Keane y Santiago llegaron tambaleándose a la mansión Giralt. Apenas Ximena los vio cruzar la puerta, casi dejó escapar un grito ahogado. —¡Hijo! ¿Qué te pasó? Se lanzó hacia Keane, sus manos temblorosas recorrieron su rostro hinchado y el golpe oscuro que manchaba su mejilla. Santiago no estaba mejor, su labio partido y el moretón en su pómulo contaban la misma historia. Dinorah y Mauro se acercaron apresurados, sus rostros reflejaban una mezcla de incredulidad y angustia. Mientras tanto, Piero, de pie junto a la mesa, apenas reprimió una sonrisa. Fingía estar ocupado sirviendo el desayuno, pero en realidad disfrutaba cada segundo del espectáculo. Le fascinaba ver a ese par heridos, tal como había disfrutado colocando cámaras ocultas en la habitación de Santiago, asegurándose de

