Capítulo 2-2

1183 Palabras

A la mañana siguiente, unos pasos que hacían crujir la hierba helada anunciaron que llamaban a la puerta de Edmond. "¿Quién es a estas horas tan intempestivas? Atiende, mujer", ordenó a Jamette. En el umbral había un hombre alto y delgado, con la espalda encorvada, vestido con una sotana clerical negra que le llegaba hasta el suelo. El crucifijo que colgaba de su cuello brillaba bajo la débil luz del sol otoñal. Una sonrisa de labios apretados, nariz aguileña y penetrantes ojos oscuros retrataban una aparición fantasmal. Jamette inspiró bruscamente: un sacerdote era la última persona que esperaba que viniera a su casa. Estaba tan desconcertada que se quedó boquiabierta y no pronunció ni una sola palabra de saludo. El sacerdote rompió el silencio. "Madame, debe perdonarme esta visita no

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