Llegaron a la plaza, la poca acción que había en aquel pueblecillo tenía lugar allí. Lea había estado un par de veces, haciendo recados para Uria, por eso reconoció algunas caras entre el público. —¡Estúpidos!¡Soy inocente!— no pudo evitar gritar asustada pero solo consiguió avivar la ira de las gentes. —Silencio.— el viejo se bajó del corcel y la arrastró hasta el centro de la plaza usando la fuerza de la que ella estaba escasa en esos momentos. —¡No podéis matarme por no ser como vosotros!— las lágrimas que se había propuesto mantener a raya caían en cascada por sus mejillas rompiendo su promesa una tras otra. —Que no os engañen sus falsas lágrimas, esta amante de Lucifer sabe imitar nuestro comportamiento pero no siente nada.— el viejo se puso en modo de orador, solo entonces Lea s

