Avancé a las puertas de las aulas. Alcanzo a ver un extintor, un estante con trofeos, una cartelera en la pared, pancartas informativas sobre salud cerca de la puerta que conduce a la enfermería. Entro a la enfermería, alumbro un esqueleto en una esquina. Reviso el escritorio, vacío; reviso el botiquín de primeros auxilios en una vidriera atornillada en la pared a la altura de la enfermera omnipresente. Aunque ella no esté aquí puede sentirse una presencia en la estancia. Encuentro pastillas para desinflamar dolores, me tomo una, necesito concentración y el dolor del hombro es insoportable. Guardo la gaza, pongo un poco de alcohol en un algodón, ardiéndome la nariz por el olor transigente, y procedo a respingar al desinfectarme las pequeñas cortadas que me hizo el exterior. Salgo y la se

