Ludmila deseó esconderse. Miedo, pánico y pavor. Puede que las tres palabras fueran sinónimos pero lo que ella sintió fue la intensa combinación de todas ellas haciendo un nudo en su estómago que le impidió hablar en los primeros segundos que tuvo a su hermano enfrente. —Lucian, pensé que estabas en Palermo. —No estamos hablando de Palermo ahora—musitó su hermano quien no despegaba los ojos de ella. Ludmila, a diferencia de las otras veces, no pudo mantener sus ojos fijos en la mirada de su hermano mayor, pues, si cuando estaba de buen humor tenía una mirada pesada, estando molesto era algo imposible de mantener, al menos para ella.—¿Dónde mierda has estado? Quiero la puta verdad. —Estaba en la cocina. El italiano sonrió de mala gana. —Aparte quieres verme la cara de estupido,

