Habían pasado ya varios días desde que los secretos comenzaron a revelarse, cada uno como una pieza suelta de un rompecabezas antiguo y sagrado. La mansión, con sus pasillos llenos de ecos y sus ventanas que parecían observar, no era solo un refugio del clan Widman: era una caja de memorias vivientes. Para Naomi, cada rincón ocultaba una historia que desafiaba su comprensión, y la línea que separaba la realidad de la fantasía comenzaba a diluirse peligrosamente. Fue así como descubrió que su cuñada no era simplemente una mujer refinada de rostro sereno, sino una artista prodigiosa en la creación de joyas. Jen tenía el don —uno heredado de generaciones— de desintegrar metales con solo tocarlos, moldeándolos después como si fueran arena mágica. Cada pieza que salía de sus manos brillaba con

