Narra Neferet
Ante su fría expresión, reacciono de inmediato. Hay personas aquí, y por supuesto que no, no permitiré que me trate de esa forma de nuevo.
Fuerzo mi sonrisa y cruzo mis brazos viéndome confiada.
—Papi, no seas grosero —comenta la niña.
—Su hija tiene razón. —Arqueo mis cejas—. Usted está siendo demasiado descortés.
—Señora, ayer fue usted, quien se comportó…
Lo interrumpo.
—Ayer fue ayer, y hoy es hoy. Hoy he venido a ver cómo está la niña.
Alzo mi mano, en señal de llamado, y giro suavemente mi rostro hacia la enfermera. Ella de lo que se encuentra atrás, entiende mi gesto, y corre a entregarle las cosas que le traje a la pequeña.
—He traído estos regalos para ti, espero te gusten.
—Gracias, muchas gracias —me dice maravillada.
—Espera, ese maletín no. Ese es de otra persona —detallo y lo tomo de nuevo de la mano de la enfermera.
La niña con su brazo sano, coge el peluche de conejo, y revisa las flores recostadas a su lado.
Sinceramente no estaba segura de regalarle flores, pero parece que al final le gustó.
—Wao, todo está hermoso, se lo agradezco.
—No hay de que. —Me vuelvo a cruzar de brazos y miro de forma vencedora y altiva, al tipo —. Ya pueden retirarse —les indico a las enfermeras sin despegar mi mirada en él.
Ellas salen y él solo me observa impotente, conteniéndose de quizás decirme varias cosas.
—Señora, usted fue la que pidió trasladar a mi hija ¿Cierto?
—Exactamente.
—¿Por qué? ¿Por qué lo hizo?
—Claramente lo sabe. —Me encojo de hombros.
—No comprendo. ¿Puede hablar con precisión?
—Bien… —Camino acariciando la cama, mientras la rodeo lentamente hacia él—. En este caso, deberíamos hablar en privado.
Termino de posicionarme en su delante, y cojo su mentón, pero me esquiva de inmediato.
—Sí, papá yo estoy bien. Ustedes salgan.
El hombre le hace una expresión a su hija, como si hubiera sido imprudente, pero en segundos suspira, y relaja el gesto.
—Está bien —me dice y yo sonrío.
Me giro, y no puedo evitar guiñarle un ojo a la niña, por la cuál, ella me corresponde con una sonrisa pícara.
Ella me agrada.
—La escucho ¿Sobre de que deseaba hablar, señora?. —Se apresura Gaddiel, en preguntar ni bien salimos de la habitación.
—En primer lugar, no me diga señora. Yo soy dos años menor que tú.
—¿Cómo lo sabe?
—Intuición.
—Está bien —me contesta con amargura.
—Dime, solo Neferet —le aseguro y no sé porque lo he hecho. En vez de eso, debería decirle que me llame presidenta Wellesley. Sin embargo… sinceramente quiero escuchar salir de esa voz calmada, mi nombre.
Gaddiel se nota un hombre muy pasivo y paciente, pero es claro, que logro sacar la otra cara de su ser.
«Eso me entretiene»
—No puedo decirle de esa forma. —Se muestra convencido.
—¿Por qué?
—Ya me dijeron quien es usted, y debo tener un respeto, Señora Wellesley.
Al menos dijo mi apellido, no importa.
—Ok, dime como quieras —me rindo.
—Perdone un poco mi insolencia, pero quiero adelantarme en hablar. Yo le prometo que le pagaré, por aquello que le sucedió a su coche. Para ser sincero, soy consciente, de que fue mi descuido que mi hija haya pasado por todo esto. Yo… yo la solté solo un segundo. —Se lamenta pasando su mano por la sien—. Y aún no comprendo porque ella avanzó. No me lo quiere decir. Estoy completamente afectado; no termino de comprenderlo, pero aún así, es mi culpa por haberla soltado y contestar aquella llamada desconocida, que al final nunca supe quién fue.
Me le quedo observando atentamente, al fin, a mostrado algo de su verdadero yo. Sin embargo, esa parte más tranquila de su parte, me brinda más curiosidad aún.
—Ya no tiene porqué esforzarse en venir más, señora Wellesley.
Ajá, me brinda curiosidad y eso me causa querer molestarlo más.
—Bien, olvide aquel rasguño que es insignificante para mí. No he regresado por eso. Como le dije en un principio, he venido para darle esto. —Apego el maletín a su pecho y él lo sostiene sorprendido.
—¿Qué es esto?
—Es su silencio, es su confidencialidad, y es su vida. Si alguien viene a preguntar si tengo que ver con este accidente, debe negarse rotundamente.
Gaddiel arruga su entrecejo, y como delibero que tengo cosas que hacer, decido realizar mi salida triunfante.
Mi objetivo aquí a finalizado.
—Bueno, eso es todo. Hasta nunca Gaddiel, buena suerte —le digo. Sonrío con viveza y la borro rápidamente mientras me giro en irme.
Soy muy expresiva y claramente se me nota cuando finjo. Ese es mi propósito, hacer notar mi sarcasmo.
Camino abanicando mi mano, como diciendo adiós. Hasta que luego de unos minutos de haber hecho un largo trayecto, alguien me toma del brazo y me gira de una forma rápida.
El padre está con ese gesto fruncido de nuevo, velozmente pone el maletín en mi mano, y me dice: —Esto llegó al límite de mi paciencia. No necesito de su ayuda, no necesito su dinero, no somos pordioseros para que venga usted a chantajearnos. Si lo que desea es venir a menospreciarnos y callarnos, mejor ya no venga, de todas formas no hablaría de usted ¡NUNCA!
Terminado sus palabras, se va dejándome perpleja.
Otra vez, me a dejado sin palabras. ¿Quién rechaza una cantidad así de dinero?
Un momento, sobre todo ¿Cómo se le ocurre volver a tratarme de esa manera prepotente?
—Im-po-sible… —Me quedo a boca abierta.
—¡Presidenta…! —De pronto, se aparece mi secretaria—. Vine a recogerla y a constatar cómo le iba.
Me volteo a verla, y ella se sorprende por mi expresión desorientada.
No expreso ninguna palabra. Le apego el maletín en sus brazos, y cogiendo mi paraguas que lo había dejado en el cesto de la entrada, salgo sulfúrica del hospital.
Olenka viene detrás de mí llamando mi nombre. Ni siquiera espero a que me abra la puerta. Yo misma lo hago y la retrueno por cerrarla con fuerza.
—Presidenta… —murmura sentándose en la parte de adelante. Yo ya me encuentro a brazos cruzados—. ¿Qué a sucedido?
—Esa rata… —refunfuño—, ¿Cómo pudo rechazar mi amabilidad? ¿Cómo pudo rechazar mi dinero? Dime Olenka, ¿Cómo?
—¿E-eso sucedió?
Asiento mordiéndome el labio, y moviendo mi pierna sin parar con angustia.
Cada vez que estoy ansiosa, automáticamente no para de moverse.
—Vámonos —le indico.
—¿Entonces este dinero, lo regreso a la cuenta?
—No. —Niego con la cabeza—. Yo misma me encargaré que, él a de lugar, lo acepte.
***
~En la mañana siguiente…~
De nuevo… de nuevo me encuentro en frente del hospital. Hoy tenía la mañana libre, así que, decidí venir a esta hora.
—¿Presidenta, segura que manejará todo bien?
—Sí, no te preocupes. —Tranquilizo a Olenka mientras nos encontramos en la entrada.
Ella se queda de pie observándome, y yo eliminando un resoplido profundo, camino hacia la habitación.
Llego afuera de la puerta, y respiro hondo. Me preparo para mí próximo intento, para que este tipo acepte mis términos.
Él no podrá contra mí, ya no se lo permitiré.
Hago mi ingreso y no hay nadie, solamente la niña. Ella duerme abrazando el conejo, el regalo que le obsequie. Parece que le a gustado demasiado y por eso, sonrío complacida.
La pequeña, al instante, escucha el sonido de mis tacos y rápidamente se despierta.
—Princesa… —me dice, y esa expresión inesperada hacia mi persona, me hace detener de lo iba avanzando hacia ella—. Estoy contenta de que hayas venido de nuevo.
Parpadeo varias veces, mi corazón acaba de dar un brinco al escucharla decir que está contenta de verme. Esa frase lo he escuchado varias veces, pero nunca lo he sentido tan sincero como lo ha dicho ella.
Pongo el maletín en el asiento, e inevitablemente conmovida me acerco.
—No soy una princesa, querida. —Acaricio su mentón—. Soy una bruja.
Ella niega de inmediato.
—Por supuesto, que no. Mi mami me contó que eres una princesa.
Me roba una sonrisa.
—¿Así? ¿Tú mami, te dijo eso? Es un hecho que no me conoce.
—Ella me dijo que sí, y dijo también, que eres una persona de buen corazón.
—¿Tú le crees?
—Sí, ella nunca me a mentido.
Reímos ambas. No puedo evitar el calor en mis mejillas.
—Bueno, si tú deseas decirme princesa. Está bien, lo acepto. —Acaricio su mentón y le hago un toque con mi dedo en su nariz, como concediéndole sus deseos.
—¿Me has dado tu permiso?
Me sorprendo por sus palabras, que tal vez, solo sean por conciencia.
—Sí. —Le sonrío enormemente.
—Gracias… —me contesta de forma muy dulce, y yo, tocada por ella, acaricio su flequillo.
Ella es una niña muy hermosa de actitud y no solo resalta por eso, fisicamente tambien lo es. La pequeña, tiene su cabello castaño claro, enormes pestañas que me gustan mucho y tiene un rubor natural que le hace ver como una propia muñeca. Imagino que salió a su madre, porque a su padre, no le veo nada.
—Y dime, ¿Hoy estás sola?
Ella me asiente.
—Sí, papá trabaja y de seguro ya está por llegar a medio día. Ha tenido que recortar sus horas, ya que no le dejaron tener vacaciones.
—Que jefes tan crueles.
—Sí..., muy malos, pero no podemos hacer nada. Mi papá dice que necesita juntar dinero, y yo comprendo, así que me portó bien y no le hago berrinches.
—Eres una buena niña. —Me siento en la cama, al lado suyo para hacer nuestra conversación más cómoda—. También eres inteligente. Te pareces a alguien que conozco, cuando ella era pequeña.
—¿De verdad?
—Sí. —Asiento—. Se trata de una heredera, una niña rica que creció en la soledad.
—Que triste…
—Tenía a su madre, y ella la amaba, por supuesto, pero no podían compartir tanto tiempo juntas.
—¿Por qué? —me pregunta curiosa.
—Porque la madre también trabajaba duro, para mantener lo que le pertenecía.
—Ahhh… casi igual como hace mi papi. Él lucha por lo nuestro.
—Eres demasiado audaz para tener esta edad.
—Pronto estoy por cumplir 5 años —me dice emocionada—. Lástima que no podré jugar. Aún mi brazo estará así por un poco de tiempo, dijo el doctor.
—¿Así?
—Sí —me responde con tristeza y la culpa me carcome.
—¿Cuándo es tu cumpleaños?
—El día Martes después de dos semanas, me dijo mi papá.
«El 28 de febrero.»
—Bien, yo vendré ese día y jugaremos. Yo seré tu brazo derecho, exclusivamente por ese día.
—¿Enserio?
—Claro —afirmo sonriente—, lo prometo.
Alzo mi mano como juramento. Y reímos de nuevo.
—Entonces, si tu papá no está, ¿Tú mamá se encuentra aquí? ¿Ella en dónde está?
—En el cielo —me responde, y me quedo pasmada.
—¿El cielo es un restaurante o algo por el estilo? —le cuestiono un poco incrédula.
La pequeña niega.
—Ella está en el cielo.
Arrugo mi entrecejo demasiado confundida.
—Mamá no está con nosotros en la tierra, pero está conmigo siempre cuidándome desde el cielo.
No puedo ni pestañear, no comprendo lo que me está diciendo. Hace unos momentos hablaba de ella como si estuviera viva, y ahora…, ahora me verifica que no lo está.
—Pero… tu me dijiste… —titubeo.
—¿Quién es usted? —De repente, una voz femenina que entra por la puerta, interrumpe nuestra conversación.
Una mujer con camisa de cuadros manga larga, jeans y zapatillas, se encuentra en nuestro frente con un envase de café expresso.
—Tía Mariela… —replica, la pequeña a mi lado con emoción—. Ella es la princesa, de la que mi mami en mis sueños, me habló.
La mujer y yo, nos quedamos viendo fijamente. Y comienzo a restaurar todo en mi mente.
—Lo sé, cariño —le responde fingiendo amabilidad hacia mí—. Amor necesito hablar con ella un momento.
—Sí —responde contenta—, anda princesa. Mi tía es muy amigable y parece que también quiere ser tu amiga.
Regreso mi mirada a la ojis celeste, y pese a mi impacto, como de costumbre, logro disimular lo que verdaderamente siento.
Sonrío.
—Bien.
Me pongo de pie, y ya no le hago ningún mimo, porque aquella mirada punzante de la que supuestamente quiere ser mi amiga, me incomoda.
Cojo el maletín, y salimos las dos afuera.
—Señora Wellesley, Gaddiel ya me ha contado absolutamente todo. Por favor, se lo voy a pedir con mucho respeto que deje de molestarlo, a él y a su hija.
—¡Jum! —jadeo en forma de burla mientras me cruzo de brazos—. Pareces a la defensiva.
—Lo estoy.
—¿Por qué? ¿Por qué una prima o hermana, se vería tan enfadada como te ves ahora?
Eso es lo que intuyo, porque si la niña le dijo tía, es de hecho un familiar.
—No somos familia.
Muestro confusión.
—Soy una amiga.
—¡Ja! ¡Con razón! —Me río—. ¿Entonces eres la novia?
Ella parece que quiere afirmarme eso con muchas ganas, pero al observar detrás mío, se contiene.
—No, señora, solo soy una amiga.
¡Bingo!.
Esa mirada de mujer protegiendo su presa, me lo dijo todo.
Mi sonrisa se intensifica. Y asiento, para luego girarme.
Claramente he presentido, aquella presencia detrás de mí desde hace unos segundos.
—Gaddiel… —lo saludo y él se queda frío, por mi gesto amable. Porque así lo considero. Llamarlo por su nombre, para mí es, como que le muestro respeto.
Él parece perdido referido a lo que sucede.
Ya resolví todas mis dudas rápidamente, así que decido conveniente ya irme, porque tengo asuntos por resolver.
Miro la hora de mi reloj, y luego prosigo en caminar hacia su lado. Poso mi mano en su hombro y le digo: —Nos vemos, Gaddiel.
Parece que lo he dejado anonadado, porque ni siquiera ha pronunciado ninguna palabra, por lo tanto, sigo mi camino.
—Presidenta ¿Todo le fue bien? —me pregunta Olenka viendo mi sonrisa, cuando llego al auto.
—Sí.
—Pe-pero, aún tiene el dinero.
—No importa, de todos modos pienso en venir mañana.
—Presidenta… —Ella exclama sorprendida.
—Calma, Olenka. Por cierto, quiero que indagues más profundamente, sobre la vida de Gaddiel Preston. Hay una tal Mariela que desearía saber más de su vida.
—Presidenta, pero, ¿por qué?
—No cuestiones, y solo hazlo.
Mi secretaria traga saliva y asiente, yo me cruzo de brazos y realmente debo admitir que me siento algo motivada.
Algo animada.
Recuerdo el rostro del hombre y luego el de la niña. Y concluyo: que definitivamente quiero saber más respecto a ellos dos.