—No van a mancillar mis aposentos—exclamaba teatralmente.
Adam y yo simplemente nos mirábamos, tratando de ocultar las ganas lo mejor que podíamos. Finalmente, acabamos todos en el suelo alrededor de las cajas vacías de pizza. El tequila y las cervezas se habían acabado, por lo que Michael había sacado un viejo ron que le había dejado su abuelo. Compartíamos de la botella, formando un semicírculo. Yo estiraba las piernas, mientras que Adam estaba atrás de mí, abrazándome con fuerza. Alex giraba la botella de tequila vacía entre sus manos, viendo con malicia a los demás. Margot fue la primera en entender las intenciones del chico de cabello blanco.
—¿Quieres jugar botella, Alex?
Asintió con la cabeza con tanta rapidez que pensé que se marearía.
—Otro juego de niños.
Me giré a ver a Nina cuando habló, por sus manos sudorosas, qué limpiaba nerviosamente en sus pantalones de vestir, pude ver que estaba muy nerviosa. Algo le había pasado antes que no le gustaba aquel juego.
—Puedes pasar si quieres, Nini—dijo su hermano.
—De acuerdo, mejor paso.
—¿Los demás?—preguntó Margot.
—¡JUEGO!—dijo William, sentándose junto a ella.
—Preferia los retos de Lele…—mencionó Anne.
—¡Podemos seguir con ellos si quieren!—mencioné—pero yo no tengo más ideas.
—¡Yo si!—la voz de Alex sonaba maliciosa.
—¿Qué tienes en mente?
Como por arte magia, le quitó la botella de ron a Michael de las manos, para después subirse a una silla.
—¡Los reto a alcanzar el chorro de alcohol que salga de la botella!
—¿Cómo es la cosa?
—A ver…¿quién quiere empezar?
Alcé la mano y Adam, que parecía conocer el juego, hizo lo mismo al momento. Lo miré suspicazmente mientras lo ayudaba a levantarse.
—¿Has jugado antes?
—Créeme nena, lo disfrutarás.
Aún más intrigada, avancé hasta quedar parada frente a Alex. Él nos indicó, a Adam y a mi, que quedáramos frente a frente. Yo solo veía la sonrisa de mi rubio, perdida en ella. Cierto era que habíamos tomado bastante alcohol, pero nuestra tolerancia era lo suficientemente alta para mantenernos tranquilamente en pie.
—Ahora, las reglas son las siguientes. Vas a seguir el alcohol a donde quiera que vaya.
—¿Cómo es eso?—pregunté.
—A ver…yo lo dejo caer—acto seguido empezó a verter el líquido en mis labios—y si me muevo…—lo alejó de mi—te mueves.
—Creo que ya entiendo.
Si estaba algo ebria para eso. Hacia bizcos para distinguir una sola línea del líquido, así que haría lo mejor que pudiera.
—¿Y Adam qué?
—Él tiene que hacer lo mismo.
—¿Por turnos?
—Ya lo verás.
No me dejó seguirle preguntando porque me empezó caer ron directamente a la boca. Comenzó a apartarlo de mí, así que avancé para tomarme directamente con la lengua de Adam que estaba haciendo lo mismo. Entonces entendí porque ese juego le gustaba tanto. Con una mirada pícara, me apresuré a alcanzar su lengua estirando la mía. Finalmente se tocaron y no pudimos aguantar más. Adam me atrajo hacia él, metiéndome la lengua directamente a la boca. Sabía a alcohol, a fiesta, a Adam, pero sobre todo me sabía a casa.
—¡No desperdicien el ron!
—Empataron—concluyó Alex—¿quién sigue?
Margot se levantó, balanceándose sobre un pie. Ella estaba definitivamente borracha, me miró haciendo bizcos para luego reírse. Se reía tanto que tenía hipo.
—¿Por…Por…por qué no pareces borracha?
—Porque no lo estoy—dije simplemente.
—¿Ah no?
Negué con la cabeza.
—Deberías estarlo.
—Los mexicanos tenemos una alta tolerancia al alcohol.
—Bebes como los soldados—me dijo señalando a William y Adam—te admiro eso.
No me dijo nada más, pues le anunció a Alex que ella seguía. William se paró inmediatamente al escuchar esto.
—¡JUEGO!
—¿No que ya no querías más retos?
—Este se ve interesante.
Alex le dedicó una mirada a su hermana, quien solo se encogió de hombros para ver a otro lado, entreteniéndose con una copa de ron y. Quería hablar con mi amiga para saber qué es lo que pasaba, pero las manos de Adam recorriendo mis muslos me distraían mucho. Me anoté mentalmente hablar con Nina cuando ambas estuviéramos sobrias.
—¡Empezamos!—Alex hizo su mejor voz de presentador de programa de concurso.
Adam y yo nos quedamos en pie, viendo como el alcohol empezaba a caer por la cara de Margot. La pobre no tenía ni una pizca de coordinación, así que se estaba ensuciando toda. William, por su parte, se mantenía cruzado de brazos hasta que el alcohol se alejó de la rubia, adelantó solamente la parte superior del cuerpo, para plantarle a Margot un beso en los labios. No fue la gran cosa, era un solo roce de labios, pero yo contuve la respiración.
—Maldita sea.
Maldije en mi idioma natal, pero lo suficientemente alto para que Nina lo viera. Mi amiga se levantó y se metió al sanitario. Pude ver en sus ojos que le había dolido. Adam y yo compartimos una mirada de preocupación.
—¿Deberíamos ir a ver si está bien?
—Por mucho que me gustaría, se verá raro si nos metemos con ella al baño, cariño.
Arrugué la nariz. Adam tenía razón.
—Porque no esperamos a que los demás se vayan para llevarla a casa y le preguntamos.
—¿Crees que su hermano se querrá ir?
Volteamos a ver a Alex, pero parecía que él también se había quedado mudo ante lo que había hecho William. Todos nos habíamos quedado callados, hasta que Michael volvió a poner música. Se llevó a Anne al espacio central que yo había dejado despejado, para que bailaran. Adam hizo lo mismo conmigo y pronto el asunto quedó olvidado. Bailábamos y nos divertíamos como nunca.
—¡Exijo un brindis!—dijo Michael—¡NO HEMOS HECHO UN BRINDIS POR LOS GRADUADOS!
Margot hizo un pequeño puchero.
—Pero Nina no está.
—¡Ve a tocarle al baño!
—Se quedó dormida—Alex habló demasiado rápido, por lo que supe que era una mentira—en un rato yo la saco de allá.
—¡Entonces!—Michael alzó su copa—¡Por Adam y Lele!
—¿Por nosotros?
—Sacaste a Adam de la soltería—dijo William—Eso es todo un reto.
—¡POR ADAM Y LELE!—dijeron nuestros amigos.
—Por nosotros, nena—me susurró al oido Adam antes de alzar su copa.
Dimos por terminada la fiesta a las tres de la mañana. Margot se había ido en un taxi, mientras que los gemelos ocuparían la habitación de Michael porque él se iría con Anne. Yo sabía lo que eso significaba. Mi noche iba a ser en la casa de Adam, cosa que no me molestaba en lo más mínimo. Alex se había quedado fundido en el sillón, así que Michael prácticamente lo arrastró a la habitación antes de que Anne le avisara que su transporte había llegado.
—¿Tus llaves, Michael?
—Cerrará Wick, no te preocupes.
—¿Seguro?
—¡Por supuesto!—se notaba que tenía demasiada prisa por irse, sobre todo por el hecho de que Anne ya estaba escaleras abajo.
Adam y yo nos quedamos solos en el silencio de la sala de estar de aquel departamento. Todo estaba tirado, hecho un desastre, pero William se encargaría de eso en la mañana.
—Creo que es hora de ir a buscar a Nina—le dije.
Mi rubio asintió con la cabeza, por lo que nos encaminamos al pequeño cuarto de baño, pero nos quedamos mudos cuando escuchamos unos gemidos que provenían de él.
—¿Eso…es?
Se escuchaban dos respiraciones aceleradas, mientras los duros golpes de alguien contra una pared eran cada vez más fuertes.
—¡WILLIAM!—era la voz de Nina, con la excitación palpable.
Adam y yo cruzamos una mirada de sorpresa.
—¡NO!
—Cállate—me dijo Adam, apretándome contra él y tapándome la boca con su mano—nos descubrirán y será horriblemente incómodo para los cuatro.
No me quedó más remedio que asentir con la cabeza, porque el rubio tenía un buen punto. Estábamos paralizados, simplemente escuchado lo que pasaba del otro lado de la puerta.
—¡NINA! ¡MUÑECA!
Me encontraba pasmada, no estaba acostumbrada a andar escuchando sexo ajeno, por más exhibicionista que fuera, mucho menos de dos amigos míos. Adam también parecía nervioso ante todo aquello.
—¿Y si nos vamos?—susurré.
El rubio asintió y se separó de mi, haciendo crujir la madera a sus pies. Los gemidos del otro lado de la puerta se detuvieron.
—¿Hay alguien?—Nina sonaba muy nerviosa.
Nos quedamos callados, ahora nos encontrábamos en una muy mala posición. Justo lo que no queríamos hacer incómodo con nuestros amigos se lograría si abrieran ese maldito sanitario. Adam y yo incluso contuvimos la respiración, hasta que escuchamos cómo retomaban sus asuntos dentro del baño.
—¡WILLIAM!—Nina gritaba con voz ronca—¡WILLIAM! ¡CÓRRETE DENTRO DE MI!
Se escuchó un gruñido dentro del baño, seguido de un grito agudo y luego los sonidos se detuvieron completamente. Yo aún no podía procesar lo que estaba pasando, pero nos quedamos quietos en aquel lugar.
—¿Cómo carajo saldrán sin vernos?—musité.
—No lo sé—dijo Adam nervioso—Tenemos que irnos.
Atrás de aquella puerta se podía oír como el ruido de la ropa arreglándose destacaba sobre todo lo demás. Eso fue hasta que la voz de Nina lo calló. Se me rompió el corazón cuando me di cuenta que estaba llorando.
—Nina, muñeca…
—No debimos hacer esto, William.
—Yo lo sé. Y lo siento.
—Ya me cansé de qué lo sientas.
—¿Es por lo de Margot?
—¡La quieres a ella!—Nina se escuchaba cada vez más afectada—Es obvio. Entonces, ¡deja de acostarte conmigo!
—Mira, Nina, Margot es bella y me gusta mucho. Pero lo nuestro, es algo que pasa solo cuando los dos queremos.
—¡Ya no lo quiero William! ¡Nunca más!
Definitivamente la noche de mis amigos acababa de dar un giro de 180º. Yo ya estaba pensando en las excusas más tontas para que nos encontraran allí cuando un golpe se escuchó en la habitación. Alex se había caído. La puerta se abrió, dejándonos escondidos detrás de ella. Nina salió corriendo a ver a su hermano y William, cerró la puerta del baño, probablemente para quedarse solo en aquel lugar.
—Es hora—dijo Adam en susurros.
—¡Vámonos ya!—supliqué.
Incluso la borrachera había desaparecido. Caminamos con la mayor sutileza posible, recogí mis zapatos y ambos salimos del apartamento. Contuvimos la respiración hasta que entramos al elevador.
—¿Qué acaba de pasar?
—¡Follaron!—exclamó Adam.
—¡Eso ya lo sé!—dije moviendo las manos—Me refería a ¿por qué? ¿Qué pasó?
—Pues que se quieren pero tienen vidas demasiado diferentes como para admitirlo.
—Adam dijo lo último con un poco de tristeza—Están demasiado solos.
—Creo que no debemos decir nada…—susurré.
—¡Por supuesto que no! ¡Este secreto se van con nosotros a la tumba!
En silencio, bajamos hasta la entrada principal para subirnos al automóvil. Adam me abrió la puerta como todo un caballero, yo le respondí con un beso en el mentón y nos dirigimos a su apartamento. Todo el camino íbamos en silencio, pensando un poco en lo que habíamos visto y escuchado. ¿Me había excitado? Algo. ¿Me había puesto nerviosa que fueran mis amigos? Por supuesto. No podía negar que eso me había puesto a pensar también en cómo pudo haber sido mi relación con Adam si continuábamos con aquello de ser amigos con derecho, que follaban solo para saciar la necesidad. Yo pude hacer sido Nina, pero gracias a las fuerzas universales, Adam no era un cabrón como William. Mi mano dibujaba círculos en la de él, mientras yo volteé a verlo sin creerlo. ¡Me quería! Por alguna razón extraña, Adam me quería tanto como yo a él.
—Cariño…
Mi voz dubitativa llamo su atención.
—¿Qué pasa, nena?
Me ruboricé.
—Nada…realmente, solo. Te quiero.
Besó mi mano.
—Yo también te quiero.
Llegamos al apartamento directo a la ducha, pues quería quitarme ese olor a alcohol del cuerpo. Me desnudé, mordiéndome el labio mientras veía a Adam fijamente y encendí la regadera, dejando él agua caliente destensarme los músculos. En pocos minutos, unas manos sostenían mis pechos con mimo mientras tiraban de mis pezones. El m*****o de Adam se frotaba deliciosamente en mi trasero. Ambos estábamos excitados por que lo que habíamos presenciando, aunque ninguno lo dijo en voz alta.
—¡Adam!
Me tenía pegada contra las frías lozas del baño, mientras me penetraba bruscamente. Estaba desesperado por alcanzar un orgasmo. Una de sus manos jugaba con mi c******s sin detenerse, mientras que la otra había logrado colase por mi culo. Los dos gemíamos y gritábamos, completamente mojados. Finalmente, nos corrimos gritando el nombre del otro. Adam se quedó adentro de mi por un rato, hasta que dejé de temblar.
—Te quiero…—susurramos los dos al mismo tiempo, antes de reírnos.
Al siguiente lunes, nuestras vidas salieron de aquella burbuja de enamoramiento en la que habíamos vivido desde mi presentación. Los dos aún teníamos trabajos por concluir del posgrado a pesar de haber hecho ya nuestras presentaciones.
—Te extrañaré, nena.
Adam me llenó el rostro de besos mientras se despedía de mi en la entrada de la universidad. Me había venido a dejar pues él se tenía que ir al laboratorio a completar algunos asuntos pendientes.
—No será tanto tiempo—suspiré tomando sus mejillas, aunque yo ya lo estaba extrañando—te veré en la clase del profesor Cooper, ¿no?
—Espero que me reserves un lugar a tu lado.
—No lo dudes, señor Harris.
—¡Te veo en un rato, señorita Santillán!
Nos besamos otro rato más hasta que consulté mi reloj y me percaté que entraría tarde y tenía experimentos pendientes para preparar.
—Debo irme cariño.
Le tiré un beso que él alcanzó con la mano y simuló ponerse en el corazón. Definitivamente a este hombre me lo habían hecho a mano, simplemente como yo lo deseaba. Parte de mi estaba esperando que todo saliera mal y que despertara en mi vida solitaria en México. Pero todos los días tenía que recordarme que Adam Harris estaba en mi vida.
—Ninaaaa—canturreé cuando la encontré en los jardines. La morena parecía pensativa pero hizo un esfuerzo por sonreír.
—¿Estás bien?
—En lo que cabe, sí.
—¿Es por la fiesta?
Al instante me arrepentí de haber hablado, pero Nina simplemente suspiró.
—Me hubiera dolido menos que hubiera follado a una desconocida. Pero, ¡besar a Margot! Es la primera amiga que hice aquí.
—Lo siento mucho, Nina.
—Ni siquiera tendría derecho de estar enojada.
Sin saber qué decir, la abracé fuertemente. Nina no pudo aguantar más y colapsó en una montaña de sollozos. La consolé como pude, deseando poder hacer más por ella. No había hecho más que ser buena conmigo.
—Gracias, Lele.
—Pero…¡si no he hecho nada!
—Me has escuchado y eso es más que suficiente.
Ambas nos sonreímos con entendimiento. El resto del día lo pasamos juntas, e incluso Adam entendió que Nina necesitaba eso porque se limitó a tomar apuntas en la clase del doctor Cooper mientras nosotras trabajábamos en nuestro proyecto. Si Nina no mejoraba ese humor, íbamos a tener unos días muy pesados.
La semana fue pasando en medido del caótico final de semestre. Odiaba esa clase de cosas porque no era buena manejando tanto estrés. Me dolía la cabeza, quería matar a medio mundo y lo único que hacia era terminar llorando. No sabía como podía aguantar tanto. Adam estaba igual o peor que yo. Me ponía bastante de malas no verlo todos los días, pero no podía ser tan dependiente. Yo había hecho amigos y podría hacer otras cosas.
—“Lo siento, nena”
—“No pasa nada, cariño.”
—“Habíamos quedado de ir a ver como encendían las luces del centro Rockefeller…”
—“Estarán hasta Enero, podemos verlas cualquier otro día.”
—“Nena, te juro que te lo recompensaré.”.
—“No necesitas hacer nada, cariño. Lo entiendo”.
Estaba poco convencido, pero al final, colgó el teléfono. Pensando que ya no tendría nada que hacer para pasar la tarde, decidí ir a ver si Anne por fin iba a soltar a su novio para que pasáramos una tarde de chicas. Me había llegado el período y lo único que quería era algo caliente y una buena película, probablemente una gran dosis de mimos y dormir toda la tarde. Mi plan de estar sola sonaba cada vez más tentador. Iba caminando por el Central Park cuando me encontré a Dylan Vanderbilt, caminando con un amigo suyo.
—¡Pero si es mi latina favorita!
Extendió los brazos y yo lo recibí gustosa. Ni siquiera a él había podido verlo, por más que se la pasaba encerrado en la oficina de su madre.
—¡DYLAN!
–¿Cómo has estado? ¿Viste las fotografías?
Las imágenes que me había tomado estaban colgadas afuera de la oficina de la profesora Vanderbilt, haciéndome sonreír cada vez que pasaba.
—Son preciosas. Tienen un toque especial para captar sonrisas.
—O quizá es que tú estás enamorada.
Asentí con la cabeza.
—¿Dónde dejaste a tu novio?—me preguntó.
—En el trabajo, y él…—señalé al chico que lo acompañaba—¿es tu novio?
Ambos negaron con la cabeza.
—Es mi socio y uno de mis mejores amigos.
El chico extendió su mano con una sonrisa encantadora.
—Francis Lincoln, señorita. Encantado.
—Lele Santillán—dije con una sonrisa—el placer es todo mío.
—¿Qué hacías por aquí?—me preguntó Dylan, interrumpiéndonos.
—Iba a casa.
—¿A hacer algo especial?
—Aburrirme monumentalmente como las ostras en altamar.
—¿Quieres venir con nosotros? Iremos a tomar un café, probablemente a hablar de negocios sucios.
Recordando que había prometido acompañarlo por una bebida, lo miré interrogantemente.
—¿Sucios?—me puse ambas manos en las caderas—¿qué tan sucios?
—Peor que la bata de laboratorio de un becario.
—Entonces acepto.
Los tres caminábamos hacia una amplia cafetería en una de las calles cercanas al parque. Las aceras eran enormes y podíamos ver cómo todo estaba finamente decorado.
—Bienvenidos.
Entramos a la cafetería. La charla con los dos chicos era amena. Francis Lincoln era un hombre de negocios, pero él se dedicaba a los espectáculos, manejando una de las múltiples franquicias del Circus du Solei que viajaban por el mundo.
—¿No te interesaría ser una bailarina de mi espectáculo?
—Por lo pronto no—dije riendo—Estoy suficientemente ocupada con mi trabajo como segunda al mando del laboratorio, pero si la doctora Vanderbilt me despedí, te tomaré la palabra—bromeé.
Tenía un buen caracter, era sarcástico y bromista, justo como Dylan y yo lo éramos. Habíamos decido comer unos pastellflos, aprovechando la vista del parque.
—¿Ese no es tu rubio?
Ante las palabras de Dylan alcé la vista y me encontré con la escena de Adam Harris caminando del brazo de Dalilah Jones. Ambos estaban bastante inmersos en una discusión, parecía que no les hiciera falta nadie más cerca. Apreté los labios, recordando cómo eran amigos desde niños y a mi no debía molestarme nada que estuvieran juntos, pues era lo más natural del mundo.
—Si lo es—fue lo único que le respondí a Dylan—No debemos estar pegados todo el tiempo, ¿sabías?
Francis pareció darse cuenta que me había sentido incómoda porque desvió la conversación de vuelta al circo, pero yo no podía apartar la mirada de ellos, que caminaban a la dirección opuesta en la del restaurante.
—Si los sigues mirando, te vas a quedar bizca—Dylan se había acercado para susurrarme al oido.
Esto logró que me carcajeara, justo en el pésimo momento donde Adam giró la cabeza. Entrecerró los ojos al verme, y yo me limité a alzar una mano en la señal de saludo. Supe que estaba molesto por cómo apretó la quijada, pero no le daría el gusto de arruinarme el día. Así que me volví a dónde estaban los chicos y seguí conversando con ellos. Terminamos cenando en la misma cafetería, pues se nos fue el día como agua. En verdad aquellos dos chicos neoyorquinos me alegraban; me causaban una sensación completamente diferente a la de mi grupo de amigos. Ambas eran buenas pero estaba aprendiendo que no era tan malo tener muchos amigos, siempre y cuando supieras como llevarte con todos. Quizá era un buen momento para abrir mi coraza y dejar entrar a algunas personas.
—Debo irme, chicos.
—¡Vamos, Lele!—insistió Francis—¡La noche es joven!
La realidad era que los cólicos menstruales eran terribles y necesitaba tomarme una pastilla y descansar. Un hombre definitivamente no sabía qué era lo que podía causar eso, yo solo quería hacerme bolita y llorar de dolor.
—Tengo cosas qué hacer. Como dormir.
—Eres una aburrida.
—Los haré tragarse sus palabras—un dolor me atravesó el vientre—pero otro día.
Insistieron en llevarme, pero me negué. El ejercicio era bueno para disminuir las punzadas que sentía en el útero. Maldiciendo ser mujer, caminé hasta llegar a la casa del señor Ollivier, donde Adam me esperaba apoyado en las escaleras.
—¡Cariño!—en verdad deseaba que me abrazara, porque estaba a un minuto de doblarme de dolor.
—¿Dónde estabas?
Su tono de voz frío y duro me hizo retroceder, porque no me esperaba aquello. Mis hormonas, y mi sentido de independencia, no estaban dispuestos a tolerarlo aquel día.
—¿Perdón?—me puse las manos en la cadera—¿Desde cuándo tengo que darte explicaciones?
—Desde que eres mi novia.
—¿Qué?—me estaba comenzando a exaltar—Tienes que estar bromeando, Harris.
—¡Por supuesto que no!
—¿Estás diciendo que como tu novia que soy, cosa que debo aclarar, nunca me pediste, solo lo dijiste frente a nuestros amigos, tengo que darte explicaciones si salgo con mis amigos?
—Es lo que esperaría…
—¿Te las daba Dalilah Jones?
Adam estaba rojo de furia. Sabía que ese había sido un golpe bajó pero no me importaba. Me crucé de brazos esperando que respondiera.
—No la metas en esto.
—¿Por qué no me dices mejor dónde estabas tú?—contraataqué—¡Te veías muy contento en el parque!
Pareció calmarse con eso. Se acercó a mí, pero negué con la cabeza.
—Igual que tú en aquella cafetería.
—¡Por supuesto!—no supe en qué momento empecé a hablar en español—¡Sabes que nunca he salido con Dylan Vanderbilt!—En su rostro se veía que no había entendido nada—¿Esto es por Dylan?—pregunté en un hilo de voz—¿no confías en mi?
—No es eso…
—¿Seguro?—presioné.
—Lele, es difícil para mi.
Listo. Eso era suficiente para que las lágrimas comenzaran a salir de mis ojos. Desde niña había tenido problemas para confiar en las personas que me rodeaban y, con el mundo tan competitivo en el que había vivido, casi nadie confiaba en mi. Adam le estaba pegando a una de mis más grandes inseguridades.
—¡No es difícil! ¡ES UNA PREGUNTA DE SI O NO!
Sabía que era yo la que estaba gritando exaltada, pero no podía evitarlo. Adam también estaba molesto, ahora nos veíamos frente a frente como dos gallos de pelea a punto de lanzarse a picotazos al otro.
—¡NO CONFÍO EN NADIE! ¡ENTIENDELO! ¡HE TENIDO UNA VIDA COMPLICADA!
—¡NO QUIERES CONTARME NADA!
—¡TÚ TAMPOCO!
—¡SABES MÁS DE MI QUE LA MAYORÍA! ¡NO ENTIENDO CUAL ES TU PROBLEMA!
—¡CREÉME QUE NO ES EL MOMENTO!—Respiraba profundamente, mientras yo hacia todo el esfuerzo por mantener las lágrimas a raya—¿Sabes qué, Celeste? Creo que ambos debemos calmarnos antes de seguir con esta conversación.
Sin decir más, Adam se encaminó a su motocicleta y se fue, dejándome sola en la puerta de la casa. No pensaba seguirlo, pero en cuanto lo perdí de vista, entré a la casa llorando a lágrima viva. Por suerte, no había nada más en aquel lugar. El señor Ollivier tenía una cena de negocios y Anne debía estar con Michael, como pude, subí las escaleras hasta el ático, abrí la puerta del sanitario y deposité todo el contenido de mi estómago en el váter. No otra vez. Sentía como todos los demonios que tenía ocultos volvían a salir. Toda la oscuridad que ocultaba volvía en forma de vómito. Cuando el resto mi contenido estomacal se vacío, me levanté temblorosa. Tenía hambre, mucha hambre. Iba a llorar el resto de la noche si esto seguía así. Necesitaba comer algo para poder vomitar de nuevo.