorio y cierro la puerta de un portazo.
Unos segundos después, oí cerrarse la puerta de su habitación. Dejé escapar un suspiro; mi cerebro por fin reconoció lo cansada que estaba.
Corro y salto a la cama, disfrutando de su comodidad. ¡Era lo mas rico que había probado! Me agacho bajo las sábanas y abrazo la almohada, cerrando los ojos para intentar dormir.
No tenía sentido.
No pude dormir a pesar del cansancio. Así duré una hora: cerrando los ojos, abriéndolos y mirando al techo.
El vestido era demasiado incómodo para dormir. Consideré desnudarme por completo, pero incluso para mí, eso me hacía sentir desnuda e incómoda.
—A la mi3rda con esto—, me susurro a mí misma.
Me quito las sábanas de encima y antes de darme cuenta, estaba mirando la puerta del dormitorio de Dante.
Golpeo rápidamente tres veces y giro la puerta para abrirla, sin importarme un comino.
Estaba cansada y quería volver al alivio que me daba la cama.
Mis ojos recorren toda la habitación, buscando a Dante.
Allí, en la cama, estaba Dante. Sin camisa. Las sábanas le cubrían la parte inferior del cuerpo. Mis ojos recorrieron su cuerpo de arriba abajo sin pudor. Cuento los abdominales de su torso. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho...
Oh no. Espero no haber estado babeando.
Levanto la vista hacia su rostro; sus ojos me perforan.
—Supongo que disfrutas de lo que ves.
—Ajá—, tartamudeé como una idiota. —Solo pienso en cuánto dinero ganaría si te vendiera en una subasta.
—¿En serio?—, se levanta las gafas con un dedo. Me quejo, también disfrutando de su look de novio. —¿Necesitas algo o estás pensando en la otra opción que te di?
—Ja, qué gracioso —dije con una risa fingida—. ¿Me harías el favor de darme ropa para dormir? El vestido es bastante incómodo.
—Lo que sea, princesa. El armario está a tu izquierda. Coge lo que quieras. Si quieres, la puerta del baño es la más cercana—, hace una pausa y sonríe con suficiencia. —A menos que quieras cambiarte delante de mí, claro.
—Estoy bien.— Abro el armario, cojo una camisa al azar y corro al baño.
Me puse la camiseta negra grande, contenta de haber llevado shorts de tenis debajo del vestido. Tiré el vestido de satén a la basura, sabiendo que no lo volvería a usar.
Salgo del baño y bostezo. El cansancio me golpeó más fuerte esta vez y me costaba mantener los ojos abiertos.
—Gracias—, le digo mientras, aturdida, me dirijo hacia la puerta.
—Buenas noches, Eveline —responde, pareciendo divertido.
—Buenas noches, Dante —murmuro.
Entonces salgo corriendo de su habitación, con la esperanza de no perder el cansancio antes de poder llegar a la cama.
Quería probar un poco de buen sueño que no había tenido en mucho tiempo.
Al llegar a la habitación, salté a la cama y me acomodé bajo las mantas. Cerré los ojos y caí en un sueño profundo y relajante.