~* Capítulo 01: Rozándo El Éxito *~

3086 Palabras
— Allison — La última imagen desapareció y la proyección se puso en n***o; unos segundos después las luces se encendieron y el profesor Müller caminó hasta el centro del extenso pizarrón acrílico para hablarle a su audiencia. —Bueno, chicos, con esto finaliza la clase de hoy… Y el semestre, claro —concluyó con una sonrisa. Me encogí un poco cuando de pronto el salón estalló en gritos de celebración y aplausos por las palabras del hombre; me tapé los oídos, pero sonreí. Los alemanes no solían ser efusivos a menos que hubiese una buena razón, y la que compartíamos mis compañeros y yo era una muy buena. Había estado cursando el último semestre de Administración de Recursos y Finanzas. Había tardado casi ocho años, pero hoy finalmente acababa mi suplicio. No fue una meta nada fácil de alcanzar; requirió de todo mi esfuerzo, de incontables noches sin dormir, y sobre todo de muchas horas de trabajo. Finalizar mis estudios me había tomado un par de años más de lo habitual, porque además de no ser económico estudiar en la universidad de Múnich, los trabajos de medio turno que me hubiesen permitido tiempo para las clases, no pagaban demasiado. Así que había tenido que ir un paso a la vez, y con más de dos empleos en simultaneo. Pero ahí estaba, después de tanta lucha y esfuerzo, en medio de mis compañeros, con su algarabía de celebración. Aplaudí con energía varias veces; yo estaba igual de emocionada que ellos, puede que inclusive más. Había ansiado ese día desde hacía mucho tiempo. Dar por concluida mi fase universitaria significaba el inicio de otra etapa en mi vida, y aunque para eso aún faltaban algunos detalles por pulir, y el pensamiento me generaba bastante ansiedad, la felicidad era mucho más grande. Quería ser optimista y pensar que cosas buenas estaban por venir. —Les deseo mucho éxito, jóvenes —siguió diciendo el profesor, mientras apagaba el proyector por completo—. Y para los que aún esperan los resultados de sus trabajos finales… A esta hora ya la lista tuvo que haberse publicado en cartelera, así que les deseo suerte. —Me tensé al oír aquello, recordando que mi suplicio en realidad no había acabado—. ¡Ahora retírense, por favor! Mi próxima clase empieza en cinco minutos… Ya tuve suficiente de ustedes —agregó entre risas, sacudiendo la mano hacia las banquetas, haciendo que todos riéramos con él. El profesor Müller siempre había sido muy bromista, cosa peculiar considerando que era un anciano alemán, pero eso le valió para ganarse el corazón de muchos. Yo sin duda lo extrañaría. Todos empezamos a recoger nuestras cosas y fuimos saliendo poco a poco del aula. Bajé las escaleras y me encaminé hacia el área central del edificio, donde se encontraba la inmensa cartelera de avisos. A medida que nos adentrábamos en el pasillo, el gran grupo inicial poco a poco se fue dispersando. Cada estudiante se dirigió a sus respectivas clases o actividades, hasta que quedamos solo seis personas caminando por el tramo final de la zona este. No todos habíamos optado por presentar aquel trabajo y, mientras caminaba por el corredor, que se me estaba haciendo inusualmente largo ese día, empecé a arrepentirme de haberlo hecho. Pensé que quizás hubiese sido mejor solo cursar el semestre extra como casi todos, solo que a diferencia del resto, que podían dedicarle todo su tiempo a las clases, o al menos gran parte de este, a mí no me llevaría solo un semestre… Me tomaría dos, quizás incluso hasta tres, y estaba tan ansiosa por terminar que había optado por el proyecto de grado en un intento de alcanzar mis sueños más rápido. Me había partido el alma para terminarlo y estaba orgullosa de mí. El detalle era que solo hasta ese momento, a punto de conocer el veredicto, caía en cuenta de que si no aprobaba, en el mejor de los casos tendría que hacer corrección tras corrección, todas las veces que ellos quisieran, hasta que la universidad estuviese satisfecha con el resultado; en el peor de los casos… Tendría que empezar desde cero con un tema totalmente nuevo, y solo Dios sabía cuánto me llevaría eso. Tomé una profunda bocanada de aire antes de detenerme frente a la cartelera, visualicé la lista y fui bajando lentamente, leyendo nombre por nombre, sintiendo que el corazón me palpitaba directamente en los oídos, pero de pronto todo quedó en silencio. Casi al final, en letra Arial, encerrada en uno de los diminutos rectángulos de aquella tabla, estaba mi nombre: Mason Turner, Allison Johana. No me detuve a enfadarme porque lo transcribieran mal. Esa "N" faltante en mi segundo nombre era la menor de mis preocupaciones en ese momento. Marqué el espacio con mi dedo índice y lo fui desplazando poco a poco hacia la derecha de la hoja, buscando el resultado. Al leerlo, pude escuchar el coro de los ángeles, y fue entonces el momento de sonreír; cuando vi la palabra "Aprobado" comprendí que jamás en mi vida había estado tan contenta de ver mi nombre escrito en ninguna parte. Solté un agudo chillido de alegría y empecé a saltar en el sitio. Había aprobado mi proyecto final; ese era uno de los momentos más felices y satisfactorios de mi vida. Realmente lo había logrado, todo el sacrificio y el esfuerzo valieron la pena, todo había terminado y estaba lista para otras cosas… Mis sueños aguardaban por mí. —Por tanta algarabía asumiré que aprobaste. —Me sobresalté al escuchar la voz de Erika a mi lado. La sorpresa de encontrármela ahí tan de repente casi me hizo perder el equilibrio, pero cuando enfoqué la mirada en ella noté que parecía estar ansiosa por la confirmación. —Sí… ¡Aprobé! —Extendí los brazos hacia el cielo mientras sonreía, más feliz de lo que había sido nunca. Me dedicó una gran sonrisa, y empezó a dar pequeños saltos conmigo, pero luego se frenó y frunció el ceño. —Pero, espera… ¿Sin cambios? ¿Correcciones? ¿Nada? —preguntó, tomándome por los hombros y sacudiéndome para que me detuviera. Yo empecé a negar con la cabeza, sonriendo con superioridad. —No, nena… Fue un aprobado rotundo. —Afirmé y entonces ella se permitió perder la cabeza igual que yo. Erika era mi mejor amiga y compañera de piso, o por lo menos lo sería por un par de días más. Ella había empezado a sacar sus cosas, ya que se mudaría a Hungría con Björn, su recientemente anunciado prometido. Ellos, al igual que yo, estaban finalizando sus estudios en Múnich, pero dado que a él le hicieron una jugosa oferta de trabajo en el país vecino… Habían decidido comenzar su vida juntos allá. Para mí no había nadie mejor que ella para celebrar justo en ese momento. Éramos amigas desde la secundaria y llevábamos cuatro años viviendo juntas. Habíamos hecho buenas migas desde que llegué a Alemania más de una década atrás y desde entonces habíamos sido inseparables. La adoraba así como ella me adoraba a mí, y aunque al comienzo me sentí un poco traicionada por su abandono, comprendí que ella también estaba siguiendo sus sueños. Solo que pese a haber madurado juntas, Erika y yo éramos manzanas de árboles distintos; de hecho, a veces llegaba a pensar que ni siquiera eso; ella era una manzana, y yo era algo similar a una toronja. Mientras yo pensaba en emprender un negocio propio y ser dueña de mi destino, como toda una mujer moderna y empoderada, Erika, quien siempre fue de aspiraciones más dulces, soñaba con casarse con un buen hombre, tener una hermosa casa, y muchos niños. Casarse con Björn y mudarse con él era el primer paso para llegar a eso, y yo tenía que respetarlo. Con ella había aprendido que cada persona tiene sus sueños y aspiraciones, y ninguno era más digno de admiración que el otro. —Estoy tan feliz por ti, Allie. Llegué a la universidad y solo estaba al pendiente de esto. Quise venir a ver si conseguía la lista. Qué bueno que te encontré aquí. —Se acercó y me dio un fuerte abrazo. —Lo sé, muchas gracias, Eri… Te hubiese llamado de inmediato si no hubieses aparecido, te lo juro; tenías que ser la primera en enterarse —respondí mientras le regresaba el abrazo —, ¿pero, en serio, solo a eso viniste? No tenías que tomarte tantas molestias. —No, no… Aún me queda una clase con Klaus, y debo darme prisa si no quiero llegar tarde. Sabes que ese hombre me odia. —Puso los ojos en blanco antes de mirar la pantalla de su teléfono—. De hecho, ya voy muy tarde… ¿Hablamos luego, sí? Esto hay que celebrarlo antes de que me vaya. Te llamaré. —Se dio la vuelta y agitó su mano mientras se alejaba rápidamente. La miré sonriendo hasta que desapareció de mi vista. Aparecer de la nada y marcharse en medio de gestos apresurados era tan típico de Erika que ya ni me molestaba en responderle sus despedidas. En serio la iba a extrañar muchísimo, y aunque aún me sentía un poco en negación, sabía que se me venían unos cuantos días de solo cenar helado mientras lloraba viendo televisión. Me di la vuelta y, dándole un último vistazo a la cartelera y sonriendo, empecé a caminar hacia la salida del edificio. Era hora de ir al trabajo, siendo finalmente una mujer libre de cualquier otro compromiso. Cuando crucé la puerta, todo parecía sentirse distinto. El sol era más radiante, la brisa más fresca; incluso las hojas de los árboles eran más verdes y vibrantes. Sabía que estaba haciendo de tonta caminando por ahí con aquella ridícula sonrisa en el rostro, después de todo… Era solo un estúpido estacionamiento, no la Marienplatz en plenas ferias de diciembre, pero la felicidad que sentía en ese momento me estaba haciendo delirar. Me sentí tan realizada y exitosa, que quise compartirlo con alguien más que solo con Erika; quería que todo el mundo lo supiera. Tomé mi celular y abrí la lista de chats. Una de las primeras imágenes que vi fue la de mi padre, pero me dije a mí misma que a él lo dejaría para después. Podría ir a visitarlo en unos días y decírselo en persona. Su alegría seguramente podría compararse a la mía; era probable incluso que llorara, y eso no quería perdérmelo. Así que seguí deslizando la pantalla hasta llegar a los chats más antiguos, esos que casi nunca tocaba, y tras meditarlo un par de segundos, decidí hacerle una videollamada a mi madre. Para mi sorpresa, solo tuve que esperar un par de segundos antes de que contestara, y al verla en la pantalla solo pude apretar los labios y controlar el impulso de torcer los ojos. Elisa Hamilton se veía exactamente como uno podría imaginarse al escuchar su nombre. Su cabello rojo estaba recogido en un aparatoso moño en el tope de su cabeza, y llevaba puesto un vestido verde oliva de seda que a todas luces era de diseñador. En el cuello llevaba un ostentoso collar de perlas, y su maquillaje era más que perfecto. Mi madre ciertamente le sacaba provecho a su posición actual. —¿Allie? ¡Qué sorpresa! Hace años que no me llamas. —Frunció el ceño mientras se quejaba. —No exageres, madre, hablamos la semana pasada, ¿recuerdas? —argumenté poniendo los ojos en blanco, aunque en realidad no sabía cuánto había pasado desde la última vez que hablé con ella. —No exagero, porque te recuerdo que fue hace tres semanas. —Apretó sus labios de carmín con desaprobación. En opinión de mi mamá, yo debía llamarla a diario, sin excusas, pero ella podía permitirse olvidar llamarme por todos los compromisos que debe cumplir en su nueva vida de aristócrata. No entendía que el "mantenerse en contacto" era un canal de dos vías… O quizás simplemente no le importaba. —Vale, vale… Lo siento. —Corté el tema rápidamente sin querer darle largas al asunto—. ¿Vas a seguir reprendiéndome, o dejarás que te diga para qué te llamé? —Enarqué una ceja; ella imitó mi gesto unos segundos después y asintió. —De acuerdo, para que te dignes a llamarme voluntariamente debe ser algo importante… Sorpréndeme. —Accedió apretando los labios una vez más. Aquel era un gesto bastante recurrente en mamá cuando hablaba conmigo. —Pues te llamé para informarte que ya soy técnicamente una licenciada. —Mamá abrió los ojos de par en par y se irguió un poco en su asiento antes de sonreír. —¡Oh, tesoro! ¿Aprobaste? ¡Qué emoción! Estoy tan orgullosa de ti, cariño —exclamó contrayendo la cara, como si estuviese a punto de llorar— Felicitaciones, sé que te esforzaste mucho para lograrlo… ¡Con todas las carencias que tienen por allá! Su expresión se fue apagando a medida que hablaba, mostrando mayor pesar al decir lo último. —Sí, no puedo explicarte lo feliz que me siento. —Ignoré su comentario final porque de verdad no quería estropear mi buen humor, pero ya estaba empezando a arrepentirme de llamarla. Por como hablaba mi madre, cualquiera pensaría que yo comía tan solo una rebanada de pan al día y tenía que comprar ropa de segunda mano para poder sobrevivir, pero claro, si tomaba como referencia las elegantes prendas que ella vestía día a día solo para sentarse a leer en el jardín y los exquisitos platillos que preparaban sus sirvientes, no era raro que pensara así. Vivir como lo hacía yo debía ser una abominación para ella. Sabía que en el fondo mamá no me había perdonado el haber elegido irme con papá cuando se divorciaron; pero como yo tampoco le perdoné del todo habernos cambiado por un tipo pomposo con título de nobleza y millones en su cuenta bancaria… me gustaba pensar que estábamos a mano. Le guardaba rencor por lo que había hecho, pero siempre procuré mantener el contacto con ella, aunque la mujer me lo hacía difícil algunas veces, pero era algo que le había prometido a mi padre, así que me esforzaba en cumplir mi palabra. —¿Debo suponer que ahora empezarás a buscar un empleo de verdad, cierto? Me refiero a algo más… digno de una señorita. —El desdén con el que habló y el gesto que usó, me hicieron enfurecer de inmediato. Todo eso confirmaba mi pensamiento anterior, y demostraba sin problemas por qué habían pasado tres semanas desde la última vez que hablamos. —Mamá, te repito por vigésima octava vez: Es un bar, no un prostíbulo. Trabajo sirviendo tragos, no bailando en bikini por billetes, e incluso si fuese así… Yo ya estoy grandecita; nadie te culpará por mis decisiones —siseé, dejándole ver mi molestia, cosa que por lo visto a ella no le afectó. —Lo sé, lo sé, pero es que nada más de imaginarte en un ambiente tan decadente; es indignante pensar en mi hija trabajando en un sucio bar, lidiando con ebrios toda la noche, solo porque tu padre no puede darte una vida digna. —Mi padre ya no tiene que darme nada, mamá. —La corté, antes de que siguiera despotricando contra papá. Eso nunca se lo permitía—. Te recuerdo que soy una adulta de veintiséis años, y ni siquiera vivo con él. Tengo la obligación de cuidarme sola, sin que tú o papá interfieran. —Sé que no eres una niña. Pero si por mí fuera, estuvieras aquí y… —¿Viviríamos las dos a costa del dinero de Roger? —Me encontraba ya completamente fuera de mis cabales en ese momento, importándome poco ser diplomática por el bien de nuestra relación de madre e hija. Ella jadeó de sorpresa y se llevó una mano a la boca. —¡Allison Johanna! ¡¿Cómo te atreves a hablarme así?! —Usó su bien trabajado tono de ofendida, ese con el que durante mi niñez tanto me manipuló; pero como ya habíamos dejado claro… Yo no era una niña. —Lo siento, madre, pero es que no estoy interesada en formar parte de la fabulosa familia Hamilton. Tampoco creo que encajara muy bien allá; de seguro viviría avergonzándote por mi falta de etiqueta y protocolo a la hora de cenar, además es probable que escandalizara a todos cuando me vieran esto. —Hablé en tono burlón antes de inclinar un poco el teléfono hacia mí para poder enfocar hacia la parte izquierda de mi clavícula, adornada con tres hermosas mariposas monarcas. La escuché jadear. —¡Allison! ¿Pero qué demonios te hiciste en la piel? —Sus preciosos ojos verdes casi se salen de sus cuencas al ver lo que le señalaba. —Cuida tu lenguaje, madre. No querrás que te quiten el título por eso. —La reprendí con sarcasmo. —No entiendo por qué debemos acabar así siempre, Allison. —¡Porque siempre sales con algún comentario desdeñoso y lo arruinas todo! —exclamé enfadada, pero luego recordé dónde estaba y me calmé; no quería dar un espectáculo en público—. Pero… ¿Sabes qué? Es mi culpa. Siempre le doy mucha importancia a lo que dices. Y ni siquiera sé por qué pensé que llamarte sería buena idea. —Tesoro… —Empezó a decir ella en tono indulgente, como siempre queriendo hacerse la víctima de la situación. —¡Adiós, mamá! Ya no quiero hablar, y la verdad es que voy tarde para ese horrible trabajo de mala muerte que tengo. ¡Hasta dentro de tres semanas! —exclamé con una hipócrita sonrisa, antes de cortar la comunicación. Gruñí y apreté los puños con fuerza, dejando salir el enojo que tenía. Siempre era lo mismo; no importaba con qué tanta buena fe yo le llamara primero, mi mamá siempre lograba hacerme enfurecer con sus aires de superioridad. Solté el aire con violencia una última vez y miré de nuevo la pantalla del teléfono. Abrí los ojos de par en par cuando vi la hora. —¡Maldición! Sí voy tarde. —Guardé el aparato en la cartera y me apresuré hacia la parada de buses. Ya había perdido el que correspondía a esa hora, pero con algo de suerte tomaría el siguiente y llegaría justo a tiempo… O eso esperaba. «Franz va a matarme», pensé sin dejar de correr.
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