Lía aparcó frente a la mansión Santoro, había estado buscando a los abuelos de Isabelle cómo aguja en un pajar y simplemente no había podido dar con ellos, pero hoy era distinto. Hoy tenía el presentimiento de que iba a encontrarse con alguien que le diera información sobre su cuñada y sobrino. Temía que de no ser así su hermano Leandro terminaría cometiendo una locura. Bajó y caminó con decisión, sentía que el corazón latía fuerte dentro de su pecho. Sin embargo, no podía quedarse de manos cruzadas y ver como su hermano se dejaba morir. —Señorita Lía, usted de nuevo —dijo Juanita. —Buenas tardes, Juanita, lamento molestarla de nuevo. Si esto no fuera realmente importante, no estaría ahora aquí. —Los señores Santoro no se encuentran, salieron ayer por la noche a la ciudad de Guatemala
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