—Nadie tocará a mi cachorra —rugió Scott, sus ojos brillaban como brasas encendidas—. Es mi mujer. Solo yo tengo el poder de controlarla o extinguir su vida. Soy el único maldito dueño de ella o del portal que en ella exista. Su pecho subió y bajó con violencia, el silencio se apoderó del lugar. Los chicos lo observaban con respeto, pero también con miedo. Sabían que, cuando Scott hablaba así, los dioses podían temblar. —No somos los enemigos —intervino Junior, con la voz rasgada y firme, apenas cubierto por un pantalón corto—. Estamos contigo. Ella volverá a donde pertenece, o Jen me arrancará el corazón si no lo hace. Estoy listo, esperando órdenes, mi comandante. Sus palabras hicieron eco, como un juramento sellado. Zoé, medio mujer, medio serpiente, descendiente de Medusa, se arrast

