Alguno que otro verso escrito en prosa

2151 Palabras
La música siempre puede sonar mejor, esto lo descubrí para luego seguir haciéndolo manía: nada más placentero que hundir con los dedos los auriculares dentro de mis oídos y sentir los sonidos musicales en su mayor esplendor bailar dentro de mi cabeza; algo así como saborear de manera auditiva un manjar exquisito creado para los mismísimos dioses, definitivamente la música es la versión sonora de tu comida predilecta, aquella que te llena, que te sacia por completo, la que acaba con la inanición, mientras que te regocija cuando necesitas amparo o te invita a danzar cuando rebozas de alegría. Ya habrán notado cuanto disfruto escuchar. Han transcurrido veintitrés años desde aquella tarde otoñal que mientras la brisa arrancaba la hojarasca seca que posteriormente crujiría al ser pisada por algún transeúnte, mi madre daba a luz a la única hija que pudo tener, después de mí, su matriz no pudo concebir, la hice puré y siempre me sentí culpable por ello, eso y añadiendo el legado en mi sangre de un padre que jamás conocí; el síndrome de Von Willebrand acompañándome desde pequeña, seguramente hacían la carga de ella más pesada, aunque no lo admitiera. De mi tiempo existencial recuerdo dos décadas, mi memoria a largo plazo no me suena tan lejana, desde siempre mi mamá procuraba en mis cuidados, protegiéndome a toda costa de posibles lesiones, dado a mi enfermedad, evitaba en una entendible forma sobreprotectora que sangrara por cualquier motivo, y conociendo de antemano lo alarmante que resulta ser el esparcimiento masivo del líquido vital, una mínima abertura en mi piel requería sutura inmediata para detener la hemorragia instantánea. Recuerdo que me hice lectora consagrada, además de ser una actividad de poco riesgo físico, resultaba ser reconfortante, vivir experiencias distintas solo con abrir la tapa de esos rectangulares mundos de papel. El amor por leer crecía a medida que se alargaba mi sistema óseo. Recuerdo un manuscrito que caló en mi pensar, se trataba de “El rastro de tu sangre en la nieve”, del escritor colombiano Gabriel García Márquez, lo sentí tan personal, tal vez a la predisposición en la que me encontraba al padecer aquella enfermedad que no podía ni pronunciar o puede que mi naturaleza romántica descubriera sus primeros indicios, no puedo asegurarlo, pero de lo que si estoy segura es que esas hojas las devoré en una sola sentada, pensando y rogando porque aquella fatalidad que narraba el nobel de literatura no me sucediera jamás. Retrocediendo años atrás, todavía me acuerdo del primer día de escuela, apenas con cuatro años, no discierno detalles, pero si un ligero sonido de tizas rechinando en un pizarrón verde esmeralda, parece como si lo oyera de nuevo, justo ahí, sentada en una mesa redonda acompañada de dos niños, ambos del género opuesto al otro; el varón lloraba, daba alaridos cuando vio a su madre marcharse, mientras la niña tenía los ojos abiertos como platos, escudriñando con la mirada y el cuerpo inmóvil, inhalando con presura, intentaba contener el llanto, pensé que explotaría en cualquier momento, pero nunca lo hizo, ya imaginaba el hilarante estropicio derredor de sus sollozos . Tiempo después las cosas no cambiaron mucho, sólo los huesos se estiraron y salieron algunos granos en el rostro, ¡bendita pubertad! otras por su parte crecieron, aunque no como imaginaba, pero evidentemente ya no era una niña de aspecto toscamente plano, sin embargo, seguía custodiada bajo la mirada previsoria de mi madre, quizá en ese momento no lo entendía del todo, mi infantil raciocinio no discernía aquella casi que omnipresencia maternal, pero como siempre el padre tiempo le daría la razón a aquella abrumadora protección. Me disponía a leer un libro cuyo tema principal era el erotismo, estaba ojeando ya la décima página, cuando una idea se acurrucó en mis oídos; crear un usuario en una aplicación de citas, para salir con alguien ya que las hormonas juveniles estaban algo acaloradas, ahora aquella acción me suena estúpida y no por prejuicio, sino por la voracidad que ahora percibo tan lejana, y patéticamente frívola. En ese entonces lo era, miraba la vida por sus características evidentes, lo notorio, esa capa externa compuesta por máscaras de carne, sin siquiera dimensionar en la posibilidad de atisbos negativos me aventuré a navegar sobre aguas desconocidas que aparentan calma para salvaguardar cualquier sospecha sobre las enfurecidas corrientes que revientan en sus entrañas. — ¿Qué haces? — El silencio de mis pensamientos se vio interrumpido por la llegada casi que fantasmal de mi madre. — Meditando un poco para variar. — me apresuré a responderle. — sabes que me va la onda expansiva del descubrimiento interior. — Lo sé, Celeste. — me miró con ese brillo dulzón característico del par de ónix incrustados en sus cuencas. — te parí, mi pedazo de cielo, ¿lo recuerdas? — Ya sé y te amo no solo por abrirte a la mitad para traer al mundo a una niña tan problemática. — le sonreí. — Ya vas, nunca serás un problema, desde que supe de tu existencia dentro supe de la veracidad de los milagros.¬ —Noté un destello más claro en aquellos ojos negros, que ya de por si encandilaban, se aguaron e intentaban no dejar escapar alguna gota del mar dentro de ellos. — A dormir. —sentenció. Después de darme el habitual beso en la frente de buenas noches, regresó a su habitación, me hice la somnolienta para que no sospechara que otra vez iba a pasar horas en el celular hasta llegar el alba. Deje pasar algunos minutos cuando volví a mis andanzas y abrí el navegador para descargar la app más popular de la web, acto seguido me di tope con más de un “usual”, personas desesperadas demostrando en primera instancia sus intenciones, casi que desisto de continuar cuando lo descubrí: Jake, un guapo cuya cabellera enmarañada parecía ocultar su ojo derecho, esto contrario de ser perturbador le otorgaba un toque misterioso, además que su perfil describía a un lector empedernido, amante de los animales, ¿Qué más podría pedir? Coincidimos y decidí aceptar una primera cita. Pasaron varias semanas, pues a pesar de mi obvia desesperación por apresar al chico, no quería ser demasiado evidente, digo, ya estaba en búsqueda y captura, como le decía a la aplicación, tampoco quería llevar una pancarta encima de mi como una nube sobre la cabeza del sol, con una leyenda que rezase: “en oferta”, tampoco hasta allá iba mi desespero. Concordamos vernos un sábado, ese día quedamos localizarnos en un centro comercial, irrecusablemente yo elegí un apacible lugar público para encontrarme con el extraño que conocí en internet. Esperé casi media hora, o menos, estaba muy, pero muy nerviosa como para advertir horario o tiempo. Cuando llegó era exactamente como mostraba en su currículum, hasta se veía más radiante, o no sé si era mera impresión, ya que era novata en cuestión de citas a ciegas, aunque esta no precisamente era a ciegas, más bien una cita miope, porque nos habíamos visto por fotos, pero en ocasiones la fotogenia resulta ser retocada, gracias al cielo este no era el caso, no distaba mucho de las fotos, lógicamente no era exacto, pero si era lindo, con la misma edad y atributos fotográficos, al menos no estaba frente a un timador cibernético. Cuando llegó a la fuente donde me senté, parecía estar dichoso de verme, sonrió y descubrí unos hoyuelos hundirse en sus mejillas, nunca había presenciado aquella particularidad tan preciosa en otro ser humano, no sabía que poseía esa encantadora característica, puesto que siempre salía con gestos serios en las imágenes que previamente me había enviado, esa fue la cereza del pastel para endulzarme aún más aquel extraño sujeto de hermosas facciones. —Tu nombre no te hace justicia.¬— exclamó él, dejando ver una perfecta sonrisa asomarse en la abertura de sus finos y rosados labios. — ¿Ah? —refunfuñé. Estaba sorprendida y a la vez recordando el seudónimo con el que me bauticé en la aplicación. — Ángel, digo. —prosiguió— pues sí, los ángeles son divinamente hermosos, pero tú vas más allá de la jerarquía angelical, yo diría que tu belleza se posiciona en un trono mucho mayor, una ninfa, una diosa o quizá una musa. — Seguro es la catedra que le dices a todas. — sonreí. — déjame aclararte que no necesitas labia para lograr un beso de mis labios. — una carcajada escapó de mi boca. — ¡Oh! No esperaba tanta honestidad en una primera cita derivada de esa red social, y aunque es agradable saberlo, lo expuesto ha sido planteado con sinceridad, me he llevado una grata sorpresa en la noche donde la luna parece iluminar más de lo habitual, sin embargo no se acerca al fulgor endiablado de tus pupilas. — exclamó. — ¡Guau! Me transformaste de ángel a demonio en un solo párrafo. — declaré riendo con más amplitud. — Una perfecta combinación de ambos. —sonrió abollando nuevamente esos hoyuelos en su cincelado rostro. — vamos. Me tomó por la cintura con sutileza, pero ese diminuto roce de sus varoniles manos derredor de ella, fue suficiente para que mi cara palideciera y acto seguido ruborizara, la vergüenza se apoderó de mis mejillas, calentándolas, no pude hacer más sino bajar la mirada, cuando finalmente una sonrisa salió como un rehén que logra liberarse de su secuestrador. Realmente estaba feliz. Fue una cita cliché, de esas de malteada, hamburguesa y cine, más de una vez sus labios rozaron los míos, esa sensación sedosa y frutal hizo de una noche extraordinaria, mágica. Al finalizar quiso llevarme a casa en su Volkswagen “tipo 1”, me divirtió ir en un auto parecido a un escarabajo, nada mejor para cerrar la noche. En el recorrido sentí un poco de calor, ya que el vehículo no disponía de sistema de aire acondicionado, le pedí levantar la ventanilla, a lo que él se opuso, fue raro y eso fue lo último que vi, sus rutilantes ojos negros, antes de caer rendida. Desperté, pero no veía nada, como si los ojos aún estuvieran observando el Eigengrau, pero esta vez no buscaba el paisaje dentro de ellos como casi siempre intentaba antes de despertar cada mañana, pero no, estaban bien abiertos, solo que una especie de tela oscura recubría mi cara, además que tenía las manos atadas a los brazos de una silla, al igual que mi cintura a su espaldar y mis pies a sus patas. Ahí lo supe, Jake me había secuestrado. — Hola mi Ángel. —Por fin lo escuché, pero estaba tan perpleja que no pude emitir sonido alguno. —Se te da muy bien lo virtual, te gusta lo electrónico. — Siguió diciendo, una lágrima se deslizaba por mi mejilla izquierda, mientras seguía oyendo aquel recital tétrico de la bestia que hace menos de una hora parecía haber sido un príncipe sacado de un cuento de hadas. —Tengo una sorpresa para ti, como te fascina pavonearte a través de internet con tus fotitos subidas de tono en busca del “amor de tu vida”, te brindaré generosamente la oportunidad de lucirte, serás la estrella de un vídeo viral. ¿Qué te parece? —manifestó. Debo admitir que una brisa helada colisionó contra mi espalda, algo además de la obviedad de que aquella no era una cita normal, sus palabras detonaron cierto aire de anti naturalismo, el entorno casi silente excepto por la voz de ese hombre, indicaba que era un lugar inhóspito, sellado desde adentro para impedir la fuga de ruidos hacia el exterior, en ese punto me temí lo peor; trata de blancas o peor aún; de órganos, estaba demasiado asustada y sin poder ver donde me había metido aquel extraño, si, un completo extraño que dibujaba en su rostro una sonrisa gentil para engatusar a su presa. Era una tonta, siempre dándomelas de la precavida y caí en una telaraña bañada de miel. Ya no había tiempo de pensar en ello, debía actuar y para eso era necesario agudizar el oído, ya que aquel trapo me denegaba el acceso a la visión. Después de vociferar esa serie de agravios, el tipo se calló, pero el silencio podía delatar más de lo que a él se le pudiera escapar, me mantuve atenta ante cualquier sonido, por diminuto que fuera, capté un charrasqueado de dedos, supongo que los suyos, luego mencionó un nombre de mujer que no era el mío, no recuerdo exactamente pero parecía extranjero, después el bullicioso ocasionado por las piezas de metal cayendo sobre la superficie de madera de una mesa, acto seguido sentí un punzón en la parte baja del hombro, no me dolía mucho, pero en pocos segundos empapo mi blusa, sentía que mi propia sangre me bañaba la.parte superior, después de eso no logré oír nada más.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR