Nate Y entonces, aparecieron: la rectora, acompañada de su hija. Mi corazón dio un vuelco al verla. Esa cara, la misma de la mujer que amaba, pero torcida por el desprecio y la traición. Caminaban con calma, como si supieran que ya habían ganado. La rectora, con su porte imponente, y esa Lena, con esa expresión fría que me erizaba la piel. Todo a mi alrededor pareció detenerse. Los guardias dejaron de atacar por un segundo, manteniendo una formación, como si estuvieran esperando instrucciones. —Se acabó, Nate —dijo Lena, su voz gélida, tan familiar pero tan lejana. Mis ojos se encontraron con los suyos, y por un momento, ví el dolor que sentía por su propia traición. —Lena, no tienes que hacer esto —dije, intentando sonar firme, aunque por dentro sentía cómo todo se desmoronaba.
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