La primera vez que lo vi

1541 Palabras
La tarde se derramaba en tonos dorados sobre los ventanales del edificio más exclusivo del país: la sede de Legrand Corporations. Altiva, moderna, indomable. Tal como él. Cecile caminaba sobre jade y cristal como quien se adentra en una selva peligrosa sin darse cuenta de que está a punto de encontrarse con el depredador alfa. Su falda apenas cubría la mitad de sus muslos, y su blusa blanca, aunque abotonada hasta el cuello, no ocultaba el suave vaivén de sus pechos bajo la tela. Su cabello caía como seda negra sobre su espalda, y sus ojos brillaban con esa mezcla maldita de inocencia y hambre. Era la primera visita académica al grupo de honor de su facultad. Solo los cinco mejores estudiantes de economía podían asistir. Ella, por supuesto, estaba en primer lugar. —Bienvenidos a Legrand Corporations —dijo una mujer de voz hueca, acompañada por una sonrisa tan plástica como su rostro—. El señor Legrand está en una reunión, pero en breve se unirá a nosotros. Lo dijo con una reverencia casi religiosa. Como si nombrarlo fuera invocarlo. Cecile se distrajo observando los cuadros de arte moderno, los pisos pulidos, la elegancia casi quirúrgica del lugar. Algo en ella se sentía fuera de lugar. Como si estuviera a punto de desobedecer todo lo que alguna vez creyó correcto. Y entonces lo sintió. La presencia. No hubo aviso. Solo un giro del mundo, un descenso de la temperatura, una electricidad súbita. Su nuca se erizó, y cuando giró, lo vio: Lucien Legrand. Traje n***o. Camisa sin corbata. Ojos del color de la noche sin luna. Mirada filosa como un bisturí. Era tan jodidamente guapo que dolía. Alto. Elegante. Masculino hasta lo brutal. Cada paso que daba parecía marcar territorio, como si el edificio entero le perteneciera porque él era su rey. Y entonces... la miró. No. La cazó. Cecile bajó la mirada por reflejo, como si temiera incendiarse. —¿Y tú? —preguntó él, ignorando a todos los demás—. ¿Cómo te llamas? Ella alzó el rostro con un temblor interno que no supo disimular. Sabía que esa no era una simple pregunta. Era una sentencia. —Cecile... Cipriano. El CEO no sonrió. Pero sus labios se movieron apenas, como si ya estuviera desnudándola con la mente. —Cecile. Eres exactamente lo que imaginé. Y aún no te conocía. ⸻ Horas más tarde, Bruno la esperaba fuera del edificio, recargado en su auto de lujo. Lucía impaciente, ansioso. Como un niño al que no le han respondido el mensaje. —Te tardaste —dijo, apenas ella llegó—. Te extrañé. Ella no respondió de inmediato. Estaba aún enredada en el olor de Legrand. En la mirada que le dejó la ropa interior húmeda. En la forma en que sus piernas temblaron cuando él se inclinó para decirle al oído, al final del recorrido: —Cuando estés lista para conocer quién eres en realidad, me buscarás. No tardes. Porque tengo hambre. Y ahora Bruno... Bruno era una sombra borrosa detrás del incendio. —¿Me extrañaste? —preguntó Cecile con una media sonrisa. Bruno la besó. Ella no se resistió, pero tampoco correspondió del todo. Le abrió la puerta del auto, y cuando subieron, lo miró con los ojos entornados. Deseaba apagar el fuego. Solo eso. —Quiero que me cojas Bruno parpadeó. Confundido. —¿Aquí? —No. En tu departamento. Ahora. ⸻ No hubo besos dulces. No hubo caricias tiernas. Cecile se desnudó con rapidez, quedó en ropa interior negra de encaje. Se subió sobre él en el sofá del penthouse, mientras él se quitaba el cinturón torpemente, desbordado de deseo. Ella lo montó sin ceremonia, sin siquiera esperarlo. Se bajó las bragas y se hundió en él con fuerza. Bruno gimió. Ella no. Ella se movía con furia. Como si buscara castigar su propio cuerpo. Como si él no fuese más que un juguete para apagar las brasas que le había dejado otro hombre. —Dímelo —ordenó ella, mientras subía y bajaba sobre su pene mojado—. ¿Quién te lo hace así? —T-tú —jadeó él, sujetándola de las caderas. —¿Quién es tu puta perfecta? Bruno la miró con los ojos abiertos. ¿Cecile? ¿Diciendo eso? —Tú... tú eres mi puta perfecta —susurró, al borde de correrse. Ella lo abofeteó. Suave. Sonrió. —No. Yo no soy tuya. Yo soy de quien me haga arder. Y con un gemido feroz, se vino sobre él. Clavando las uñas. Mordiéndose el labio. Pensando en Lucien. Bruno acabó dentro de ella segundos después, jadeando, rendido. Y entonces, Cecile se levantó. Se vistió sin mirarlo. —Eso es todo por hoy. No me llames. —Cecile, espera... —suplicó él, la voz hecha trizas. Ella giró una última vez. —Eres bueno para follar. Pero no para incendiarme. Y se fue. Dejandolo desnudo, empapado en sudor y semen, con el rostro desencajado y el alma hecha trizas. Bruno no supo qué decir. Solo la vio marcharse. Con el cabello despeinado, las medias rasgadas y el perfume a pecado todavía flotando en el aire. La llamó esa noche. Una vez. Diez veces. Veintitrés. Ella no respondió. A la cuarta llamada, activó el modo "no molestar". A la décima, bloqueó los mensajes. Y cuando el reloj marcó las 3:07 de la madrugada, le escribió un solo mensaje: "Hablamos mañana" Pero esa noche... empezaría a ser de otro. ⸻ El teléfono vibró en su mesita de noche a las 3:13 AM. Número desconocido. Cecile frunció el ceño. Dudó un segundo. Y luego contestó. —¿Hola? Hubo silencio y después una respiración baja. Masculina. Profunda. Después, una voz grave, pausada, exquisitamente autoritaria: —¿Estás sola, Cecile? El corazón le dio un salto. Reconocería esa voz incluso en medio del fin del mundo. —¿Lucien? —Te ves preciosa cuando usas esa faldita. Debí arrancártela. Ella tragó saliva. El calor se acumuló entre sus piernas como una condena. —¿Cómo conseguiste mi número? —Tengo mis formas. Soy el tutor asignado a la mejor alumna del campus desde hace dos horas. Por supuesto, esa excusa fue solo un formalismo para conseguirlo. —¿Y sabes por qué lo pedí? —continuó él, con un tono más bajo, más oscuro—. Porque no puedo sacarte de la cabeza desde que te vi. Ella no respondió. La voz de él la estaba desvistiendo. —¿Estás desnuda? —No. —Hazlo. Quiero que te toques. Ella cerró los ojos. Lentamente se deshizo del short. Luego de la blusa. El aire tocó sus pezones duros como si ya los tuviera en su boca. —¿Y ahora? —Dime qué llevas puesto. —Panties de encaje... negros. —Quítatelos. Cecile obedeció. Cada palabra de él era una orden que su cuerpo quería cumplir incluso sin permiso. —Ahora siéntate en la cama. Ábrete de piernas. ¿Estás mojada? —Sí. —Tócala. —¿La estás sintiendo? —¿Está resbalosa, suavecita, caliente? Cecile gemía ya, con la respiración agitada, mientras su dedo se hundía entre sus pliegues húmedos. —Imagina que soy yo. Que me meto en ti con los dedos. —¿Te gusta? —Sí... —jadeó ella, los ojos cerrados, la espalda arqueada. —No, no, no. Dilo como debe decirse. —Me encanta. Me estoy viniendo, Lucien. —Todavía no. No tienes permiso. Ella se detuvo. Su clítoris pulsaba con rabia. Su cuerpo pedía. Suplicaba. —¿Quieres correrte? —Sí... por favor... —Entonces usa dos dedos. Métetelos bien. Quiero escuchar cómo suenas mojada. —Imagina que te tengo amarrada de las muñecas. Que te estoy escupiendo el coño antes de metértela. Así de sucia eres, ¿verdad? —Sí, sí... soy tu puta... —Di mi nombre mientras te vienes. —¡Lucien! Y se vino. Gritando. Empapada. Temblando. Con las sábanas arrugadas y las piernas abiertas como una ofrenda pagana. Del otro lado del teléfono, su voz fue una sentencia: —Esto es solo el principio. Pronto lo harás con mi v***a adentro. Y entonces sí, pequeña, vas a arder. Cecile colgó. No podía más. Se quedó tirada boca arriba, el cuerpo extenuado, y el alma... Endemoniadamente despierta. Lucien Legrand no la amaba. La iba a destruir. Y ella... Ella se estaba entregando gustosa al verdugo. NOTA DEL AUTOR: 🔥 LUCIEN LEGRAND Edad: 33 años Nacionalidad: Francesa Ocupación: CEO y fundador de Legrand Industries, la empresa más poderosa del país. Formación académica: Graduado de la École Polytechnique (Francia), con un MBA en Harvard. También realizó estudios en psicología del comportamiento en Stanford, lo que lo hace experto en manipulación emocional. Idiomas: Habla francés, inglés, alemán y español con fluidez. Descripción física: Un hombre imponente. Mide 1.90 m, con espalda ancha, porte aristocrático y una presencia dominante que altera la atmósfera. Cabello n***o azabache, perfectamente peinado hacia atrás; ojos gris acero, fríos como cuchillas. Pómulos marcados, mandíbula tallada, labios cruelmente bellos. Siempre viste de n***o: trajes a medida, camisas con el primer botón abierto. Huele a cuero, madera y pecado. Su voz es baja, grave, como un veneno lento. Cuando entra, todos callan. Cuando mira, nadie respira. Y cuando toca, no hay regreso.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR