—Vamos. El asistente, visiblemente preocupado, le advirtió a Selene en voz baja: —Ten cuidado con ese cliente... no se habla muy bien de él. Selene se quedó atónita por un momento, pero luego sonrió con confianza: —Gracias, tendré más cuidado. El rostro del asistente se sonrojó ligeramente y bajó la cabeza en silencio, con una inocencia casi infantil. La sala privada ya estaba reservada, y un camarero los guió al entrar. Como aún no llegaban las personas de la otra empresa, Selene y el asistente se sentaron para mirar el menú. Diez minutos después de la hora acordada, se escucharon ruidos afuera. —¿Es aquí? —preguntó una voz arrogante. Selene frunció el ceño al oír el tono, pero disimuló su disgusto y se levantó con una sonrisa cortés. —Buenas noches, señor Dante. Soy la represen

