CAPÍTULO 1 - Aaron

1603 Palabras
Aaron Messina miró el reloj en su muñeca y suspiró. Eran casi las cinco de la tarde y la oficina era un maldito hervidero; el lanzamiento de la nueva aplicación estaba a la vuelta de la esquina, el prelanzamiento había superado las expectativas y eso agregaba más presión a todo. Los inversionistas querrían hacer de eso un espectáculo digno de un Oscar, porque últimamente todo debía ser con bombos y platillos, parafernalias para las nuevas generaciones de empresarios que se denominaban a sí mismos millennials o Generación Z. Se sentía decepcionado; tenía ya tres días saliendo de la oficina a las nueve o diez de la noche para retornar a las ocho en punto de la mañana. Mismos tres días que llevaba sin ver a Connor, porque entre sus ocupaciones y la distancia entre sus departamentos era jodido verse. Y lo extrañaba. A diferencia de Connor, que con sus veintinueve años a veces actuaba todavía como si fuese un adolescente, él no tenía tantos reparos en asumir que su relación estaba pasando a otro nivel. Después de la experiencia con la tal Ría, las cosas entre ellos se tornaron diferentes, un tanto incómodas al principio, pero luego todo encajó en su lugar; así que cuando se quitaron la presión de si sí o si no, todo fluyó de forma natural. Tal vez el principal problema era que él había pasado las barreras de los treinta y Connor no. Después de los treinta las opiniones de los demás dejaban de afectarte tanto; no importaba si eras soltero o no, o si decidías salir del clóset, ser pansexual o casarte con un taco. Él ya tenía treinta y tres, así que… Se acercó al ventanal de su oficina y observó el distrito de Broadway y el horizonte que le permitían ver los rascacielos circundantes al Marine Midland Building; se sacó la chaqueta de su traje. Si se iba a quedar en la oficina, por lo menos podía ponerse cómodo. Agosto estaba llegando a su fin y septiembre se precipitaba extrañamente caluroso sobre Manhattan. Se sacó los gemelos y los guardó en el bolsillo de su camisa color crema; se arremangó hasta los codos, dispuesto a revisar las métricas para ver si lograba salir de allí en unas dos horas. Solo que el taconeo que se aproximaba por la sala frente a su oficina le indicaba que no iba a tener tanta suerte; levantó la vista de los papeles que estaba leyendo y vio a la despampanante morena que se acercaba a él. Lo bueno de tener divisiones de vidrio en la oficina era que podía supervisar a sus empleados inmediatos con echar solo un vistazo. Lo malo era que, si quería esconderse y escapar de alguien, era imposible. En realidad, el problema que tenía con Ivy Irons se debía a que la situación entre ellos casi rayaba el acoso s****l, todo por culpa de Connor y él mismo. Después de la experiencia del Concorde, ellos habían intentado volver a repetirla con otras mujeres, y él sugirió que Ivy era una buena opción: segura de sí misma, desinhibida y hermosa, pero sobre todo, había dejado en claro que en ese momento de su vida ella no perseguía ningún romance y todos sus esfuerzos estaban enfocados en su carrera. En resumen: la mujer perfecta, porque luego no tendría que lidiar con posibles relaciones románticas a futuro. Solo que las cosas no se dieron del modo que esperaban. Cuando la abordaron en la fiesta del aniversario de la empresa cuatro meses atrás, y luego se fueron los tres a un pequeño cuarto depósito en la oficina, Ivy no les inspiró ni un mal pensamiento; sus poses obscenas, sus vulgaridades pornográficas desinflaron cualquier posible humor. Por suerte, fueron salvados por la campana: un ruido los alertó de que se acercaban y decidieron dejarlo para "otra ocasión". Y ella insistía en saber cuándo sería la otra ocasión. Un segundo intento fallido con una desconocida en una discoteca les hizo desistir de volver a intentarlo; si hubiesen logrado armonizar con una tercera mujer en sus intimidades, posiblemente hubiese aliviado la tensión de Connor con respecto a su identidad. Pero no podía culparlo; él venía de un ambiente homofóbico, era injusto presionarlo a hacer pública su relación simplemente para que él estuviera cómodo. Ser gay no iba a mermar su propia credibilidad en la oficina y los negocios; ya conocía varias parejas homosexuales en el medio, y algunos de sus miembros eran despiadados negociantes y sanguinarios abogados. La puerta se abrió e Ivy le sonrió con lascivia. «¡Maldición! ¿No se cansa?», pensó. Le sonrió con cansancio y se concentró en sus papeles; esperaba que entendiera la indirecta. —Buenas tardes, Aaron —le dijo la mujer—. ¿Te quedarás esta noche de nuevo? Hizo énfasis en la última parte, una clara invitación para que se pasara por su piso y tal vez se revolcaran en el cuarto de suministros de papelería. —Estoy a punto de terminar, Ivy —le informó sin levantar la vista de la gráfica que estaba analizando. Había un número extraño allí; tomó nota en su libreta y continuó—. De hecho, tengo planes. —Era mentira, pero ella no tenía que saber eso—. Debo visitar a mi madre. —La farsa le salió con facilidad, así que se aferró a ella como un clavo ardiente. —Oh, es lindo que seas de los hijos que se interesan en sus padres —dijo ella casi mecánicamente—. Vine para informarte que ya reservamos el salón del Park Lane para el lanzamiento. —Eso es excelente, gracias por informarme. —Y ya confirmamos que los quince inversionistas van a ir con un acompañante, más los doce ejecutivos con sus acompañantes, todos ellos para el banquete. Y también se pasaron las invitaciones para el equipo de la oficina y la prensa para la conferencia y el cóctel posterior —le explicó con suficiencia—. ¿Quieres que vayamos juntos? Aaron levantó la vista de los papeles; Ivy lo miraba con un brillo ávido en sus ojos de color verde agua. Era una mujer muy hermosa, en verdad lo era, pero él en definitiva no estaba interesado. —Agradezco tu invitación, pero le dije a mi amigo Connor y quiso venir —reveló—. Espero que con esto sí se decida a invertir. —Esperaba que entendiera la indirecta, pero fue todo lo contrario. Sonrió emocionada y le lanzó una mirada significativa; en un segundo se imaginó que por fin lograría acostarse con los dos. —¡Qué bueno que venga! —exclamó con voz pícara—. Seguro nos divertiremos mucho. —Aaron forzó una sonrisa y asintió sin entusiasmo. —Debo continuar —informó. Ella asintió y salió. La había cagado en grande, pero agradeció a Dios que no hubiesen llegado a nada con ella, porque si no, en ese momento estaría ahogado en la mierda. Siguió concentrado en el documento; tomó el teléfono de su escritorio, llamó al departamento de desarrollo y los increpó por el número extraño en la gráfica. Los obligó a correr una nueva prueba en la aplicación; necesitaban confirmar que todo estuviera bien. Si el resultado se repetía, se verían obligados a lanzar una actualización antes del tiempo previsto. No se percató de la hora, pero ya comenzaba a oscurecer; revisó su reloj, eran poco más de las siete. Su celular comenzó a vibrar en el bolsillo de su pantalón; sonrió cuando vio que era Connor. —¿Qué hay, campeón? —le preguntó con entusiasmo. —¡¡No vas a adivinar quién apareció hoy en mi tienda!! —soltó con premura desde el otro lado de la línea. —No tengo ni idea. —No sabía si debía preocuparse o emocionarse. —La chica del Concorde. «¡Qué demonios!» —¿Estás seguro? —le preguntó tras un par de segundos en silencio, tratando de examinar cómo le caía la noticia. Eso en definitiva era inesperado. —Seguro como la mierda, Aaron. —Su voz sonaba excitada—. Vino a acompañar a una tipa que tenía una cita conmigo por un tatuaje. —¿Y qué pasó? ¿Te dijo algo? —No estaba muy claro en cuanto a sus emociones; ciertamente ambos habían quedado prendados de la mujer, pero habían pasado seis meses, no sabían nada de ella. Bien podría estar casada, o ni siquiera vivir en Nueva York. —Bueno, sigue igual de atractiva y pícara —soltó Connor con la voz grave—. Me preguntó por ti. Una agradable sensación de sorpresa lo sacudió; ciertamente él había creído que entre ellos podría surgir una amistad. Parecía una persona agradable, pero sobre todo, segura de sí misma y lo que quería. —¿Y qué le dijiste? —¿Qué más? Que estabas bien, que todo estaba bien… —respondió el otro con seguridad. Hubo unos segundos de silencio; Aaron estaba seguro de que Connor analizaba la situación tanto como él. ¿Lograrían estrechar lazos con ella? ¿Podrían ser amigos? ¿Ría sería la causa de que se separaran? ¿Era simplemente el detonante de dos hombres que estaban juntos porque se sentían bien con su compañía pero que no significaba que eran cabalmente gays? —¡Joder! Joder-joder-joder-joder. Las exclamaciones del otro lado de la línea le indicaron que algo había sucedido. —¿Connor? —llamó su atención. —Soy un estúpido, Aaron —soltó el otro con evidente molestia—. Se me olvidó pedirle el número de teléfono.
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