Mi madre había fallecido cuando regresé de la cafetería. Uriel me pidió acompañarlo, pues ella había dejado una carta. Sabía el contenido de la misma. Vi cuando sacaban el cuerpo en una camilla, salí del consultorio. Lloré... Agarré su mano yerta y la posé en mi mejilla. Madre, te perdono por todo, no era tu culpa, era la enfermedad. Rosantina acudió al separarme del cadáver. Quería llorar por su pérdida, su muerte acompañado. Antes debí a haberle hablado, tal vez me hubiera visto, quizá me reconociera entre los visores de sus delirios agonizantes. Ella prevalecerá en mi corazón hasta el día de mi muerte. Jamás dejará de ser mi madre. Pasaría un año. Rosantina y yo nos volvimos aún más unidos que antes. En los días de visita había alguien especial esperándonos. Kitna después de clase
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