Fabiano no me envió ningún mensaje, por lo que fui a trabajar. Como cada día, los chicos chillaron cuando me vieron. Eso me hacía sentir feliz, ya que, que ellos se emocionaran tanto al verme, hinchaba mi corazón de felicidad.
—¿Qué comeremos hoy, Rai? —me pregunta Eiran cuando los estoy ayudando a vestir.
Me rio suavemente.
—No lo sé, ¿qué les gustaría comer? —pregunto.
—¿Y podemos ayudar? —pregunta entusiasmada Amara.
Hago un gesto como si lo estuviera pensando.
—Tendré que verlo, ya que la cocina puede resultar peligrosa para niños de su edad, y ustedes no quieren herirse, ¿verdad?
Amara frunce el ceño y mueve la cabeza negativamente. Eiran, en cambio, hincha el pecho mirándome con determinación.
—Yo puedo soportar cualquier tipo de dolor —dice. Amara lo mira rápidamente.
—Eso no es cierto, hace semanas te caíste y lloraste mucho.
Eiran me mira un poco sonrojado.
—Pero ahora soy más grande —contraataca.
Sin embargo, Amara no le da tregua.
—No hemos cumplido años todavía, tontito.
—Bueno, bueno, chicos, ¿qué van a querer? —pregunto para terminar la discusión. Si en algo me he fijado estos días, porque yo soy muy fijona, o prefiero decir, observadora, es que ambos se cuidan mucho.
—A mí me gusta el pastel de papas —dice Amara.
Miro a Eiran y él mueve la cabeza de forma afirmativa.
—¿Les gusta el salmón? —pregunto. Ambos asienten—. Listo, eso será entonces.
Durante la mañana seguimos repasando las letras, los chicos hacen algunos dibujos y luego nos vamos a la cocina. Algo me dice que Fabiano aparecerá, por lo que sé, Sienna está aquí porque escuché que otra persona se movía por la casa, pero en ningún momento se acercó a la habitación de los niños.
No puedo entender su actitud. Estos pequeños son encantadores y muy de piel, ella debe estar mal de la cabeza, porque no encuentro otra explicación para su actuar. Los siento a ambos en la encimera para que me vean cocinar; les encanta. Me preguntan por cada cosa que agarro para preparar, y la verdad es que me siento como una niña en un juguetería con todo lo que hay.
Artefactos para crear todo tipo de comidas y postres. Definitivamente en la tarde prepararé algún bizcocho para endulzar nuestras horas juntos, además, me parece un pecado no hacer uso de ellos.
—Me gusta mucho que estés aquí Rai —me dice Amara con una sonrisa tímida.
Me acerco a ella y le acaricio el rostro justo en el momento que Sienna aparece en la entrada de la cocina. Mira mis manos, la sonrisa de Amara y frunce el ceño molesta. Bueno, no quiere darles amor a sus hijos, ni quieren que otra les dé.
—Mamá —exclama sorprendido Eiran.
Inmediatamente, la sonrisa de Amara se borra de su rostro. Se para recta y mira a la bruja.
—¿Qué están haciendo? —pregunta.
—Acabo de terminar el almuerzo —respondo por ellos.
Sienna enarca una ceja, nuevamente mirándome de arriba abajo como si yo fuera la mierda en su zapato. Es obvio que quiere intimidarme, pero lástima para ella, eso no me afecta en lo más mínimo, porque sé perfectamente quién soy. No va a venir ella a hacerme sentir menos por el hecho de tener más dinero que yo.
—¿Sabes cocinar? —pregunta con desdén.
—Sí, mamá, y cocina tan rico que hasta papá viene a comer ahora —dice Eiran sin ningún tipo de maldad, pero que hace que su madre me mire con más odio en sus ojos del que una persona ha dirigido a mí en toda mi vida.
—¿Vendrá hoy tu padre? —le pregunta ella a Eiran.
—Yo creo que sí.
Sienna da media vuelta y sube nuevamente sin decir nada más. Miro a Amara que se relaja ahora que ella no está.
—Mis papás no duermen juntos —me cuenta, abro los ojos interesada—. Creo que no se aman porque pelean mucho y papá la ignora mucho.
—Vi una vez a papá echarla de su habitación y a mamá llorando por eso —dice Eiran en voz baja.
Vaya, es decir, no son un matrimonio…
¡Eso no lo hace mejor, Raina, están casados y es todo lo que importa!
Pero no debería, ¿verdad? Si ellos no son realmente un matrimonio, es probable que ambos tengan amoríos por otro lado. En ese caso, ¿por qué seguirán casados? Es obvio que a los niños les daría lo mismo, a fin de cuentas sus padres están separados en la misma casa.
—¿Qué tal si me ayudan a poner la mesa? —les propongo con una sonrisa.
—¡Sí!
Mientras los chicos ponen la mesa, miro que no vaya a quemarse el salmón a la plancha. Colocamos dos individuales más en caso de que aparezca Sienna y Fabiano. No sé cuál de ellos es peor.
—Mmm, se ve tan rico que quiero meter mi dedo para probar —comenta Amara asomándose al pastel de papa.
—Paciencia, ya falta poco para que el salmón esté listo —indico.
—Muero de hambre, Rai —exagera Eiran.
Pongo los ojos en blanco.
—Has estado picoteando el cereal, ¿o crees que no te he visto? —pregunto con una ceja enarcada.
Eiran levanta los hombros y esconde el cuello con una sonrisita avergonzada. Claro que me he dado cuenta, si soy su niñera, encargada de vigilar cada uno de sus pasos. Aunque sean dos, no se me escapa nada de lo que hacen, sino cómo voy a ser profesora luego.
—¡Te descubrieron! —chilla Amara riéndose de él.
La puerta se abre a la misma hora de ayer. Trago saliva y me enderezo obligando a mi cuerpo a relajarse. Solo es mi jefe y, aunque ayer le grité que me dejara en paz, parece que no me despidió. Los chicos van corriendo hacia él mientras dicen su nombre. Segundos después, escucho los tacones de Sienna. Fabiano es el primero que aparece en la cocina.
Nuevamente me mira de forma intensa, pero diferente a la de ayer.
—Buenas tardes, Raina —saluda.
—Buenas tardes, señor Kingsley.
Sienna aparece con el rostro completamente maquillado y vestida como si fuera a ir a una pasarela. Quizás lo haga, la verdad es que no sé qué acostumbra a hacer ella. Mira a Fabiano con un anhelo que rápidamente esconde cuando él ni siquiera se gira a mirarla. No sé si sentirme mal o no. Pero el hecho de que ni mire a sus hijos, me da mi respuesta.
Nada me puede hacer sentir pena por ella.
Además, no es la primera mujer con un amor no correspondido.
No voy a saber yo de eso.
—Que sorpresa, Fabiano —le dice ella, aunque su voz suena tan monótona que da escalofríos.
Tiene ese porte tan elegante que, es seguro que ha vivido en estos círculos toda su vida, acostumbrada a tener lo que quiere, por eso debe matarla querer a Fabiano y que él parezca completamente ajeno a ella.
—Acostúmbrate, ahora que hay buena comida, vendré cada día a comer con mis hijos —le responde sin mirarla.
Una sonrisa que parece más una mueca, se abre paso en su cara. Miro a otro lado, porque no puedo empatizar con ella, pero sí que me incomoda su actitud. En fin, están muy lejos de ser una familia feliz.
A simple vista lo tienen todo, dinero, lujos, salud, pero les falta lo más importante, amor. Quizás nunca van a sentir a esta tremenda mansión como un hogar. Me hace sentir pena por ellos.
—Vamos a sentarnos, ¿sí? —les pregunta Fabiano y luego me mira.
—Sí, ya está todo listo.
Eiran y Amara se sueltan de Fabiano y corren hacia mí estirando sus manitos.
—Ayudamos a llevar los platos —dicen al unísono.
—Perfecto —sonrío.
Les paso los platos y ellos los llevan a la mesa hasta que cada uno tiene su comida. Huele bien, y yo lo probé, así que sabe aún mejor. En el momento en que voy a sentarme, Sienna me mira con el ceño fruncido.
—La servidumbre no se sienta a la mesa a comer con nosotros —escupe.
Por un momento me quedo sorprendida por sus palabras. Es decir, me ofrecí a hacer la comida que se va a meter a su venenosa boca y tiene el descaro de tratarme como si fuera cualquier cosa. Voy a abrir la boca para decirle unas cuantas cosas, pero Fabiano la interrumpe.
—Creí haber sido claro contigo, Sienna —espeta mirándola fijamente sin ningún rastro de humanidad en su rostro.
—¿Desde cuándo se han sentado con nosotros? —pregunta ella.
—Pero Rai tiene que comer con nosotros —dice Amara en voz baja—. Ella no es empleada, solo nos cuida, ¿verdad, papi?
¿Dije que amo a esa niña?
—Siéntate, por favor, Raina —me dice y, por supuesto que lo hago—. Si no te gusta, Sienna, eres libre de levantarte e ir a comer a otro lado.
La bruja está que echa humos. Ni su esposo, ni sus hijos la quieren.
—Está rico, Rai —Eiran habla con la boca llena.
—Sí, Raina, mi hijo tiene razón. Está exquisito, gracias.
Una sonrisa se forma en mi rostro y me dispongo a comer. El silencio que comienza a formarse se interrumpe por la llegada de otra persona. En específico un hombre de la edad de Fabiano que nos mira a todos con una gran sonrisa en su rostro y una botella de vino en la mano.
—¡Hola, familia!
—¿Qué haces aquí, Ulyses? —pregunta entre dientes Fabiano.
Ulyses me mira con una sonrisa curiosa y luego mira a Fabiano. Mierda, ¿será probable que él sepa algo?