Nacida con etiqueta

1648 Palabras
En una cama de hospital, una mujer en sus últimos momentos de vida, daba un último suspiro con el intenso dolor que emanaba desde su alma, esta persona era Lana Rangel. Cualquier escritor o periodista que siguiera de cerca la vida de Lana, sabría que ella había nacido con una cuchara de plata metida en la boca. Siendo Lana la única hija de las dos familias más ricas del Estado de Jalisco, México, parecería que tenía todo a su favor y que nada le faltara. Sin embargo, al menos en esta vida, parecería que todo le faltaba, hasta una mucama de hotel, llevaba mejor suerte. La familia Rangel, residía en el Estado de Jalisco, México, propiamente en la Ciudad de Arandas. Se dedicaba a la crianza y reproducción del ganado vacuno. Aunque también se dedicaba a muchos otros negocios e inversiones de alto valor lucrativo. Don Félix Rangel, era un hombre de carácter fuerte e indómito. Parecía haber aceptado su destino, el de no llegar a tener un hijo varón a quien traspasar su legado. El trabajo duro por el que lograra amasar una gran fortuna, parecía que iba a caer en manos extrañas. Solo tenía una hija hermosa, pero inútil para sus propósitos, creía él. Nunca le reclamó a su esposa por el hecho de no poder darle un hijo varón, pero su resentimiento se veía reflejado en su trato hacia su hija. El distanciamiento que mostraba hacia Lana, era evidente y cada día se hacía más grande la brecha. Por su parte, Lana, siendo una chica inteligente, sabía que su padre no estaba tan feliz con ella. Y por la misma situación, ella aprendió todo lo concerniente a las habilidades aplicadas por un hombre, solo que aún y a pesar de todo eso, Lana nunca logró convencer a su padre acerca del valor que tenía como persona. … [ En su momento de muerte, Lana estuvo consciente de toda la verdad ] Sumida y desesperada en la cama de un hospital, Lana solo recordó las palabras de su madre. “Querida hija de mis entrañas, pasa página si ves que no es allí donde debes de estar, si no te quieren, solo vete, pero no soportes una vida miserable, porque no lo mereces.” Ya era tarde para tomar el consejo de su madre, ahora estaba en la cama de un hospital, ella estaba sola y en sus últimos momentos de vida. Lana solo apretó los dientes ensartando en la carne de sus labios, porque no podía hacer nada más. La ambulancia había llegado hora y media después de que ella cayera del balcón empujada por su propio esposo, sin embargo nadie por parte de las autoridades llegó para preguntar e indagar cómo sucedió los hechos. Se dijo para sí misma, Dios, si la justicia tuya existe, yo debería tener una segunda oportunidad, y con ese pensamiento, Lana cerró sus ojos, una lágrima gruesa se dejó caer de sus ojos sin brillo. La enfermera que la había asistido hacia un momento, tendió a mover la cabeza en señal de lástima. En su mente se dijo: “Dios, es mejor tener paz y vida simple, que ser millonaria y estar solo en ese estado de miseria.” En Ciudad Arandas, casi todos hablaban de la tragedia de la familia Rangel. Se decía que era la única hija de la rica familia, y que la hija se casó, pero el esposo jamás contempló una vida con ella, era una gran lección para otros que ni todo el dinero del mundo podía hacerte merecedor de un amor genuino y leal. Momentos después que Lana muriera, Álvaro entró y dio un suspiro de alivio. Su cara no mostraba ninguna culpa o sufrimiento por el deceso de su dizque “mujer”. Más bien, Álvaro hizo una llamada a sus padres y les dio la buena noticia de que ahora ellos se convertirían en los únicos dueños absolutos de todos los negocios Rangel y asociados. En esos momentos, todavía el cerebro de Lana percibía y escuchaba lo que pasaba a su alrededor, logró darse cuenta de que todo los sufrimientos que había padecido, habían sido provocados por el hombre que su padre le había impuesto como marido. Un cadáv3er que lloraba, la enfermera Berta miró con asombro al cuerpo de Lana y dio un suspiro de resignación. Mientras que Álvaro dirigió su mirada a la enfermera Berta y ordenó que incinerara de inmediato el cuerpo de Lana. La mente de Lana, su cuerpo flotando, escuchando y viendo lo que su esposo Álvaro estaba haciendo, sintió punzadas tras punzadas al saberse víctima en todo este tiempo. Se recordó así misma el día que volvió de terminar sus estudios, su padre lo esperaba con una sorpresa no grata, venía acompañado de su supuesto prometido, Álvaro Gonzaga. Cuando Lana quiso discutir acerca de esta unión, su padre Don Félix no dejó ni que hablara. “Deberías complacerme en esto al menos, después de todo, ya es demasiado la inutilidad que tengo contigo.” Y lo peor de todo esto, es de que su padre se lo gritó delante de Álvaro Gonzaga, un completo extraño para ella. Álvaro la miró con una sonrisa torcida, se veía a leguas la frialdad que salía de él, así mismo, ese sentimiento era recíproco, Lana tampoco sentía nada por Álvaro. “Está bien padre, me casaré si eso es lo que quieres, pero quiero un contrato de por medio” exigió Lana. “Seremos un matrimonio de apariencias, no pienso tratarlo como a un esposo real.” No había acabado de decir cuando su padre, Don Félix , ya le había propinado una bofetada que la dejó viendo estrellas alrededor de su cabeza. —¡Eres una infeliz!! ¿No sabes ser agradecida, acaso? —le gritó don Félix. Agradecer por qué cosa, se preguntaba Lana, sin externar nada afuera. Don Félix solo era amable con su esposa Rosalinda, de allí, nadie podía ser merecedor de su respeto y su consideración. —De aquí a nueve meses quiero cargar a mi primer nieto —exclamó Félix con cara iracunda. —Papá, no soy una máquina, ten en cuenta mis sentimientos —replicó Lana, sin embargo, a Félix no pareció importar lo que dijera su hija. Y como si se tratara de una persona ajena a él, Félix terminó por hundir a su hija, al decir a Alvaro lo siguiente: —Allí la tienes, puedes yacer con ella desde hoy mismo si asi quieres. —el rostro de Lana palideció, no esperaba que su padre la tratara como a una de sus vacas parideras. —¡Papá! —su voz se quebró, mientras las lágrimas se derramaban por sus mejillas. —Por eso mismo, tenme muchos nietos, a ellos los abrazaré con todo mi corazón. Dicho eso, el hombre que redondeaba a sus cincuenta años, cerró la puerta del auto dejando a su hija a merced de Álvaro, que era el hijo de su amigo de toda una vida. No sabía el hombre que al tratar a su propia hija con la punta del pie, se lo estaba haciendo así mismo. Álvaro frunció un ceño mirando a Lana con escrutinio. El era un hombre mujeriego, irrespetuoso y machista, nadie en su sano juicio hubiese querido dar a su hija en bandeja de plata para que la dañara, pero don Félix lo hizo. —Señorita Lana, ¿Ya ves? Tengo toda la potestad sobre ti y sobre tu cuerpo. —sonrió de forma macabra y dijo palabra por palabra. —Pero, así como tengo a disposición tu cuerpo, también tengo a muchas mas mujeres listas para ser mías. —¡Lástima! Te voy a tomar cuando yo quiera, mientras tanto esperaré el día que me supliques que te haga el amor. El desprecio con que me miraste hace un momento, no lo dejaré pasar —agregó con mucha rabia. Álvaro dio media vuelta y se fue. Lana se quedó ahi inhibida, sentía como si toda su energía fuese drenado. No halló satisfacción al volver a casa, solo el dolor incesante. Al día siguiente, don Félix volvió a confrontar a Lana acerca de la pronta ida de Álvaro. —¿Qué pasó ayer? No me digas que no puedes siquiera tener la atención de un hombre como Alvaro? —cuestionó con insatisfacción. —¿Porque Álvaro no ha venido por ti? —el rostro del hombre estaba plegado por una sombra que impedía ver su propia naturaleza. —¿Acaso no puedes ni despertar el interés de un hombre joven? —regañó don Félix. —¡Padre, yo soy tu hija! No uno de tus negocios. —¿¡Y qué si eres mi hija!? —recriminó. —¿No eres mujer acaso? —No me trates como a uno más de tus negocios —exigió Lana. Ella ya estaba harta de ver que su padre no le hacía caso para nada y cuando lo hacía, era para humillarla. —Te he dicho y te lo diré una vez más. Para lo único que sirves, es para darme al menos un nieto saludable, sino puedes hacer eso, ¿para que sirves entonces? —Padre, ¿no te has preguntado si eso es lo que yo quiero? —otro golpe resonó en la suave y tersa piel de Lana, su padre le acababa de golpear de nuevo. —¡No desestimes mi autoridad! —concluyó Félix dando la vuelta para marcharse sin siquiera tomar el desayuno. Lana se quedó allí de pie, su mano posando sobre el lugar donde recibiera el golpe que le había dado su padre, sus lágrimas empezaron a caer mojando la piel del rostro. Su madre, Rosalía había muerto tan solo un año atrás, su padre en aquel entonces ni siquiera le había dirigido la palabra, pero ayer al dirigirse a ella, solo era para pedir algo absurdo.
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