Punto de vista de Fabiano:
Cuando llegué a la oficina, mi secretaria, Carly, se bajó la blusa para que pudiera apreciar mejor sus tetas, y en una de esas, follármela en el escritorio. Sin embargo, no me gusta follarme a mis secretarias porque luego hacen mal el trabajo. Además, Carly tiene la voz tan chillona, que estoy seguro de que es de esas que gritan, y lo odio.
Una vez lo hice con una chica que gritaba como si la estuvieran matando, es decir, probablemente a otro hombre le hubiera gustado, pero a mí me quitó la erección. Dios, casi me rompió los tímpanos.
—Buenas tardes, señor Kingsley —saluda.
Le doy un asentimiento de cabeza y paso por su lado. No entro a mi oficina, sino a la de mi amigo y socio, Ulyses Keneth. Él, por supuesto, se está follando a su secretaria contra el escritorio.
—¿Cuánto te falta? —le pregunto desde la puerta. Él levanta la cabeza y me sonríe.
—Dos minutos.
—¿Tan poco? —bromeo. Él rueda los ojos. Su secretaria está roja, y no solo porque se la están cogiendo bestialmente.
—¡Sale, idiota!
Cierro la puerta y camino hacia mi oficina. A él le da lo mismo que lo haya visto, de todas formas no es la primera vez. Las oficinas están insonorizadas por lo que no hay forma de saber que están haciéndolo adentro. Abro mi computadora y busco su nombre en internet.
Me aparecen varias páginas de r************* . Entro a i********: y me deleito mirando sus fotos. En todas sonríe, en algunas está con traje de baño y son las que más tienen me gustas y comentarios. Todos esos hijos de puta colocándole que es hermosa.
Sigo bajando en las publicaciones hasta que me encuentro con un comentario que no me agrada para nada.
Gregor_1: ¡Qué hermosa, amor! Soy el más afortunado, te amo.
Veo la fecha, hace siete meses. Sin embargo, luego de ese comentario, en ninguna otra foto le comenta. Supongo que terminaron, porque ella y yo estuvimos juntos hace nada y volveremos a estarlo muy pronto. Bueno, no me importa que tenga novio, pero la quiero solo para mí.
No sé cuánto rato estoy revisando sus redes, hasta que entra Ulyses con la ropa bien arreglada como si nunca hubiera estado follando. Toma asiento frente a mí mirándome con las cejas levantadas.
—¿Para qué querías mi honorable presencia, amigo? —pregunta.
Pongo los ojos en blanco y doy vuelta el computador para que vea. Él se acerca y abre los ojos cuando la ve.
—¿Quién es esta belleza y por qué yo no la sigo? —pregunta sacando su celular. Se lo quito antes de que la pueda buscar y doy vuelta el computador.
—Es mi nueva niñera, pero además, es la mujer que te comenté con la que me había acostado.
Abrió sus ojos en comprensión.
—La que se fue antes que tú —recuerda.
Claro en ese momento me sorprendí de que hubiera sido ella la que se había ido, porque siempre soy yo. Claramente después de un largo día en la oficina y el excelente sexo que tuvimos, quedé fuera de órbita.
—Sienna la contrató, y ahora cree que me la estoy follando —digo rodando los ojos. Ulyses enarca una ceja.
—¿Te la estás follando?
—Ojalá, maldita sea, ahora no quiere coger porque estoy casado y tengo dos hijos.
Ulyses ríe entre dientes.
—Eso no ha detenido a otras mujeres —señala.
Niego y me acomodo en la silla.
—No, pero ella es diferente. Los chicos la aman, es bonita, sonríe bien, es buena con los niños y, además, cocina de puta madre.
—Por eso fuiste hoy a almorzar —suelta una carcajada.
Le doy un gesto afirmativo, no me avergüenza decirlo, es solo que nunca había tenido que esforzarme tanto para que una mujer se acostara conmigo. Generalmente son ellas las que insisten.
—Iré todos los días —digo con una sonrisa maliciosa.
—¿Yo no estoy invitado? —pregunta moviendo los ojos.
—Lo pensaré.
Que es: por supuesto que no.
—Pero te llamé porque quiero que me averigües todo sobre Raina Roscoe.
—¿Todo?
—Todo.
+++
Mientras voy en mi Mercedes G-Class, estoy ansioso como nunca por llegar a la casa. Quiero seguir con lo que dejamos en la cocina antes de que Sienna nos molestara. Ah, ¿qué habría pasado entre ambos si no hubiera aparecido? Seguramente habría hecho más que besar su cuello y sus labios.
Cuando llego, los niños y Raina están en el living viendo alguna caricatura que los hace reír a carcajadas. Ella sonríe, y de vez en cuando también se ríe. Podría engañarme y hacerme creer que es inocente, pero Dios, yo todavía me acuerdo de todas las cosas sucias que me dijo y que me pidió que le hiciera. Cierro la puerta llamando su atención.
Amara es la primera en venir corriendo hacia mí. La tomo en brazos, dejo que bese mis mejillas. Eiran me abraza y hacemos ese saludo de hombres que le enseñé. Mis pequeños son muy cariñosos, la verdad no lo sacaron ni de su madre ni de mí.
—¡Papi, estamos viendo estos monitos que veía Rai cuando era pequeña!
Miro a Raina.
—¿Cómo se portaron? ¿Hicieron muchas travesuras? —le pregunto.
Niega con la cabeza.
—No, ellos se portan de maravilla —miro a Eiran, él sube las cejas.
—¿Cómo puedes pensar eso de nosotros, papá?
Ruedo los ojos divertido dejando a Amara en el suelo.
—Bueno, iré a darme una ducha —digo mirando a Raina—. No se olvide de pasar a mi oficina antes de irse.
—Por supuesto que no, señor.
Mierda, ese “señor” envío toda la sangre a mi erección. Subo rápidamente las escaleras hasta mi habitación. Por suerte, Sienna no está en la habitación desnuda como otras veces. No entiende que ya no quiero tener nada con ella, que fue un desliz de una noche y listo. Ni siquiera me acuerdo de esa noche. Lo único bueno fueron los chicos.
Me meto a la ducha todavía duro, y es inevitable que no me masturbe pensando en ella, en ese día, y en la tarde de hoy, porque algo me dice que no voy a tener sexo esta noche. Envuelvo mi mano alrededor de mi pene, moviéndolo cada vez más rápido y duro hasta que me corro con un gruñido. Echo la cabeza hacia atrás riendo, porque no puedo creer que haya vuelto a mis andanzas de adolescente, que se masturba en la ducha por una chica que desea.
Salgo de la habitación solo con un pantalón de chándal, sin polera. Quiero que ella recuerde lo que se comió ese día, y así le den ganas de nuevo. La mujer de mis deseos, está acostando a mis hijos con una delicadeza y amabilidad que me hace sentir una cosa extraña en el pecho. Y ellos la miran como si fuera su Diosa.
—Iré enseguida, señor Kingsley —dice sin mirarme.
Los niños me miran y les sonrío.
—Luego vendré, pequeños.
Doy media vuelta y camino hacia mi oficina sacando el contrato que redacté para ella. Se supone que es solo para el verano, según lo que ella dijo en su curriculum, y estaba bien porque luego los niños irán al colegio. Sin embargo, no puedo negar estos deseos de que el contrato sea indefinido.
Dos meses y ella estará nuevamente fuera de mi alcance.
¿Qué me hiciste maldita mujer? Porque ese pensamiento no me gusta para nada.