—¡Papi! ¡papi! —gritan los niños, sacándonos del trance en que ambos estábamos.
Mi suerte era una mierda, y yo que pensaba que estaba en mi mejor momento. Él los mira y su rostro pasa de confusión a amor. Toma en brazos primero a la niña, le besa las mejillas haciéndola reír, y luego al pequeño, aunque con él hace un saludo de hombres que hace reír a Eiran.
—Mira papi, Rai es nuestra niñera y es muy divertida —le cuenta Amara, apuntando hacia mí.
—No apuntes, nena —le dice él. Luego me mira—. ¿Rai?
Me enderezo y estiro una mano.
—Hola, señor Kingsley. Mi nombre es Raina Roscoe, y soy la niñera de estos pequeños.
Mira mi mano, luego la toma apretando con fuerza. No para hacerme doler, pero sí para hacerme saber que me reconoce. Intento que una sonrisa se forme en mi rostro, pero estoy segura de que sale más como una mueca. Cuando me suelta, doy un paso atrás, intentando estar lo más lejos de él.
Es decir, me dio unas de las mejores noches de mi vida. Me hizo llegar al orgasmo tantas veces que perdí la cuenta. Nunca un hombre había logrado eso con mi cuerpo. Sus ojos verdes me taladran, aunque responde a las cosas que sus hijos le dicen. Es tan alto como recuerdo, con sus hombros anchos y un traje echo a medida. El cabello castaño perfectamente peinado. Recordaba como si hubiera sido ayer, su cuerpo musculoso, y aún más, lo que había más abajo.
Nunca nos dijimos nuestros nombres en ese momento. Estuvimos de acuerdo que era algo de una sola noche, por lo que no hacía falta, de todos modos no recordaríamos los nombres. Excepto que yo sí lo habría recordado. Era una noche de la que aún no lograba olvidarme completamente.
—¿Les gusta su nueva niñera? —les pregunta a los niños.
Esa pregunta, es vital para mi permanencia en esta casa, aunque ahora mismo no sé si quiero quedarme.
«Necesitas el dinero, Rai», me recuerdo.
—¡Sí! —chillaron ellos.
—Es muy bonita también —agregó Eiran con las mejillas coloradas.
Sonreí complacida.
—¿Verdad que sí, papi? —insistió Amara.
Ay, ahora era yo la que se iba a poner roja. ¡Y eso nunca me pasaba a mí!
—Sí —respondió él con la voz ronca—. Es muy bonita.
Aunque yo miraba a los niños, sentía su mirada en mí. Era como un calor que me impedía subir la mirada porque no quería ver lo que había en esos ojos verdes. Lo que tenía que hacer es solo mi trabajo, olvidar que alguna vez nos conocimos, sobre todo porque hice de amante por una noche.
¡Dios!
Voy a empezar a preguntarles a los hombres con lo que tengo sexo, si acaso tienen pareja… O están casados y con hijos. Seguro que no soy la primera, ni la última con la que ha engañado a su esposa. ¿Y quién se va a negar? Si es tremendo adonis. Parece tallado por los mismos dioses. La clase de hombre que solo miras de lejos.
—Gracias —respondo.
—Me gustaría hablar con usted una vez que termine su jornada —dijo.
Besó a los chicos y se dio media vuelta para desaparecer del cuarto. Tragué saliva, no quería ni imaginar lo que me iba a decir. Probablemente me pediría que mantuviera mi boca cerrada y me fuera. Lo mejor será hacer como que no le conozco.
—Ese es mi papi, él me compra todas las muñecas que quiero —me dice Amara comenzando a sacar todas las muñecas que tiene, que vaya que son hartas. Fácilmente podría llenar una juguetería con ellas. Es obvio que el padre los consciente.
—Y estos son mis autos de cotección —dice Eiran, mostrándome una estantería llena de autos pequeños. Me acerco a verlos bastante entusiasmada para alguien de mi edad, pero no me puedo resistir porque mi padre es mecánico y me ha inculcado la pasión por los autos toda mi vida. Son definitivamente de colección, autos de todos los años y que seguramente costaron una fortuna.
—Colección, Eiran —lo reprende Amara.
Sonrío, me giro a mirarlo, y él se encoge de hombros.
Los chicos me llevan a la cocina cuando me dicen que tienen hambre, y como nadie me mostró la casa, no tenía idea a dónde ir. La cocina es gigante, fácilmente mide toda mi casa. Hay una mesa de mármol en el centro que albergaría a unas diez personas, y eso que esto es solo la cocina. Todo de última generación, por supuesto, y me produce un extraño sentimiento de querer usarlo todo.
Me gusta cocinar. Mi padre había estudiado para ser chef, pero nunca pudo ejercer, al final terminó ejerciendo como mecánico igual que su padre, sin embargo, me enseñó a hacer de todo y se convirtió en uno de mis grandes placeres.
—¿Qué quieren comer? —les pregunto, mirando todas las puertas de los muebles que seguramente están llenas de comida.
No sé cuántas personas viven aquí, es decir, si son ellos cuatro, ni siquiera comerán todo esto. No he visto que tengan ama de llaves, ni sirvientes. Solo un silencio escalofriante que es interrumpido por los gritos o risas de los chicos. Me gustan los niños; de hecho, estudio para ser profesora de pre-escolar.
Efectivamente, cuando abro las puertas, solo veo comida, pero sin azúcar. Hago una mueca cuando agarro una caja de cereales y se los muestro a los niños. Ellos colocan una cara de asco que me hace reír.
—¿No les gustan? —pregunto lo obvio.
Niegan con la cabeza.
—No tienen sabor. Mamá nos obliga a comer eso, pero no nos gustan —explica Amara.
Dios, esa señora obliga a sus niños a comer todo esto sin azúcar. ¡Dios santo, son niños! Según la lista que me habían enviado, ambos son completamente sanos, sin ningún tipo de enfermedad, y ningún tipo de alergia alimentaria.
—Mmm, ¿y qué comen regularmente que les guste? —les pregunto.
Sigo abriendo puertas, pero siempre es la misma vista. Todo bajo en grasas, o sin azúcar. Qué horror. No hay necesidad de dejar completamente el azúcar si se aprende a comer de todo, esto si se aprende a llevar una alimentación balanceada.
Finalmente, solo pude hacerles un sándwich con jamón y queso, que al parecer era lo único que tenía sabor. Sin embargo, para darles más sabor todavía, les hice tostadas francesas. Les serví el plato a ambos con una cajita de leche de chocolate. Cuando dieron el primer mordisco me miraron con los ojos brillantes y supe que había valido la pena.
Aunque no me había esforzado nada, pero para ellos era como si les hubiera dado más chocolates. Por eso me gustan los niños, sus emociones son puras y se asombran y disfrutan de todo con facilidad.
—¿Qué tal? —pregunto.
Asienten con la cabeza efusivamente.
—¡Este pan nunca había sabido tan bien, Rai!
Sí, también era un pan de molde bajo en grasas y lleno de algún tipo de semillas que no conocía y tampoco nunca había probado. Cuando mi turno terminó, los dejé con sus pijamas a juego listos. Les ayudé a lavarse los dientes y luego los arropé para que durmieran. No pude resistirme y les di a cada uno un beso en la frente.
—Ya terminó su turno.
Salto llevándome una mano al pecho al escuchar la voz ronca y baja de Fabiano. Mi turno había terminado hace solo unos minutos, no quería pensar que había venido aquí por esos minutos de retraso. Asentí con la cabeza, tomé mi bolso y lo seguí por la casa hasta lo que parecía ser su despacho. No miré alrededor, simplemente me quedé de pie frente a su escritorio.
—Así que, Raina es tu nombre —dijo como afirmación.
Le di un gesto afirmativo con mi cabeza. Él apoyó los codos en la mesa sin quitarme la vista de encima. ¿Quería salir arrancando? Sí. Nunca nadie me había mirado con esa intensidad, una a la que no podía descifrar.
—No pensé que volvería a verte —vuelve a decir mientras sus ojos recorren todo mi cuerpo.
Definitivamente sabe quién soy.