Capítulo 14

1272 Palabras
—Es mejor que regreses al campus universitario. Hoy mismo —Se puso de pie y tomó las llaves de su escritorio sin mirarme—. Ya te has quedado suficiente tiempo aquí. —Papá... —No me llames así ahora. Por favor. Me rompió. No sólo porque me echaba, sino porque lo hacía como si ya no fuera su hija. Como si yo hubiera dejado de ser parte de su historia en el momento en que me crucé la línea con Nick. Subí a mi habitación temblando. Marqué el número de Tammy con los dedos torpes. —¿Tammy? —Mi voz sonaba como si viniera desde el fondo de un pozo. —¿Bea? ¿Qué pasó? ¿Estás bien? —¿Puedes venir por mí? —¿Dónde estás? —En la casona. Mi papá... Me echó. Te explico en el camino. Tammy no hizo preguntas. Llegó en cuarenta minutos, manejando como si la urgencia fuera suya. Metí lo primero que encontré en una maleta, bajé las escaleras sin mirar atrás y me subí a su coche. No lloré. No aún. Las lágrimas venían enlatadas, esperando el momento preciso para derramarse sin permiso. En su departamento, me dio una manta y me preparó té, aunque sabía que lo detestaba. Me senté en el sillón sin saber por dónde empezar. Ella se sentó a mi lado, en silencio, como si entendiera que las palabras iban a salir cuando pudieran. —Fue con Nick —dije al fin—. Pasó todo eso con Nick. Tammy no fingió sorpresa. No hizo un gesto dramático. —¿Desde cuándo? —Desde hace semanas. Chasqueó los dedos. —Y tú querías ocultarlo a toda costa, ¿no te advertí esto? ¿No te dije lo que pasaría? Asentí con la cabeza. Ella me miró. No con juicio, sino con una mezcla de cariño y frustración. —No puedo decir que me gusta lo que hiciste, Bea. Porque no me gusta. Es un hombre mucho mayor. Y fue el mejor amigo de tu papá. Pero tampoco te voy a dar la espalda. Porque sé cómo eres. Y sé que si llegaste hasta ese punto... es porque te sentiste vista. Por alguien que te hizo sentir viva. ¿Estoy en lo cierto? No pude contestarle. Se me cerró la garganta. Y cuando menos lo esperé, el llanto empezó. Desordenado, crudo, sin elegancia. Tammy me abrazó sin decir nada más. Sólo me sostuvo. A veces, eso era más que suficiente. Dormí en su sofá esa noche. Sin sueños. Sin ruido. Como si mi cuerpo estuviera en huelga de emociones. Pero al fondo, muy al fondo, sabía que lo peor aún no había pasado. Porque el verdadero infierno es enfrentar lo que queda después del deseo. [...] Unos días después de convivir con Tammy, Gabriel me llama para ir a su penthouse. No quería ir a su casa. No después de todo lo que había pasado. Pero necesitaba distraerme, demostrarme que el mundo seguía girando aunque en la casona Holloway hubiera implosionado. Me recibió con una sonrisa suave y esa mirada limpia que siempre parecía ajena a cualquier tipo de drama. Fuimos a cenar a un restaurante tranquilo cerca del puente de Chelsea, uno de esos lugares donde todo parece cuidado pero nada quiere parecer ostentoso. Comimos sushi. Gabriel sabía exactamente qué pedir, cómo combinarlo, cómo hacerme sentir cómoda sin forzar nada. Fue… agradable. Y eso lo hizo aún más difícil. —Dicen que la empresa de tu papá y la de Rowan no llegarán a ningún acuerdo para fin de año —dijo, tomando un sorbo de sake—. Hay rumores fuertes de quiebre empresarial. ¿Sabes algo de eso? Lo supe. Lo supe en cuanto me miró con esa mezcla de curiosidad y buena fe. No era una pregunta malintencionada. Era simple interés. Pero a mí me atravesó como una daga. Porque lo sabía. Porque yo lo había causado. —No —mentí, con una sonrisa rápida—. Mi papá no ha dicho nada. Seguro son solo habladurías. Gabriel asintió, aunque no parecía convencido. —¿Y cómo está él? Tu papá, digo. —Bien. Todo bien —insistí. Y la mentira me dejó un sabor agrio en la boca. —¿Es un bien de todo bien o un bien de todo mal? No dije nada, agaché mi cabeza. —No me estoy hablando con él... —dije apenas pude—. Hice algo malo. Gabriel asintió. —Pues era obvio, Bea... —abrí mis ojos sorprendida, él se acomodó en la silla mientras tomaba los palillos—. La tensión, las miradas, el ambiente... ¿No era suficientemente obvio lo que te pasaba con Nick Rowan? No supe que decirle. —Pero te lo puedo explicar... —No tienes nada que explicarme. Si fuese una mujer hermosa como tú, yo haría lo mismo. ¿Quién no? Quería que la tierra me tragase. No dije nada durante la cena más que charlas sin sentido. Nos despedimos con un abrazo largo, de esos que duran más de lo necesario pero no terminan en beso. Gabriel era eso: la versión segura de una historia. Pero yo ya no pertenecía a lo seguro. A la mañana siguiente, me despedí de Tammy. Mientras esperaba ver pasar un taxi, vi su camioneta en la acera de enfrente. El Range Rover n***o. Estacionado frente al edificio. Inmóvil. Imponente. Como si nunca se hubiera ido. Nick. Me acerqué con cautela. Él bajó la ventanilla y me miró como si estuviera viendo un recuerdo que no sabía si quería revivir. —Tenemos que hablar —dijo. Solo eso. [...] Subí al coche. Luego de dejarle mis maletas a Tammy. No hablamos en todo el camino. Tomó la carretera hacia la costa, sin explicaciones, como si el mar fuera el único lugar donde las cosas pudieran decirse sin romperse por completo. Nos detuvimos en un muelle desierto, donde las gaviotas eran las únicas testigos de lo que estaba por pasar. El aire era frío. Cortante. Pero nada dolía más que su voz. —Se acabó —dijo, mirando al horizonte—. Todo terminó para mí, Bea. Tu padre se desligó del trato con la empresa. Ya no somos socios. No hay vuelta atrás. —Nick, lo lamento… —No, no lo lamentas —me interrumpió, con una risa amarga—. O sí, pero no por esto. Porque sabes que nada de esto habría pasado si yo no te hubiera mirado… como no debía. Me quedé helada. Cada palabra era un golpe seco. Cada silencio, una herida nueva. —¿Eso piensas? ¿Que todo esto fue solo por cómo me miraste? —No lo sé, Bea. No sé qué pienso. Solo sé que esto... esto nos destruyó a todos. Y que ya no hay nada más que decir. Y tenía razón. Porque en ese momento supe, sin espacio para dudas, que todo se había acabado. Incluso si no quería aceptarlo. Incluso si mi corazón aún temblaba por él. Mi teléfono sonó en ese momento. —Pues atiende, veo que es importante —dijo, mirando la pantalla. Claramente con la foto de Gabriel allí. —Hola, Gabriel, ¿todo bien? —murmuré apenas. —Hola, Bea, buenos días, vente a mi edificio cuando puedas. Te espero. Te envío la ubicación por mensaje. —Está bien, nos vemos allí —corté la llamada y vi que Nick me miraba con expresión extraña—. ¿Qué? Pasó por delante mío y abrió la puerta del Range. —Adiós, Bea, cuídate. No chisté, no dije nada. Simplemente me bajé de su camioneta.
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