CAPÍTULO TREINTA La mujer con la cinta de pelo, con el cabello desteñido tan a fondo que se veía rubio, apretó sus dientes y en su cara apareció una mueca. De repente ella estaba gritando también, inclinándose por un costado de Ray de tal manera que su nariz estaba a centímetros de la de Jan. —¡Perra, no me andes acusando! —¿Qué le hicieron a mi amiga? —gritó Jan en respuesta, sin ceder un centímetro. —¡No manotees de esa manera delante de la cara de mi mujer! —bramó el hombre esposado, tratando de incorporarse. —Cálmense todos —dijo Ray mientras ponía su mano izquierda sobre el hombro del sujeto, manteniéndolo con firmeza donde estaba. Con su antebrazo derecho, hizo retroceder a la mujer de la cinta de pelo unos treinta centímetros, abriendo algo de muy necesitado espacio individual

