—¡No quiero que Regina ponga un pie en esa casa de hienas disfrazadas de humanos! —exclamó Horacio, golpeando la mesa con el puño, lleno de rabia y temor—. ¡Es como enviarla al matadero, Máximo! ¿No lo ves? ¡Es mi hija, por Dios! ¡No podemos permitirlo! Su voz quebrada retumbó en la habitación, impregnando el aire de una angustia punzante. Los ojos se le humedecieron, aunque su orgullo no le permitió derramar una sola lágrima. A su lado, Regina lo miraba con el corazón encogido, sintiendo el peso del amor desesperado de su padre. Máximo guardó silencio por un segundo. No porque dudara, sino porque entendía perfectamente el miedo que estaba arrasando a Horacio por dentro. Él también lo sentía. Lo sentía con cada latido, con cada pensamiento. Pero había algo más fuerte aún: su decisión de

