El desayuno: segunda parte.

1936 Palabras
POV DE NIKOLAI Me quedo observándola por unos segundos. Debo convencerla de que se mude conmigo porque, de lo contrario, nada será creíble, y necesito que todos crean que tengo una esposa. —Le tengo un trabajo —sus ojos se conectan con los míos—. Le pagaré por ser mi esposa —suelta una carcajada. Miro alrededor y muchas personas la están observando. Me inclino hacia ella y pregunto: —¿Por qué se ríe? —agarra la taza del café y la lleva a sus labios; al retirarla, cubre su boca y se levanta. —Debo ir al baño —se va a toda prisa. Suspiro y recuesto la espalda en el espaldar de la silla, quedándome observando cómo parte. Cuando la pierdo de vista, continúo comiendo. Al rato regresa, se acomoda, y al hacer contacto con su mirada, vuelve a reír. —¿Tengo la cara de payaso? —inquiero con seguridad. Mientras asiente, continúa riendo. Para acabar con su risita estúpida, proclamo: —Nos vemos mañana para ponernos de acuerdo en lo que diremos el fin de semana —hago ademán de levantarme y me agarra la mano. —Espere, aún no hemos quedado de acuerdo en nada —enarco una ceja porque tal parece que la risita se le terminó. Me quedo sentado y digo: —Yo tengo todo bien claro. La presentaré a mi familia el fin de semana; esa misma noche se quedará en mi casa y durante un año viviremos juntos. ¿Usted no tiene claras las cosas aún? —Ya le dije que no iré a vivir con usted. —Y yo le estoy diciendo que sí lo hará porque firmó el contrato. —Pero usted no cumplió con su parte del trato, el cual era darme un trabajo. —Y se lo estoy dando, pero al parecer le causa gracia. —¿Habló en serio de pagarme por hacerme pasar por su esposa? —asiento—. Pero dijo que eso era por la deuda que tenía por rayarle el auto. Además, dijo no necesitar de los servicios de una esposa, por eso me reí, porque está muy necesitado de una esposa y lo niega. —Sí, pero por ser un buen esposo y saber que se encuentra desempleada y con una madre enferma, le pagaré la mitad del día y la otra cobraré lo que me debe. El día tiene 24 horas; cuando usted se mude a mi casa, se convertirá en mi esposa las 24 horas. Le pagaré las doce del día y las otras doce le descuento la deuda. —¿Por qué hace esto? Si quiere que lo ayude, tiene que contarme la verdad. —Se la contaré después de la fiesta de compromiso. Hasta mientras no haga preguntas porque no obtendrá respuesta. Ahora dígame, ¿acepta el trabajo? —Es que yo no soy actriz. No sé actuar. —Pues practique. Tiene tres días para hacerlo; el sábado debe actuar como una mujer enamorada, alguien que me ama con toda el alma, al igual que yo. Toda mi familia debe creer que en verdad estamos enamorados. Y también procure escribirme cosas bonitas, envíame mensajes de amor. —¿¡Por qué!? —Porque se supone que estamos enamorados. También realice muchas llamadas. —No tengo dinero para poner saldo y desperdiciarlo en usted —sonrío en mis adentros porque esta mujer es perfecta. No es el tipo de mojigata que fanfarronea lo que no tiene; ella va sin parar diciendo lo que tiene y lo que no tiene. —Acreditaré saldo a su móvil, pero lo usará para llamarme a mí. —No puede controlar mis llamadas, señor Harris. Es mi móvil, y de él llamo a quien quiera —nos retamos con la mirada—. ¿Qué? Si no le parece, no ponga ningún saldo y no espere recibir llamadas de mi parte porque la verdad es que no tengo nada que hablar con usted. —Hay mucho de qué hablar, señorita Miller, así que procure llamarme unas cinco veces al día —vuelve a reír. —Definitivamente está loco —dice aún riendo—. Solo una persona en ese estado pagaría para que lo llamen y le envíen mensajes de amor —deja de reír y suspira—. Dígame, señor Harris, ¿sufre de falta de afecto? ¿Usted nunca ha recibido amor, por eso quiere comprarlo? —Dejémoslo así —digo y me levanto, pero antes de marcharme me inclino y le hago saber—. Es mejor que empiece a enviarme mensajes porque, de lo contrario, finalizaré el contrato y la encerraré en prisión —dicho eso, me enderezo. —¿Me está amenazando? —se levanta y murmura con enojo—. Creo que aquí hay alguien que perdería más que yo si anula ese contrato. —¿Eso cree? —me acerco y, mirándole a los ojos, proclamo—. Tengo el dinero suficiente como para comprarme otra esposa; no tengo duda de que la encontraré en cualquier parte —me atrevo a deslizar la mano por su cabello, y de inmediato me la quita. —A diferencia de usted, que no podrá librarse de ir a prisión —le guiño un ojo—. Es mejor que empiece a comportarse como una esposa amorosa, porque su trabajo empieza desde hoy —se cruza de brazos y se acerca más a mí. Sin desconectar la mirada, musita: —Es mejor que deje de amenazarme, señor Harris, porque carezco de tolerancia, y si usted continúa amedrentándome, no conseguirá nada. Acepte que necesita mi ayuda y empiece a comportarse como un esposo comprensivo —lleva su mano a la parte izquierda de mi pecho y sacude la tela del esmoquin; seguido, inclina su rostro más al mío, dejando sus labios muy cerca de mi oído. —Por las buenas soy muy dulce, pero por las malas no querrá conocerme —dicho eso, pasa golpeando mi hombro. Suelto el aire retenido y, girándome un poco, la observo marcharse. Luego paso la mano por la boca y mentón, suelto un suspiro y me dirijo a cancelar. —Que la factura salga fuera del país —todos creen que estoy en Europa. —Exactamente. ¿Dónde, señor Harris? —España —el empleado asiente. Agradezco y salgo. Al introducirme, llamo a la operadora para que se acredite un plan ilimitado en el número de Vivianne Miller. Una vez que se ha acreditado, la llamo. Mi primera llamada es ignorada; la segunda es contestada, pero tal parece que se ha encerrado en el baño por el eco que se escucha. —¿Por qué se esconde para hablar conmigo? ¿Está casada? —pregunto por molestar, ya que hice una investigación profunda sobre ella y sé que no tiene novio, menos esposo. —¿Por qué me llama usted? —Soy su esposo, puedo llamarla cuando quiera —suspira grueso. —Tenemos que poner horarios para hablar, señor Harris. —¿Horario? Los esposos no usan horarios para hablar; ellos hablan en cualquier momento, más si están recién casados —puedo imaginarme cómo está rodando los ojos. —Esos son los esposos de verdad, los cuales están enamorados y se comunican para expresar lo que sienten. Usted y yo no somos ni el 1% de una pareja real. —Qué bueno que lo tiene claro, señorita Miller. —Yo lo tengo claro desde el día uno, no como otros que quieren que les envíen mensajes de amor y les realicen llamadas como si estuvieran necesitados de eso. ¿Por qué mejor no se busca una novia real y así recibiría mensajes amorosos a diario de esa persona y a mí me deja en paz? —Porque quiero que sea usted quien me los envíe —vuelve a suspirar grueso—. ¿No puede hacerlo? —se queda en silencio—. Espero sus mensajes, señorita Miller, incluso sus llamadas —cierro el teléfono y sonrío. Creo que esta noche pasaré muy entretenido hablando con la señorita Miller. Llego al penthouse y coloco el maletín en el enser cerca de la puerta. Camino hasta la sala y voy retirando la corbata; la acomodo sobre la cabecera del mueble y me siento en este. Enciendo la televisión y busco un programa que me entretenga. Mi móvil suena y abro la llamada dejándolo en altavoz. —Nik —es mi hermana—. ¿Cómo estás? Me dijeron que habías viajado a España, ¿es cierto? —Sí, necesito tomarme unos días; si preguntan por mí, dile que no sabes dónde estoy. —Ok. Me parece bien que te alejes para que analices bien las cosas… —Nos vemos, Bere, me está entrando una llamada —cierro la llamada de Berenice y contesto la de Vivianne. Apenas pasa un segundo y me corta. Vuelve a llamarme y hace lo mismo. ¿Pero qué coño? Pasa toda la tarde timbrándome y cortando. Fastidiado de sus timbrazos, le envío un mensaje: “¿Quién dijo que quiero timbrazos?” “Usted me dijo que le llame muchas veces al día y eso es lo que estoy haciendo”, responde. “Cuando me refería a que me llame no era solo a timbrar y cortar. Necesito que hablemos por largo tiempo, que se yo, minutos, horas, no segundos”, le envío. Recibo caritas riendo. “¿Y usted cree que yo soportaré hablar más de media hora con alguien que no conozco? Pues no, señor Harris; a mucho podría hablar cinco segundos”. “Dice que no puede hablar con quien no conoce, entonces conozcámonos, señorita Miller”, envío ese mensaje y hago unos cambios de fechas y hora. Seguido vuelvo a enviarle otro mensaje: “Hola, mucho gusto, soy Nikolai Harris. ¿Me recuerda?” Sí, sé que parezco un loco, pero todo esto es necesario. Sé que será muy, pero muy necesario tener llamadas y mensajes de mi esposa. “Obvio que lo recuerdo; ¿cómo podría olvidarme del hombre de ojos celestes que con solo mirar deja babeando a todas?” sonrío y suspiro. “Nadie podría olvidarse de un hombre tan… bien estructurado”. “Yo tampoco me he olvidado de aquella imprudente mujer que, con solo un rayón, me robó el corazón”. Recibo un emoji de un muñeco riendo en el suelo, seguido de otro mensaje. “Tan lindo”, un par de corazones al finalizar. Continuamos chateando y enviándonos mensajes como si recién nos estuviéramos conociendo. Ella dice que no sabe actuar, pero para los mensajes que me envía, creo que actúa muy bien. En varias horas logré saber muchas cosas que no se encontraban en la información que había conseguido de ella, y era lógico que no las hubiera, ya que son cosas que solo ella podría saber, como sus gustos y más. Después de recibir el último mensaje, me quedo con el celular sobre la barriga y con la mirada posada en el espejo del tejado. Observo fijamente a ese hombre y me siento orgulloso de él, como ella un día lo hubiera estado de mí. Otro mensaje llega; cuando deslizo la pantalla y veo de quién es, dejo el celular a un lado y me levanto. Voy al baño y me preparo para meterme a la cama. Una vez ahí, cierro los ojos y me entrego al sueño donde aparece ella. Cada vez que la veo mientras duermo, no quiero despertar; quisiera quedarme así por siempre, pero ella no me quiere aún a su lado.
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