Me paré frente a su puerta, respiré hondo como si me fuera a lanzar de un avión sin paracaídas, y toqué. Ya no había marcha atrás. A menos que quisiera lanzarme escaleras abajo. La puerta se abrió al instante, ni tiempo para entrar en pánico o echarme para atrás. Ahí estaba él—con traje. Pero no uno cualquiera, no uno para videollamadas o para poner celoso a un ex en redes, sino de esos que te dicen "soy millonario" y "jamás hago fila". Se notaba que estaba por salir. ¿Una cita, quizás? Seguro con alguien alta, de porte clásico, y que no se asusta con los carbohidratos. El arrepentimiento me dio un puñetazo en el estómago y di un pasito hacia atrás, replanteándome toda esta locura. Pero él me hizo un gesto con la mano, como diciendo que esperara. Estaba al teléfono, con toda la fac

