LINA —¿Leo, te he dicho lo atractivo que estás hoy? —Sonreí mientras entraba en su despacho y me sentaba en su regazo. Sabía lo que hacía, claro que lo sabía. —¿Qué quieres? —preguntó, desconfiado, aunque me rodeó la cintura con los brazos y dejó de trabajar. —¿No puedo halagar a mi maravilloso novio? —dije con mi mejor sonrisa inocente. Levantó una ceja. Ajá, lo había visto venir. —Está bien, me has pillado —confesé, rodando los ojos—. Bueno... estaba pensando... —Oh, no —suspiró. —Y... creo que sería una buena idea dejar mi trabajo y trabajar para ti —murmuré, tanteando el terreno. —¿Qué? —Quiero dejar mi trabajo y trabajar para ti —repetí, mordiéndome el labio, un poco nerviosa. —No. Es demasiado... Peligroso. Ya lo sabía. Pero también sabía que él no permitiría que me pasara

