Mi papá insistió en que regresara a la casa, así que subí al coche con los escoltas, tratando de calmar la ansiedad que no dejaba de crecer en mí. El ambiente estaba pesado, tenso, como si algo estuviera por suceder. Los hombres a mi alrededor no dejaban de observar la carretera, atentos a cualquier movimiento extraño, pero algo se sentía raro. Mientras íbamos por la calle, el coche que nos seguía desde hace un buen rato de repente aceleró y se colocó justo delante de nuestro vehículo, obligándonos a frenar de golpe. No hubo tiempo para reaccionar. Apenas logré darme cuenta de lo que sucedía cuando escuché el ruido de disparos, el sonido del metal perforado por las balas. Mis escoltas, entrenados para situaciones de este tipo, no tardaron en responder. La violencia estalló en un abrir y

