Cuando Regina salió del baño, su corazón aún latía acelerado, como si la angustia no la dejara respirar. Miró a Máximo, recostado en la cama, esperándola. La luz tenue de la habitación proyectaba sombras suaves en su rostro, y él la miraba con esa sonrisa despreocupada que siempre la había desconcertado. —Nada te preocupa, Máximo, pero... yo estoy angustiada por dentro. —susurró, la voz quebrada por la ansiedad que la consumía. Se acercó lentamente y se metió en la cama, pero Máximo, como siempre, no la dejó escapar de su abrazo. La rodeó con fuerza, como si quisiera envolverla en su calma, aunque ella no podía dejar de sentirse perdida. —Tengo el remedio perfecto para que dejes de angustiarte. Solo tienes que tocar... una parte de mi cuerpo alargada, venosa, gruesa... bastante ca

