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2877 Palabras
(Los ojos de Salomón) La transmisión tomaba su curso, como todos los episodios nocturnos del martes después de la medianoche, me encontraba navegando dentro de la página elaborada para cumplir a cabalidad algunos de los deseos carnales más primarios, la chica era preciosa y mucho más que dispuesta a hacer realidad las infinitas fantasías de seres que al igual que yo buscaban de manera remota la satisfacción que en la cercanía cotidiana no podríamos obtener, yo no era precisamente un hombre guapo, siempre había sido el nerd de la clase, el perdedor por no tener citas, y aunque no era el típico gordo al cual le hacen matoneo por su estado físico, tampoco era un Adonis, mi cara había recibido el acné para nunca más dejarle ir, las secuelas en ella eran tapadas por las incontables pecas que al igual que los luceros en el cielo, adornaban mi rostro, mi cabello rojo por naturaleza me dieron el apodo de boli queso, por el tono anaranjado que pareciera llevara en mi cuerpo de un solo brochazo, ninguna chica en la escuela quería salir conmigo, el rechazo por parte del género femenino fue constante, inclusive después de dejar el colegio el inicio de la universidad fue peor, pero no me afligía, sabía perfectamente como utilizar una computadora y encontrar lo que quisiera tener, dependiendo de mi necesidad, fue entonces cuando descubrí el maravilloso mundo de las modelos de cámara web. Estrella de la mañana, como se hacía llamar de manera seudónima, obviamente, por un no muy módico precio se contoneaba para la excitación de los ciento ochenta usuarios conectados cuya única finalidad era deleitarse con sus movimientos para acabar desparramando semen en sus propias manos y luego limpiar con la servilleta provista con anticipación, como no saberlo si también ese era mi ritual, claro está no sin antes acariciar el mazo con una sutil crema cuya fragancia floral acondicionaba el ambiente como si de feromonas se tratara. Todos disfrutaban, eso sí, mientras donaban a la causa de la muchacha, yo era de los que veía de a gratis, gozaba de los shows públicos, no gastaría un solo centavo en ninguna de esas mujeres que virtualmente proveen de sexo a los desesperados como yo, aunque me extasiaba la pornografía y las modelos de cámara web, mi mayor adicción era ver la decadencia de la vida, el terror infundido y el torturante destino de algunas incautas victimas reproducidos en internet, a través de sitios minuciosamente ocultos y de difícil acceso, apropiados por personas que mediante la reserva llevan a cabo sus actos de ilegalidad. Martirios ajenos mostrados en la pantalla en tiempo real. Un desarrollador de contenido captaba mi atención, y al igual que mi amada Estrella, también montaba sus videos en tiempo real los martes, de este sujeto me gustaba de sobremanera el material que mostraba, involucraba siempre mujeres de menos de treinta años, jóvenes que por alguna razón terminan marcadas como las estelares principales de un espectáculo del que jamás querrían participar ni llegarían a imaginar en sus peores pesadillas. Usamos máscaras confeccionadas a la modalidad que requiramos, la mayoría de veces para esconder ese particular aspecto que horrorizaría a muchos, somos lo que los demás quieren que seamos, dejando oculto eso que no es tan bonito para mostrar en público pero que nos regodeamos en privado, y es que no todos los armarios están disponibles para resguardar orientaciones de índole s****l, algunos aguardan perturbaciones ilimitadas de la mente humana, pasando por aberraciones, y hasta los atentados más abominables contra la integridad de otras personas, no todos los monstruos están debajo de la cama, unos que otros duermen encima de ella y viven a la luz del sol una vida común ante la mirada ajena, pero en la intimidad de las sombras dan rienda suelta a sus más inconfesables enajenaciones, y estamos los demás que solo nos gusta mirar. El tipo era una especie de creador de contenido de la web profunda, gozaba de gran renombre dentro del gremio, a pesar que todos los que orquestaban ese tipo de material eran personajes anónimos, pero igual de infames. Tártaro como se bautizó en la red este hombre, debía su nombre a la parte más tormentosa e insondable del infierno y es que similar al Tártaro del Averno, este sujeto ocasionaba un inconcebible sufrimiento a sus víctimas que no precisamente se encontraban en las entrañas del inframundo. Él no parecía tener cuarenta años, se veía por encima de la careta que utilizaba para tapar su rostro, contar con un poco menos de treinta y cinco, relativamente joven, sus colegas eran personas más adultas, señores de avanzada edad con un pasatiempo poco convencional; infringir dolor y propagarlo al mundo virtual, demostrar su ignominia en la humanidad de un inocente. Tártaro cuyo caucásico color de piel se asomaba en la poca que dejaba ver en sus manos y cuello, lucía una melena azabache aceitosa cayéndole en forma de cascada por los hombros, supongo que su apariencia físicamente era un punto clave a la hora de atraer y presuntamente conquistar el corazón de sus futuras mártires, lo que se notaba por encima de toda esa parafernalia que empleaba para conservar su anonimato era que suponía tener la pinta adecuada para solapar a estas incautas criaturas y llevarlas a su guarida, posterior practicar los vejámenes más viles fraguados en su imaginación. Increíblemente la sagacidad del hombre me inspiraba, puesto es sugerente la virtuosidad con que se manejaba para convencer a esas mujeres que evidentemente nunca antes lo habían visto, a salir a su complacencia. Pretendí imitar el modus operandi del sujeto, pero cabe recalcar que no para la finalidad con que él lo ejecutaba, lo mío era primario: sostener interacción privada con una fémina dispuesta, mi obsesión por descubrir los métodos del tipo había llegado lejos, tanto que empecé a grabar y almacenar en dispositivos, para luego volver a mirar todo el proceso operativo del hombre en cuestión, mi intento por llevarlo a la realidad fue fallido, palpablemente no disponía del aura envolvente, ni de ninguna clase de poder adquisitivo en su lugar, mi personalidad tímida y tosca no ayudaba en lo absoluto, mientras mis movimiento torpes lo estropeaban aún más. Todo un fiasco para las relaciones interpersonales, decidí dejar de insistir al igual que una epopeya muerta sin un poeta al que acudir. Me limitaría solamente a contemplar la desventura de aquellas almas cuyo frasco prismático se desplomaría en el suelo a consecuencia del último vaho suspirado sobre el mismo, esparciendo por todo el lugar las ínfimas e infinitas partículas de existencia. Algo tan íntimo como la vida derramándose a borbotones sobre la alfombra de un desconocido es la mayor infamia de los crímenes. Ese martes noté que mi suministro de botanas y mecatos había escaseado, debía ir a abastecerme, la noche prometía, era el día en el cual Tártaro emitía y era menester contar con la provisión a tope, y así sin bañarme siquiera salí disparado como bala al supermercado que me quedaba cerca; el del centro comercial, sería un desperdicio gastar más tiempo en ir al otro punto de la ciudad, sólo para no navegar en el río incesante de personas, además el tiempo avanzaba y ya siendo casi de noche, en cualquier momento empezaría a transmitir en vivo el chico. Como me lo esperaba el lugar estaba repleto, la gente iba y venía, parecido a la formación lineal de hormigas que se agrupan en tiempo de lluvia para advertir de la precipitación pluvial (al menos eso me decía mi abuela), todos llevando a cuestas sus necesidades, sus historias, sus pecados, algunos comunes, otros más macabros. Cruzando por la gradería predispuesta en la parte posterior del establecimiento a solicitud de la comunidad para eventos gratuitos, lo vislumbré en medio de los chorros de agua que, dentro de la fuente central danzaban con su particular forma de hilos de hidrógeno. Estaba acompañado por una mujer cuyo espíritu jovial y semblante esbozado de frescura, relataba una edad no muy avanzada de la mayoría. Verlo allí en persona fue emocionante, como cuando ves a una estrella de televisión en áreas comunes, pero a sabiendas de sus acciones, no sería buena idea hacer alarde de mi admiración. Lo seguía observando con sigilo, pero con la precaución de no ser notado, pasar desapercibido era vital en aquella situación, me era inimaginable concebir que me sucedería si aquel individuo se percatara de mis furtivas miradas vigilantes. No transcurrió mucho tiempo cuando se dispusieron a marcharse, obviamente por cuenta del sujeto, más allá de la motivación que discernía el rostro de la muchacha o los gestos sugerentes de ambos, el siempre dueño de la palabra final era él, quien proponía, quien propiciaba de una forma tan serena que era descabellado siquiera pensar que conducía un viaje sin retorno a una injustificable inquisición para terminar con el veredicto inevitable de una ejecución prematura. De prisa introduje mi pie derecho en el acelerador, aquello se transformó en una persecución donde el perseguido no se daba por notificado, como un jugador de esgrima al que su oponente le había hecho touché, sin ser aparentemente notorio como para percatarse de la derrota, pero no estábamos en un cuadrilátero, y esa lucha la enfrentamos con disimulo en sillas de ruedas, porque a eso nos reducen los vehículos, los aparatos de locomoción nos hacen ser sólo hombres sentados que se rehúsan a ejercitar las piernas, delegando la funcionalidad de estas dos a las cuatro llantas. Llegando al destino se apresuró Tártaro sacar a su copiloto, la cargó encima suyo, como era de suponer la había noqueado con escopolamina o alguna droga similar, la joven carecía de todos los sentidos, hallándose ahora suspendida en los brazos de su verdugo, seguramente buscando salvación encontró en aquel abrazo su condena, la escena aunque asimilaba la cándida princesa descansando sus sueños sobre la fuerza de su amado, el trasfondo discernía entre lo dantesco, la horrorosa representación de una crédula inocencia siendo destruida por la crueldad desproporcionada de otro ser humano cuyo tinte indeleble de monstruosidad mancharía para siempre su candor. Apenas se introdujo a la casa, que, por la lejanía y ausencia de vecinos próximos, supuse que allí efectuaba aquellas atrocidades que emitía por internet, la locación situada entre el espesor de hierba alta y maleza confabulaba a favor de la clandestinidad que requería el sujeto. Esperé un tiempo prudente para ingresar en su morada, asumiendo que dejaría alguna puerta abierta, como era de esperarse obviamente bloquearía cualquier entrada detrás suyo, el tipo era un “profesional” en su arte visual macabro, no creo que sería de dejar cabos sueltos tan básicos como la simple admisión de la casa, pero igual yo no me daría por vencido sin antes librar la batalla, mi obsesión estaba en frente mío y estando ya allí, una puerta no impediría mi ingreso, como sea me las apañaría para traspasar el averno y conocer su funcionalidad en el interior de sus fauces, como el fuego que todo lo devora, mi intención era saber de buena tinta el origen de la vastedad de sus llamas. El portón estaba cerrado como lo imaginaba, pero siendo un hombre precavido, llevaba dentro del bolsillo mis clips de la buena suerte, rápidamente desenrollé uno hasta que quedara completamente lineal con una leve curvatura en el medio, dándole la forma de una pequeña llave de tensión, mientras el otro lo estiré hasta alinearlo todo, menos las dos primeras curvas, para en la punta hacer una especie de ganzúa, lo siguiente fue emparejarlos los dos, cosa que mancomunadamente ejercieran la suficiente presión en la parte inferior del ojo de la cerradura y esta cediera. Obteniendo el resultado positivo, accedí de puntillas y en total silencio, intentando hacer el menor ruido posible, contenía en segmentos la respiración, con los glóbulos oculares abiertos de par en par escaneaba el sitio en su mayor totalidad posible. Las cortinas danzando al viento de una habitación me invitaban a adentrarme, echando un vistazo previo alrededor incursione dentro de ella, todo lucía limpio, pulcro con un intenso olor a desinfectante y cloro combinado con esfínteres humanos, fue en ese entonces que percate que una silueta femenina yacía extendida en la cama que centraba el aposento, tan inmóvil que parecía impalpable, presumí que debía ser la víctima anterior, pues algo que tenía Tártaro era su manía por embalsamar a aquellas mujeres que mataba. A sabiendas de mi estadía polizona, procuré no indagar, y quitando mi mirada de la occisa, divisé que justo en frente suyo una especie de ventana de cristal miraba hacia la habitación contigua, pero el material que la conformaba no era precisamente rosetón, se trataba de uno de esos espejos que utilizan en las estaciones policíacas para realización de interrogatorio, pero, ¿Qué sentido tenía ponerlo en la habitación donde tiraba los restos de sus víctimas?, aquel acto reflejaba aún más extrañeza cuando volví a ojear la figura radicada en la cama de forma inmaculada, colocada allí con tanta sutileza que parecía ovacionada más que sacrificada, tan glorificada que hasta la mismísima muerte sentiría ternura. Desatornillé todos esos pensamientos que se enroscaban en mi cabeza, detuve de seguir indagando sobre la rara virtuosidad del cadáver adyacente a mí y proseguí a nuevamente ver por el espejo espía, lo que se vendría resultaba ser lo esperado, justamente de frente y sin verme se mantenía erguido Tártaro, de pie junto a una mesa repleta de utensilios, no se lograba discernir entre ellos, pero sí que el sujeto preparaba alguna clase de ritual, clasificándolos uno a uno, mientras que detrás suyo y sentada en una silla, atada a las manos y patas de ésta, se encontraba la joven del centro comercial, con la cara encubierta por una bolsa de tela, notándose que se le dificultaba respirar por debajo de la misma, a su lado reposaba una elegante silla savonarola, seguramente para que el descanso del verdugo no estuviera muy lejos de la víctima. El panorama sugería un aire a la cámara de gas impuesta por los nazis, con la perpetración de las torturas más viles como su finalidad única, pero no estábamos en Dachau ni ningún otro campo de concentración, el episodio se develaba a una pared de distancia y en ese mismísimo momento. Tártaro agarró de la improvisada mesa una jeringa cuya solución introdujo en el brazo de la muchacha, luego tomó otra e hizo el mismo proceso, lo mismo haría con una tercera, me pareció extremadamente raro, pues que le inyectara una vez algún alucinógeno o veneno era de esperarse, ¿pero tres?, algo descabellado, inclusive para alguien con un nivel de sadismo tan elevado como el suyo. Desde mi perspectiva no podía verificar la reacción de la mujer, puesto que él la tapaba con su cuerpo, medio le pude ver los pies y los burdos movimientos que propinaban intentando quizá patear a su agresor, no pasaría mucho tiempo para que se detuvieran, asimilé que el líquido habría hecho efecto y la desmayó de nueva vuelta, lo que no podía deducir era la misión de las otras dos ampollas, por más que lo pensaba no llegaba a ninguna conjetura y tal vez fue mejor no conocer el real significado de dichas administraciones. Paso después, Tártaro volvió al mesón y asió de allí un serrucho, dirigiéndose a la muchacha ya inmóvil, desató uno de sus brazos, éste cayó balanceándose en el aire, él lo atrapó y desde la altura del hombro de la chica comenzó a mover el serrucho con una fuerza descomunal, hasta que la herramienta quedó atrancada en el hueso, sacándolo de tajo con evidente furia, se desplazó hacia la mesa en donde cogió dos instrumentos, poniéndose de frente a ella, introdujo un cincel de ancho grosor, golpeándolo con un mazo de hierro, el impulso fue tanto que el brazo quedó guindando por pequeñas tiras de piel, para finalmente caer al piso. Hizo lo mismo con el resto de las extremidades, me sorprendió que esa mujer soportara semejante dolor sin musitar un vocablo, era de dos cosas: su umbral del dolor era demasiado resistente o el contenido de lo que le había aplicado el tipo la dejó tan inconsciente muy al estilo de la anestesia general. Estando ahora sin piernas ni brazos, la abrió en canal con un escalpelo, rompiendo una a una sus costillas con una hachuela de cocina, para luego extraer los órganos resguardados en el interior de la armadura ósea con sus manos impolutas debajo de los guantes de cirugía. La carnicería no acababa, pues como acto final decapitó a la desdichada, la sangre se desparramaba por el asiento y la muchacha de la cual provenía, dando la impresión de ser una cascada escarlata con tonalidades negruzcas, la bolsa en su rostro cambio de color café a rojo en cuestión de segundos, mientras el daba la espalda al horror que había inducido, regresó al mesón a buscar algo, ¿Qué más iba a hacer? ¿iría a configurar la cámara, la cual nunca vi?, alargué el cuello como una tortuga que desea comer verdolaga de la ramita más alta de la planta, esto con la firme intención de mirar que escudriñaba el sujeto, cuando de repente un golpe azotó mi cabeza por detrás, perdiendo así el conocimiento para nunca más recobrarlo.
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