El despertar del lobo.

1551 Palabras

Eran exactamente las cinco de la tarde cuando el señor Widman cruzó el umbral de la casa acompañado del anciano Jardígan. Este último, con su acostumbrado semblante apacible, lucía su barba blanca y unos bigotes teñidos por la nicotina del tabaco. El traje hecho a la medida reforzaba su presencia solemne. —¿Dónde está la humana? —preguntó con voz seca y firme. El consejero y guerrero del líder del clan, el segundo hombre más poderoso después del patriarca, no se molestó en disfrazar su desprecio. —¿Te refieres a mi esposa? —respondió Scott con un dejo de molestia. —Ese matrimonio no es válido. No puedes traer una mortal al clan. Deshazte de ella… o enviaré a alguien que lo haga —dictó Jardígan, como si sus palabras fuesen ley. —Nadie tocará a mi mujer. Y el que lo intente, lo mato —de

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