—¿Uria?—la buscaba desesperadamente temiendo haber perdido a su figura materna de nuevo.— ¿Os habéis marchado?— no solo la casa estaba vacía, además parecía que un huracán había arrasado la casa silenciosamente mientras ella dormía.
Uria habría matado al causante de aquel desorden.
En ese momento dejó de preocuparse por sí misma y lo sola que iba a encontrarse, para empezar a sentir que le faltaba el aire al haber una posibilidad de que su maestra estuviera en peligro.
—¡Ayuda! ¡Socorro!¡Uria!— pero nadie estaba cerca para oírla sollozar a gritos en aquel frío bosque.— ¡Elaia! — por su mente apareció la imagen de la tentación de ojos marrones.—¡¿Dónde estáis?!
Tuvo que cerrar la boca para escuchar los pasos aproximándose hacia ella.
—¿Quiénes sois?— entre la muchedumbre creyó reconocer un par de rostros como vecinos del pueblo, pero ella solo había estado allí un par de veces.
—¡Ahí está la bruja!— gritó enfurecido un hombre que blandía su herramienta de campo como si fuese el mismísimo tridente de Poseidón.
Lea deshechó la idea de pedir ayuda a las gentes del pueblo y comenzó a correr.
—¡Es la culpable que que mi mujer sea yerma como la ceniza!— sobra decir que Lea no tenía nada que ver con que aquella mujer de unos cuarenta y tantos años no pudiese tener descendencia.
—¡Ella envió la última gripe!— tampoco era una experta propagando gérmenes.
—¡Y la sequía!— ni mucho menos controlaba las precipitaciones.
Lea sintió algo mordiendo su pierna, pensó que serían las fauces de un perro de caza, pero resultaron ser los dientes de leche de un niño.
Aquel pequeño bastardo con complejo de animal hizo que bajara la velocidad y la alcanzaron.
—¡Observad lo blanca y limpia que está su piel!— una mujer agarró su pelo y la hizo caer al suelo.— ¡Ha hecho un pacto con el diablo!— el murmullo general le dio la razón a aquella loca amargada.
—¡A la mazmorra con ella!