El nuevo año 1350 llega a la ciudad de Aviñón y con él el optimismo nacido de la adversidad. La peste es ya cosa del pasado para los habitantes de la ciudad: todas las pesadillas acaban, como debe ser. Esperaban un futuro próspero y saludable. El sol primaveral era agradablemente moderado, ideal para sentarse en los bancos a ambos lados de las calles, las plazas y el arroyo. Aún faltaban meses para el intenso calor del verano provenzal, cuando se verían obligados a buscar cobijo tras los postigos y las puertas cerradas. Alice paseaba por las calles con su bata, de fino lino beige, arrastrando por el suelo, como era la moda para las mujeres de pie. La esposa del magistrado había asumido su papel con aire distinguido, incluso regio. Aunque provenía de una familia acomodada, se había mezclad

